El hombre al que odia la izquierda activista por traidor y blanqueador

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Es una historia menor, pero relevante, ya que es el reflejo de una generación y nos dice mucho sobre la evolución de la política. Es poco conocida para el público mayoritario, porque ha tenido lugar en ámbitos restringidos, pero ilustra la marea de fondo que atraviesa nuestra sociedad. Al fin y al cabo, como asegura Simmel, en los grupos de resistencia suelen reproducirse las formas y las estructuras de los grupos dominantes, y este caso no ha sido una excepción.

Es también la historia de un grupo de personas, unidas por sus ideas y por una edad similar, que creyeron firmemente que iban a heredar España, que en poco tiempo estarían ocupando cargos o generando una corriente intelectual insoslayable. Se situaron en la órbita de Podemos, al calor del 15-M, y traían nuevas formas de comunicación e ideas que abogaban por una gran transformación. Habían estado tiempo ocupando espacios de escasa visibilidad, y la irrupción de Iglesias les puso en el centro de los debates. No son la única generación de la última década que ha visto frustradas sus aspiraciones, y quizá González Férriz nos cuente pronto algo al respecto, pero forman parte de la que fue más notoria durante un tiempo.

Muchos de ellos son personas que se acercaron a la política, que creyeron que podrían revolucionarla y que se vieron expulsadas por la crudeza de la política misma. La mayor parte entraron, salieron y se olvidaron de la participación pública; otros ya solo operan en lo interno, porque han conseguido un cargo, y otra parte regresó al ámbito del que provenía, el activismo, con las redes y algunos medios de comunicación como lugar principal de difusión de sus ideas.

Sin embargo, es una historia interesante más allá de sus protagonistas, porque señala una dinámica, una forma de actuar, una marejada de fondo que sigue plenamente operativa. El caso de Daniel Bernabé refleja todo esto de una manera precisa.

1. El éxito y un mal movimiento

Bernabé es un escritor y periodista que estaba situado ideológicamente cerca de IU, que escribía en ‘La Marea’ y que había publicado un par de libros de narrativa. Era muy activo en redes, y para 2017 contaba con un gran número de seguidores. No estaba en la órbita de la nueva intelectualidad que había despuntado con Podemos, ya que le miraban con cierto desdén, el reservado a quien es considerado poco sofisticado, alguien de ideas anticuadas. Pero era hábil con la palabra y sabía tocar puntos clave, lo que le generó cierta popularidad en su sector. Un avispado editor de Akal, tras observar las discusiones que mantenía en Twitter, le ofreció escribir un texto sobre los debates entre la izquierda y la identidad. En la primavera de 2018 aparece ‘La trampa de la diversidad’. Como se trataba de un tema entonces polémico, el libro gozó de una acogida importante, con posiciones encontradas y muchos partidarios y detractores.

Un movimiento muy mal calculado por parte de Alberto Garzón contribuyó a que el libro lograse su despegue definitivo. El coordinador de IU publicó una extensa crítica del texto, realizada en términos cordiales, pero oponiéndose a las tesis de fondo. Es bastante probable que Garzón entrase en ese debate porque políticamente le interesaba. En un instante en que deseaba que su partido abrazase las tesis feministas, ecologistas e identitarias, el ensayo de Bernabé estaba siendo bien acogido en su partido, por lo que creyó conveniente desautorizarlo públicamente. Como suele ocurrir con estas cosas, la reseña de Garzón provocó aquello que quería evitar, y mucha gente de IU, o cercana a IU, salió en defensa de Bernabé. Al mismo tiempo, los activistas de distintos colectivos, al percibir que el libro cobraba popularidad, redoblaron su animadversión. Le llovieron las críticas, pero también las descalificaciones y los insultos. ‘La trampa de la diversidad’ se convirtió así en uno de los libros de ensayo más exitosos de ese año, y va por la undécima edición.

