¿Hasta dónde se puede ser independiente, en un país donde todo el mundo depende del otro o del Estado o de las empresas asociadas a la oligarquía plutocrática? Terrible reto de cara a la carrera electoral del 2020.

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El tema casi no se toca y cuando sucede, es prácticamente de soslayo y todo el mundo tratando de aparentar un desinterés fingido que esconde un ahogamiento de expectativas y producto de la dependencia casi absoluta que los que tienen algo que perder o que temen que su futuro les sea tronchado, saben que deben comportarse como si se tratara de caminar descalzo en un terreno lleno de vidrios.

            Tal condicionamiento mental, hijo este del autoritarismo militarista del pasado y el que todavía se mantiene como una especie de camisa de fuerza en toda la sociedad, para nada contribuye que los dominicanos dispongan de un ámbito de libertad para ejercer su libre albedrío y a un grado tan espinoso, que ni en sus domicilios, nadie se siente seguro de que su intimidad podrá ser salvada o que sus opiniones no serían mal interpretadas y con miras de reprimir a quienes se entiendan demasiados independientes hasta del rebaño común al que se les quiere someter.

            Por tal realidad, entonces se presentan las notas vergonzosas de un racismo subyacente y rastrero, impropio entre personas de la misma etnia y derivación de raza y el que taimadamente se quiere encubrir haciendo creer que entre los nacionales de este país no hay diferencias raciales destacadas, cuando en la práctica y porque ahora son más los mulatos y negros que los mestizos y blancos de 56 años atrás, estos “nuevos valores” destacan por la huella de resentimientos y enconos de cuando solo eran pequeños burgueses buscando posicionamiento social y los que al llegar a cargos públicos o funciones ejecutivas en el mundo privado, indefectiblemente, ejercen una especie de control y tutela vergonzosas contra quienes entienden subalternos.

            Generándose de este modo, un grave problema nacional de desigualdad social y falta de equidad, que sencillamente y cuando se descubre, alarma hasta el más inocente y porque este observa que la paz social no es más que una mascarada para tapar las debilidades y carencias de individuos, quienes no obstante que ahora tienen posiciones sociales, económicas y de poder destacadas, no pueden sustraerse al sentimiento oculto de ese odio marginal y casi natural que no les deja integrarse correctamente dentro de la sociedad.

            Tales conductas y actitudes vengativas se muestran en su extremo más hiriente y en la medida que el individuo se destaca en la sociedad o dentro de los ámbitos de poder y de gobierno en el que se desenvuelven y de ahí, que, a la fecha, los dominicanos y en mayor medida, se comporten como si realmente fueran unos desarraigados sociales que no han podido evolucionar y para dejar atrás todo cuando les divide y frente a lo mucho en realizaciones positivas que debería unirles.

            Es así como el empleado trabaja a disgusto y cuando se encuentra ganando un buen salario, entonces se aloca gastando más de lo que debería y al no ahorrar o tener la alcancía que pudiera servirle para momentos de estrecheces, lo que prefiere es tratar de aparentar más de lo que tiene y de acuerdo a lo que produce y que es el grave factor que genera, que a la fecha muchos especialistas de la conducta humana entiendan que en este país se vive en un ambiente de personas mentalmente perturbadas.

            Por supuesto, en una sociedad o colectividad normales, se entiende que siempre deberá de existir un nicho formado por aquellos negados a lo absoluto a saber vivir en sana convivencia y por eso de esa lucha a muerte por cada quien tratando de imponerse sobre el otro y en lo más parecido a un escenario dantesco de querer sobresalir a como dé lugar y sin importar el costo.

            De ahí, que habiendo dejado este país y en materia económica, el subdesarrollo que existía 25 años atrás y teniendo ahora una fuerte economía emergente, las mismas costumbres, caprichos y condicionamientos de cuando se luchaba por sobresalir, continúan prevaleciendo y de una manera tan vil, que en cierto modo, habría que decir que República Dominicana está más dividida que nunca y que el espíritu de supervivencia extremo, lacera todo cuanto debería de ser el comportamiento social correcto y civilizador.

