Ayer (hoy, 5 de noviembre, el Reino Unido recuerda con hogueras, fuegos artificiales y la quema de efigies de Guy Fawkes la frustración del atentado que, en 1605, pretendía acabar con la monarquía protestante. Ese mismo día, medio mundo recupera "V de Vendetta", cuya reflexión sobre el miedo, el poder y la responsabilidad del pueblo parece no caducar nunca. Para entender por qué, hay que empezar por la historia real.
Todo arranca en 1534, cuando Enrique VIII decreta el Acta de Supremacía. Al negarle el Papa la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón para poder casarse con Ana Bolena, el rey creó su propia fe anglicana y se autonombró cabeza de la Iglesia, por encima del arzobispo de Canterbury.
La ruptura costó la vida a católicos fervientes cercanos al monarca, como Sir Tomás Moro. Con el paso de las décadas, y tras episodios como el rechazo de la Armada Invencible enviada por Felipe II contra Isabel I en 1588, los católicos ingleses sufrieron una dura marginación social y sanciones por no acudir a las misas anglicanas.
Cuando Jaime I asumió el trono en 1603, tras la muerte de Isabel I, los católicos ingleses y europeos esperaban mayor tolerancia, y es entendible puesto que la propia madre del rey era la católica María, reina de Escocia. El nuevo monarca adoptó una postura algo más moderada que su antecesora, evitando las ejecuciones directas y prefiriendo el exilio para quienes obedecieran las leyes, pero siguió persiguiendo el culto católico. En la apertura de su primer Parlamento, dejó claro que rechazaba que el catolicismo ganara fuerza en el reino. Mientras tanto, en Europa se intensificaban los conflictos armados tras la Reforma Protestante y se registraban varios intentos de magnicidio contra monarcas protestantes.
El 24 de abril de 1605 llegó la Ley de rechazados papistas, que prohibía a los católicos ejercer como médicos, abogados, tutores o coadjutores, autorizaba el registro de sus hogares en busca de armas y castigaba con la pérdida de dos tercios de sus tierras o con mutilaciones a quienes no acudieran al menos una vez al año a la Iglesia de Inglaterra. Además, declaraba alta traición obedecer la autoridad del Papa por encima de la del monarca.
Indignados, trece conspiradores católicos liderados por Robert Catesby comenzaron a reunirse en secreto para derrocar a la monarquía protestante. Su figura principal sería Guy Fawkes, de origen protestante pero convertido al catolicismo en su juventud. En 1593 se alistó en el ejército español en los Países Bajos, donde adoptó el nombre de Guido, y allí adquirió una amplia experiencia en explosivos y combate.
Fawkes intentó obtener el apoyo de la España de Felipe III mediante conversaciones con el condestable de Castilla, Juan de Velasco, pero la corona declinó implicarse tras haber firmado recientemente la paz con Inglaterra.
En 1604, Catesby reclutó a Fawkes para alquilar una casa colindante al Parlamento y esconder 36 barriles de pólvora en un sótano situado justo debajo de la Cámara de los Lores. Su misión era vigilar el depósito y encender la mecha durante la sesión de apertura, eliminar al rey Jaime I y a la cúpula protestante y provocar un levantamiento católico.
El plan se vino abajo a finales de octubre de 1605. Lord Monteagle, noble católico y cuñado de uno de los conspiradores, recibió una carta anónima que le advertía de que no asistiera a la apertura parlamentaria. Entregó el escrito al secretario del rey, Robert Cecil, que ordenó inspeccionar los sótanos.
La noche del 4 de noviembre, los guardias descubrieron a Fawkes junto a los barriles. Usó al principio la identidad falsa de John Johnson y aseguró que actuaba en solitario, pero tras intensas torturas reveló los nombres de sus compañeros, que murieron durante la fuga o fueron capturados.
Fawkes y los supervivientes fueron condenados por alta traición y ejecutados en la modalidad de ahorcados, arrastrados y descuartizados. Fawkes saltó del patíbulo antes de tiempo para romperse el cuello y evitar el descuartizamiento en vida.
Desde entonces, cada 5 de noviembre se celebra el fracaso del atentado con hogueras, fuegos artificiales y la quema de efigies de Fawkes, y también de figuras como Hitler, Margaret Thatcher o Tony Blair.
Casi cuatro siglos después, aquel conspirador se convirtió en símbolo de otra rebelión. A comienzos de los años 80, Alan Moore y David Lloyd crearon "V de Vendetta" para la revista Warrior, motivados por el clima represivo del gobierno de Margaret Thatcher.
Imaginaron un régimen fascista, Norsefire, surgido tras una guerra nuclear. Fue Lloyd quien sugirió usar la imagen de Guy Fawkes como símbolo de rebelión para el antihéroe V, y de ahí nació la célebre frase "Recuerden, recuerden el 5 de noviembre: conspiración, pólvora y traición".
Tras el cierre de Warrior, DC Comics adquirió los derechos en 1988 y reeditó la obra completa, convirtiéndola en un clásico del cómic adulto. En él, Moore concibió un choque crudo entre el fascismo estatal y el anarquismo extremo, con un V oscuro, dispuesto a manipular, lastimar y asesinar para derribar el sistema.