2. Un instrumento para la venganza

El éxito de Bernabé resultó irritante al activismo por muchos motivos, y uno de los más importantes fue que simbolizaba el triunfo de aquello que querían dejar atrás. La nueva izquierda había insistido en que el futuro pasaba por ella, que las viejas formas debían reconstruirse y que las ideas obreristas, salidas del mundo de las fábricas, de las cervezas después del trabajo y del orden sindical, habían sido superadas. Bernabé, con su insistencia en los aspectos económicos y de clase, les recordaba mucho a los viejos comunistas. Pero tampoco Bernabé atacaba la diversidad, esa que se había constituido en el centro ideológico de la izquierda activista, sino el hecho de que se convirtió en el mecanismo de olvido de las condiciones económicas, del modo en que el capitalismo funcionaba concretamente en esta sociedad y en este tiempo, y de la forma en que el sistema estaba generando muchos perdedores. Bernabé entendía que esa nueva ideología de la izquierda era un problema más que una solución.

El libro de Bernabé funcionó también por la acogida que tuvo entre buena parte de esa izquierda a la que se le había insistido que estaba vieja, que ya no servía y que debía desaparecer en el pozo de la historia. ‘La trampa de la diversidad’ se publicó en un momento adecuado porque, hasta entonces, esa izquierda había permanecido más o menos invisible. Dado que Podemos era la fuerza dominante, y los de Iglesias y los suyos habían mantenido esas tesis, las críticas de esta corriente ideológica eran ignoradas. Pero para 2018 ya se era consciente de que la fórmula no funcionaba, que el cambio social no iba a llegar y que los de Iglesias iban a ser una fuerza minoritaria. Lo sabía hasta el propio Iglesias, que se apoyó en IU para lograr la estructura de partido que le faltaba tras las sucesivas expulsiones y peleas internas. Iglesias regresó al lado de quienes había despreciado, y aunque los dirigentes de la formación lo pasaron por alto por intereses coyunturales, las bases no lo olvidaron. El libro de Bernabé era un instrumento para su venganza.

Y después estaba el elemento ideológico: esas mismas bases, así como personas afines a la izquierda, se cansaron de los fuegos de artificio, los giros tácticos y la palabrería de Podemos y de sus escisiones, y se sintieron políticamente traicionados a cambio de nada. La nueva teoría no era más que otro giro del socioliberalismo, y no estaban dispuestos a tragar con ello.

Este conjunto de factores lanzó una polémica cuya resolución dice mucho del problema de fondo, porque no se solventó con discusiones teóricas, debates en redes o con facciones de un partido tratando de hacerse con el poder ni nada de eso. Simplemente, se atacó a quien había lanzado el debate, y casi siempre en términos puramente personales. Los insultos, descalificaciones y menosprecios se volvieron muy frecuentes, y Bernabé, que no cedió ante el ataque, respondió con una defensa firme y agresiva.

Fue curiosamente entonces cuando surgieron términos como rojipardismo, izquierda tricornio y similares, que extendían el desprecio a un espectro más amplio. En el fondo, no era más que una maniobra política, la de aislar a quienes no coincidían con su perspectiva, que convenía a casi todas las facciones: Iglesias evitaba movimientos en Izquierda Unida contrarios a la alianza, Errejón resguardaba su espacio y los anticapitalistas podían exhibir su arma preferida, el regreso del fascismo.

Todo eso pasó, la animadversión contra Bernabé 'et alii' se redujo, y quedó solo encuadrada en el entorno activista, ya de poder reducido. En los últimos días, ha vuelto a elevarse el tono, de nuevo con ribetes personales disfrazados de ideológicos. Ahora andan enredados en discusiones que solo entienden ellos acerca de la ley trans, el feminismo y el movimiento LGTBI, pero he desconectado por completo, en parte porque se necesita un cursillo para entender de qué están hablando, cuáles son los motivos reales de las disputas, dónde están las diferencias y por qué se odian tanto.