            Precisamente, el por qué nadie está conforme con lo que tiene, exhibe u ostenta. Siempre se quiere más y a mayor y lo más inquietante, sin que para nada algún freno moral pudiera decirse que es respetado o acatado. Para descubrirlo, solo hay que indagar sobre las costumbres y formas de vida de los grupos económicamente mejor establecidos y en donde lo moral no existe y mucho menos el respeto debido hacia sí mismo y hacia los demás.

            Es de ese modo que se llega a descubrir, como una sociedad rural en su origen y por las riquezas obtenidas, se disfraza tal como si fuera una clase social gobernante de estimar y en base a ese camaleonismo que se proyecta y del que por lo visto, termina por explotar con la grave cantidad de organismos sociales, de política, negocios y relaciones mundanas, que atropelladamente, cada uno trata de destacarse rabiosamente sobre los demás y lo que se nota con mayor desfachatez, en la forma tan virulenta de como en este país, muchos se destacan políticamente o en el periodismo, el alto comercio y la alta burguesía y movilizándose tal como si toto el tiempo lo hicieran en base de pisar cadáveres.

            Y lo que genera que se entienda que se vive dentro de un ambiente de desconfianza tan esquizofrénico, que no solo nada es lo que parece, sino peor, que cuando se ahonda y se quiere descubrir lo poco de nobleza que pueda existir, esta simplemente no existe. Solo hay que ver cuando el empleado y más si es ejecutivo, se estremece al primer movimiento que entienda que podría significarle una remoción, o que, si le entrevistan para una encuesta, siente que debe tener cuidado con lo que dice y para que sus superiores no le malinterpreten y despidan, de esa manera se vive dentro de una inseguridad permanente.

            Ahora, los dominicanos van a unas elecciones generales, donde al menos y teóricamente, debería de darse un profundo cambio político y de gran movilidad social y por esa pretensión, los que están en el poder se dividen y porque asumen, que el otro está en mejores condiciones que el que manda para dirigir la República y así ocurre en todos los ámbitos de las fuerzas vivas nacionales y en vez de cada quien procura presentar los mejores cerebros y voluntades para que sean los que den el paso adelante  en favor de una nueva etapa evolutiva para la nación, ocurre lo contrario. Nadie quiere cambiar, todo el mundo prefiere el estatismo y tal como si la vida fuera un ciclo que se vive para siempre, cuando es una etapa corta y de años medios.

            Es por eso, que quienes controlan la vida nacional desde hace 22 años vía la política o los otros que dominan las finanzas y la economía desde cincuenta años atrás, más el nicho de religiosos de varias denominaciones que tienen el monopolio de la fe, como todos se han llegado a considerar intocables, actúan atropelladamente y siempre intentando ahogar o desaparecer por los medios que fueren, a los pocos que se atreven y en un ambiente tan permisivo, por tratar de ser críticos que procuran un mejor país.

           Antes, para los años sesenta y setenta, a quienes no se ajustaban a un patrón común, se les eliminaba físicamente y después se encomendaba al sector mediático a que ocultara la realidad de lo ocurrido, con lo que se lograba un doble beneficio: Aterrorizar a medios y periodistas y para que no se creyeran que era verdad aquello de que medios y periodistas son el contrapeso de la sociedad.

            En consecuencia, los mayores homenajes solo se reservan para los que están muertos, en tanto los otros de diplomas, medallas y discursos, son utilizados por los poderosos para acallar sus conciencias y de paso consolidar su dominio absoluto sobre los que de algún modo dependen de sus decisiones, con lo que los del poder logran una sociedad acobardada y un pueblo casi totalmente sumiso y entregado.

            Al venir entonces otro proceso electoral, que para los que gobiernan o influyen, deberá de ser otro de los que nada cambie para que todo siga igual, se observa un hecho inquietante, de cómo y por sí mismos, los ciudadanos de a pie y menos los de clase media que no llegan a fin de mes, temen mostrar sus preferencias y por ello es por lo que nos preguntamos,  que ¿hasta dónde se puede ser independiente, en un país donde todo el mundo depende del otro o del Estado o de las empresas asociadas a la oligarquía plutocrática? Terrible reto y de cara a la carrera electoral del 2020. Con Dios. [DAG. Miércoles, 04 de abril de 2018. Año XVI. Número 6,228]