Hollywood, el 11-S y el rechazo de Moore
A mediados de los 90, Lana y Lily Wachowski escribieron un primer guion, bastante fiel al cómic, para el productor Joel Silver, de Warner Bros. El fracaso comercial de "Batman y Robin" llevó a la productora a cancelar entonces los proyectos de cómics. Tras el éxito de "Matrix", las Wachowski retomaron la idea, pero reescribieron el guion a la luz de las preocupaciones posteriores al 11-S con la Patriot Act y la invasión de Irak que inspiraron el retrato de la expansión del control y el espionaje gubernamental.
El régimen de Norsefire pasó a usar el miedo y la amenaza constante para someter a la población, y se enfatizaron la vigilancia masiva, la censura y la persecución de las minorías disidentes.
En ese proceso, V se suavizó hasta ser un héroe romántico, y el conflicto se centró en la defensa de las libertades individuales. Mientras la novela gráfica obliga al lector a cuestionar su propia complicidad ideológica con el sistema, la película ofrece una crítica moral más digerible para la cultura de masas.
Ese giro, que convertía el relato en una crítica directa a la era Bush, fue la razón principal por la que Moore repudió la adaptación. Había eliminado, según él, el dilema filosófico entre anarquismo y fascismo para sustituirlo por una alegoría política más convencional. Frustrado además por sus experiencias previas con Hollywood ("From Hell", "La Liga de los Hombres Extraordinarios"), pidió retirar su nombre de los créditos y rechazó cobrar regalías, que cedió al dibujante David Lloyd, quien sí apoyó la película.
La película debía estrenarse el 5 de noviembre de 2005, coincidiendo con los 400 años de la Conspiración de la Pólvora. Pero el 7 de julio de ese año un atentado terrorista en el transporte público de Londres dejó 52 muertos y más de 700 heridos. Warner retrasó el estreno al 17 de marzo de 2006. Oficialmente alegó tiempo extra para los efectos visuales, aunque resultaba insensible promocionar una cinta centrada en volar edificios en Londres tras el ataque.
Norsefire concibe el Estado como un organismo biológico superior al individuo, dividido en el Ojo y los Oídos (vigilancia y escuchas), la Boca (propaganda), la Nariz (investigación) y los Dedos (la policía represiva), todos subordinados al Líder Supremo. El control mediático se apoya en enemigos ficticios, como terroristas, comunistas, minorías o migrantes, para monopolizar el discurso y generar consentimiento mediante el odio y el miedo.
Aquí resuena Michel Foucault y su "Vigilar y castigar" en la que la disciplina y el sistema de castigo y recompensa hacen que los propios ciudadanos autorregulen su conducta e impongan la norma. Frente a ello, la obra cita a pensadores anarquistas como Emma Goldman, Kropotkin, Proudhon y Bakunin. De este último, en "Dios y el Estado", procede la idea del Diablo como primer librepensador y emancipador de la humanidad, papel rebelde que V adopta simbólicamente. V llama a la Anarquía su única amante legítima, la que enseña que "la justicia no significa nada sin libertad".
Su respuesta a la opresión no es el caos, sino la anarquía entendida como "orden voluntario" sin líderes impuestos. V destruye la fe en las instituciones para que la sociedad reclame su propia soberanía.
La escena clave llega cuando V interrumpe la emisión nacional y confronta a la población "el gobierno tiránico no surgió de la nada". El propio pueblo eligió a esos líderes, les cedió el poder y permitió que convirtieran sus vidas en ruinas por inactividad y miedo. La ciudadanía vive atrapada en una "prisión invisible" donde prefiere la comodidad del orden autoritario al riesgo de la libertad y, al no asumir la responsabilidad sobre su vida, entrega voluntariamente su autonomía a los opresores.
Esa es la verdadera advertencia, y también la esperanza. Frente a cualquier régimen opresivo existe una dimensión inalcanzable para la violencia y la censura: las ideas, porque las ideas son a prueba de balas. Por eso la acción inspirada en la Conspiración de la Pólvora no termina con V, sino que permite que otros, como Evey Hammond, asuman la máscara, superen su miedo y despierten la conciencia colectiva.
Más de cuatro siglos después, la pólvora de 1605 sigue sin apagarse del todo, cada 5 de noviembre, la pregunta que lanza V continúa interpelando a quien la escucha.
Cuatro siglos después, la misma pregunta sigue vigente
Más allá de la pólvora, las conspiraciones y la máscara de Guy Fawkes, la vigencia de V de Vendetta reside en una cuestión que atraviesa cualquier época: qué ocurre cuando una sociedad acepta ceder libertades a cambio de seguridad, estabilidad o comodidad. En un contexto marcado por la polarización política, la desconfianza en las instituciones, el auge de los discursos identitarios y el creciente peso de la vigilancia tecnológica, las advertencias planteadas por Alan Moore continúan resonando con fuerza.
Quizá por eso cada 5 de noviembre la célebre frase de V vuelve a circular por redes sociales, manifestaciones y debates públicos. No porque la obra ofrezca respuestas sencillas, sino porque obliga a plantearse una pregunta incómoda pero esencial en toda democracia: dónde termina el poder de los gobernantes y dónde comienza la responsabilidad de los ciudadanos. Al fin y al cabo, como recuerda la cita que convirtió a la película en un fenómeno cultural, "el pueblo no debería temer a sus gobiernos; los gobiernos deberían temer a su pueblo". (La Razón- sofía gonzález )
imagen: Una viñeta de «V de Vendetta» por David Lloyd IA IA