Estas peleas, no obstante, no pasan solo desapercibidas para mí, sino para la mayoría de la gente. La izquierda activista ha regresado a los espacios minoritarios, esos en los que estaba antes del 15-M, y la consciencia de sus límites les hace volverse más agresivos. Sin embargo, en esa hostilidad hay elementos políticos importantes.

3. Los traidores

El interés de todo esto es relativo, pero existe, porque ha dejado dinámicas muy perjudiciales. Más allá de los personajes que aparecen en este pequeño drama, nos habla de la frustración de una generación que aspiraba a más y ha ido quedándose, en lo que se refiere a la política, por el camino. Algunos de ellos han hecho carrera, otros no, y otros siguen donde estaban. Pero, en todo caso, no son una fuente de influencia ni en la vida pública ni en el debate ideológico; todo lo más, son el muñeco al que dispara la derecha. Así son las cosas: si eres español, te gustan la filosofía y la política, y además eres de izquierdas, es prácticamente seguro que resultarás invisible. Si eres economista anglosajón es otra historia, pero no es el caso. Lo normal, en este escenario, es aceptar que unas veces estás arriba, otras abajo y las más de las veces no estás; que solo te queda hacer tu trabajo y que las circunstancias irán diciendo si tus opiniones, tus ideas y tus aportaciones tienen algún recorrido o ninguno. En fin, la vida misma. Pero no puedes culpar al hombre al que odias, porque ha tenido cierto reconocimiento, de lo que va mal en tu vida política o del poco arraigo que tiene tu ideología.

Sin embargo, lo hacen, y no solo se trata de frustración, porque algunos han llegado bastante más lejos que Bernabé. Se trata de una lógica en la que están inmersos y que forma parte de una tradición política, esa que está mucho más pendiente de los de dentro que de los de fuera: el mayor peligro no lo representan los rivales ideológicos sino quienes son débiles y complacientes con los enemigos. En el fondo, y esto es lo que explica lo de Bernabé y lo de tantos otros (y otras), el problema está siempre dentro: son los traidores, los heterodoxos, los que miran hacia otro lado, la causa última de que las cosas vayan mal. Esa es la razón de que se centren en atacarlos y también lo es de que, en lugar de buscar los puntos de encuentro, que existen, prefieran subrayar las diferencias. Las disensiones no son consideradas como puntos de vista complementarios sobre un mismo asunto, sino el núcleo que debe destruirse para lograr el éxito. Así se construyó Podemos, con expulsiones y caídas en desgracia: Iglesias ha llegado al Gobierno rodeándose de un núcleo muy reducido de fieles que son quienes constituyen hoy Unidas Podemos, ya que ha excluido a todos aquellos que no seguían al pie de la letra la línea oficial del partido, la suya. En esa tradición, los activistas buscan traidores y blanqueadores, como lo fue Bernabé, y los atacan personalmente. Es su particular exorcismo para lograr que el fascismo abandone el cuerpo social.

4. El señalamiento

En el ámbito activista esta tendencia se recrudece, ya que no están en el poder y sus diferencias son todavía más sutiles, de forma que resultan menos perceptibles para el profano y más hostiles para los cercanos. Y es normal, ya que la época les ha reducido el espacio.

En la izquierda, el discurso feminista, global, verde y diverso está mayoritariamente representado por el PSOE, que lo ha acogido como parte de su ideario. Por eso Sánchez confronta con el PP en primer lugar y le reprocha que haya alimentado a Vox. Podemos, que ocupa un lugar secundario, en el Gobierno y en el voto, acentúa ese discurso y se vuelve más feminista, más ecologista, más cercano a los separatismos; en el reparto de papeles, le toca interpelar a Vox y lanzar la alerta antifascista. Y los grupos minoritarios prosiguen la tendencia y se vuelven todavía más feministas, ecologistas y antifascistas, y como su entorno es reducido, solo pueden visibilizarse siendo hostiles y agresivos, señalando a personas concretas y encontrando machismo, racismo y nazis por todas partes, pero sobre todo entre los suyos: siempre aparecen blanqueadores, gente complaciente, banalizadores, que en el fondo no son más que fascistas, homófobos o racistas que no quieren salir todavía del armario.

