¿Cabe imaginar a doña Sofía dejando sólo al Rey Juan Carlos en el palco del Metropolitano contra el odio de miles de energúmenos?

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Los caminos del amor son inescrutables. Los que llevaron al Rey Felipe VI a enamorarse de Letizia deben serlo también. Lo peor que le puede haber ocurrido a la reina consorte es predisponer a la opinión a compararla con la Reina Emérita a raíz de lo sucedido en la catedral de Palma, cuando impidió a doña Sofía que se fotografiara con sus nietas. No hay comparación posible entre ambas. Doña Sofía cuenta con el respeto unánime incluso de quienes no somos nada monárquicos. Sus tragaderas durante años han sido la mayor y más generosa expresión de estadismo que recuerda este país. De la otra nada notable puede reseñarse, al menos hasta donde conocemos, que no resulta demasiado bueno para ella. Letizia es irascible, controladora y ciclotímica. La obsesión por su imagen es tan excesiva como inquietante sus salidas de tono. Ha habido que gastar un buen montante de dinero del contribuyente para borrar las numerosas huellas de un pasado de mujer progresista y de virtud frágil. Su primo David Rocasolano la describió como una mujer casquivana y republicana, atea y laica, paranoica y manipuladora. Los puristas de la monarquía, como Jaime Peñafiel, ya avisaron que la boda con una plebeya era un desastre sin paliativos.

De no ser por doña Sofía, la gran valedora de su matrimonio con el Rey en contra de la opinión de casi todos, Letizia sería hoy tertuliana de LaSexta o Dios sabe qué. En Letizia se mezcla la sobrestimación de sí misma, característica de quien llega a lo que nunca lograría por propios méritos, y fantasías de gloria a lo Walter Mitti. Su sonrisa estereotipada la delata. Esa sonrisa lela exhibida en la visita a su suegro en el hospital, mientras le llovía el chaparrón de críticas, cabizbaja ante doña Sofía, como corresponde a quien se sabe perdedora y llamada a rectificar.

Pero el momento cumbre de su insolvencia como reina lo vivimos este sábado en el palco del estadio Metropolitano. Nunca una ausencia hizo tan perceptible las carencias de la ausente. Toda España estaba pegada al televisor, pendiente de esos miles de impresentables catalanes que acudieron a la final de Copa conjurados para denigrar y humillar al primer representante del Estado. Aquello no se trataba de una ofensa al Rey, sino a todos los españoles por él institucionalmente representados. Los separatistas llevaban días anunciando una gran pitada al Rey, que en el fondo era una exhibición de su odio a todos nosotros. El aquelarre quedó opacado por la soberbia reacción de los aficionados sevillistas, que elevaron su patriotismo más allá de donde la Giralda eleva el mito de la espléndida Sevilla, la ciudad más hermosa de España.

Se anunció que la entrada del Rey en el palco del Metropolitano sería el mejor escaparate de los separatistas para mostrar su abominación al mundo; un acto miserable que los dirigentes golpistas catalanes pretendían rentabilizar políticamente. De ahí que resultara tan necesaria la presencia de Letizia junto al Rey, compartiendo unidos un trago tan amargo. Letizia prefirió sin embargo quedarse en Palacio, lo que por otra parte a nadie sorprendió.

Nadie imagina a la Reina Sofia dejando a don Juan Carlos afrontar en solitario un trance similar. Impensable. El deber de Reina prevaleció siempre en ella. ¿Podemos en cambio mejorar nuestra opinión acerca de quien se muestra incapaz de respaldar presencialmente a su esposo en un momento tan desafiante contra la institución que se lo ha dado todo? ¿Puede sentirse el Rey conyugalmente conducido frente al amargo reverso de hallarse sólo en el palco del Metropolitano? ¿Debe estar Letizia a las duras y a las maduras?

Ser Reina de España no son sólo las actitudes postureras al servicio de su inmensa egolatría. Letizia no supo serlo el sábado. Ni tampoco la esposa que la ocasión le exigía.

Por AR (http://www.alertadigital.com/)