Hace no mucho tiempo, en la Casa Blanca y en respuesta a la pregunta de un periodista español, Trump afirmó: «España es una nación BRICS». Obviamente, Trump no es tan ignorante y su respuesta, más bien retórica, se inscribe en el marco de su insistencia en que aumentemos el gasto militar.
Pero, bien analizada, esta estrafalaria respuesta denota dos cosas: primero, una evidente hispanofobia en el presidente de EE UU. Nada tiene esto de raro. Se equivoca quien piense que los EE UU son amigos de España. Más bien sucede lo contrario desde que nos arrebataron hace poco más de un siglo Cuba, Puerto Rico y Filipinas, o desde que en 1975 cooperaron con Marruecos, su gran aliado, para quitarnos el Sáhara, o, más recientemente, cuando resoluciones del Congreso de los EE UU niegan la españolidad de Ceuta y Melilla. España ha de tener prevención contra los EE UU, porque su política exterior es hispanófoba.
Pero, al margen de su hispanofobia, surge una segunda reflexión ante la respuesta de Trump. Es esta: da la impresión de que, en su respuesta, Trump parece considerar a los BRICS como un bloque enemigo. Y surge la pregunta: ¿Es esto así? O, reformulada la pregunta: ¿Es la vocación de los BRICS rotundamente antinorteamericana? Y quien dice los BRICS (Brasil, Rusia, China, India, Suráfrica) dice también la OCS, Organización de Cooperación de Shanghái, que cada vez cobra mayor fuerza.
Esta pregunta tiene una respuesta simple: Es esta: «No. Ni los BRICS ni la OCS son, per sé, antinorteamericanos, ni ese es el motivo de su existencia. Lo que pasa es que lo que quieren es razonablemente reducir su dependencia de los EE UU y del dólar, por un lado, y por otro crear una alternativa al G-7, ahora en declive, entre poderes emergentes que superan a los del G-7 en población y en PIB». Respuesta simple, por lo tanto. Pero insuficiente, porque son otros los vectores que en la profundidad determinan el tablero geopolítico planetario.
Y es que los BRICS (y la OCS) existen porque el nuestro es un mundo que, habiendo sido bipolar en la Guerra Fría y unipolar tras la caída de la URSS, ahora es multipolar. Un mundo multipolar de geometría variable. China asciende; la India asciende; Brasil y Rusia, también. Lo lógico es que se pongan de acuerdo entre ellos para crecer económicamente y reducir desigualdades sociales y, además, como respuesta al declive de la influencia política y económica de EE UU y Europa. Los BRICS irán a más, y por su interconectividad económica pondrán en cuestión la hegemonía del dólar. Ya se han sumado a ellos Egipto, Arabia, Indonesia, Emiratos Árabes, Irán y Etiopía, y como miembros asociados una docena de países más, incluyendo a Turquía y Bielorrusia.
Estamos, por lo tanto, en un cambio de época en el que se acrecienta el peso de los grandes espacios y la multipolaridad se impone mientras la hegemonía occidental va perdiendo fuelle. Es el espíritu de nuestro tiempo. Y hay que adaptarse a él. Por eso florecen y ganan peso organizaciones como los BRICS (de alcance planetario) o la OCS, Organización de Cooperación de Shanghái, de vocación regional euroasiática centrada en la seguridad regional y la cooperación económica, e integrada por China, Rusia, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán (miembros fundadores), a los que se han añadido Irán, India, Pakistán y Bielorrusia. De nuevo, sobre el cuarenta por ciento de la población mundial.
Hay más. Analicemos la cooperación entre China y Rusia, países centrales tanto en los BRICS como en la OCS. ¿Son aliados naturales? No. El aliado natural de Rusia es Europa del Este. Pero los grandes poderes que desde los EE UU dominan sus colonias europeas han impedido tal alianza. Y encima, sanciones europeas y norteamericanas (¡qué gran error!) a Rusia, que la fuerzan a entenderse con China y la India. Los BRICS, que acaban de celebrar su cumbre anual en Delhi incorporando más países, no solo son la respuesta natural al declive de eso que llamamos «occidente», sino además la lógica consecuencia de los errores de la política exterior occidental y en especial la norteamericana.
Es, por lo tanto, inadecuado etiquetar a los BRICS como enemigos de los EE UU, como daba a entender Trump. Los BRICS tienen su dinámica propia en el orden planetario. Tarde o temprano era lógico que surgiesen. No van contra bloque alguno ni ellos mismos quieren serlo, hasta el punto de que algunos de sus miembros tienen grandes diferencias bilaterales. Ello lo denota su propia estructura descentralizada con afán de construir una arquitectura financiera y comercial asimismo descentralizada. Y vocación no antioccidental, sino de prevención contra cualquier tentación hegemónica, incluida la de China.
Estar contra los BRICS y entenderlos como amenaza es absurdo. Han de ser entendidos como algo natural en el actual mundo multipolar de geometría variable. Para la armonía del mundo sería deseable que las cosas se vean así. (La Razón- Luis Fraga es exsenador (1989-2011) y politólogo español.