El caso Isabel Peralta es significativo en este sentido. Un medio de izquierdas, muy combativo contra el fascismo, convierte en estrella a una joven de 18 años de gestos alterados que emite una arenga falangista y que señala al judío como responsable del mal en el mundo. Se produce en el contexto de un homenaje a los caídos de la División Azul, de esos que se han venido realizando todos los años, y siempre con escaso público. La Falange, por otra parte, dista muchísimo de ser una fuerza con un peso político mínimamente relevante en España. Una vez que la joven ha llamado la atención de todo el mundo gracias al artículo y al vídeo que han difundido, otros medios se hacen eco de la noticia y la entrevistanEs entonces cuando sube el tono, y las críticas se desplazan desde la joven antisemita hacia otros medios, esos que han recogido y prolongado la noticia, a los que acusan de blanquear y banalizar el fascismo. Se ha convertido una fuerza marginal y a una de sus integrantes en 'trending topic', en noticia, en debate público, en materia para los telediarios. Era muy probable que ocurriera así, y todo el mundo era consciente. El efecto final iba a ser muy diferente del deseado por quienes pusieron a Peralta en el foco, pero para todo hay una explicación: son los otros medios, los blanqueadores, los complacientes, quienes le están dando cancha, los responsables últimos.

5. Los errores políticos

Es aquí donde aparece el segundo problema, el de la incapacidad de los activistas, siempre pendientes de lo personal, para poner el acento en lo estructural. Elevan la anécdota a categoría para después olvidarse de las categorías.

El regreso del fascismo no consiste simplemente en una joven falangista emitiendo proclamas ante 200 personas. Tiene que ver con un suelo social en el que ese tipo de mensajes puedan calar, con fallos institucionales que generen malestar, con intereses objetivos en las clases dominantes, con fuerzas sociales sin anclaje, con deterioro material, con costumbres enfrentadas. Y, cuando eso ocurre, se genera un magma que puede llevar a cualquier sitio. La crisis de 1929 llevó al poder a Hitler, pero también a Roosevelt. Y quizá sea políticamente mucho más sensato, y desde luego más pragmático, ofrecer propuestas de salida a los problemas de fondo que señalar e insultar a todo el mundo. Si la izquierda (como el resto de fuerzas políticas democráticas) quiere evitar que los totalitarismos regresen, tendrá que pensar en términos estructurales, comprender los problemas y buscar soluciones, mucho antes que apuntar con el dedo y colgar un cartel en el cuello ajeno; pero prefieren despreciar a quien no piensa como ellos, incluso cuando sea de una tendencia ideológica parecida, que buscar puntos de encuentro. El hombre al que odia la izquierda activista no es Bernabé, sino cualquiera que pase por allí y no actúe y se exprese de la manera que entienden correcta.

Ese afeamiento de la persona como sustitución del pensamiento estructural es pernicioso políticamente porque lo centra todo en los actores y en sus actitudes. Es una reducción que se quedaría en otra forma de individualismo metodológico si no contuviera un elemento mágico, el de palabras que se convierten de inmediato en realidad. Puesto que creen demasiado en el poder del discurso y mucho menos en la manera en que las palabras y la sociedad encajan, es decir, en la interrelación permanente entre agencia y estructura, todo se sustancia en las cosas que dicen los individuos. Y esa misma perspectiva les autoriza a actuar como lo hacen: creen que llamando fascista a un fascista, el fascismo desaparece; es más, están convencidos de que si señalan como fascista a alguien que dice no serlo, cierran todas las puertas de entrada al fascismo.

No son los activistas los únicos que han contribuido a ensuciar las discusiones políticas desplazándolas al plano personal, porque es desgraciadamente algo muy común, pero fueron los pioneros en democratizar la tendencia. Es una buena manera de no tener debates políticos en absoluto y supone una forma muy calvinista de actuar. Por: Esteban Hernández  [El Confidencial]