En Haití, el secuestro está institucionalizado como arma del poder político por un lado y de afianzamiento de su gobernabilidad por el otro, mientras el populacho se la goza y arrodilla familias

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¿Cómo es posible que un país que compra tanto los productos dominicanos de comercio e industria, sea al mismo tiempo, el principal enemigo de sí mismo y desde la óptica, que aun como su gente dice que odia los dominicanos, es a la vez el principal admirador del sistema de vida dominicano de rescate del individuo como persona y como expresión de la mejor calidad de vida que los haitianos quisieran para sí?

Así mismo, ¿a qué se debe y lo que parece contradictorio, que cada día, no hay plato que llega a la mesa haitiana que no tenga presencia de productos dominicanos o que más de cinco millones de haitianos y sus familias sobreviven dentro de la pobreza inducida que los ricos haitianos les mantienen y solo en base a las remesas que sus compatriotas en República Dominicana les envían diaria, semanal o mensualmente?

Se supone, que cuando una nación está tan integrada con otra y como es la fusión dominicana con EEUU, se genera un vínculo afectivo de comunidad y amistad que hace muy difícil que entre sus conglomerados humanos haya animadversión y mucho odio y por lo contrario, los lazos de comercio y amistad se hacen cada vez más fuertes que nunca antes, así mismo ocurre entre dominicanos y españoles o entre dominicanos e italianos.

Pero con Haití no sucede lo mismo y por eso las relaciones entre los dos países y por más que los dominicanos hacemos hasta lo inimaginable para consolidar los vínculos, el recelo, la desconfianza y esa cierta animosidad enfermiza que muestra mucha envidia y hasta odio, son las marcas constantes e indelebles en las pesarosas relaciones entre los dos países y a decir verdad en la generalidad de las naciones fronterizas.

Para colmos, la tragedia de vida haitiana, también es ocasionada por su propia elite política, social y económica, cuyos integrantes prefieren empobrecer aún mucho más a su gente y país, al tiempo que la clase media y burguesía haitianas, prefieren tener cerca de 3,000 millones de dólares invertidos en República y Dominicana, antes que invertirlos en el suyo y de lo que también los demagogos políticos y periodistas haitianos, resaltan como parte de la supuesta “explotación que los dominicanos nos hacen”.

Y obviando la realidad, de que empresarios dominicanos y ha su propio riesgo, han invertido en Haití más de 4 mil millones de dólares en empresas de tejidos en zonas francas, pero dentro de un nivel de opacidad fiscal contra el erario dominicano, que ensombrece tales iniciativas y lo que para nada afecta esas inversiones y al contrario, semanalmente cerca de 50 mil empleos directos son generados por las inversiones dominicanas y de los indirectos ni hablemos.

¿Hasta dónde es posible que esa sea la realidad positiva entre los dos países y sin dejar de mencionar los más de 200 millones de dólares semanales que generan los mercados fronterizos dominicanos a favor del consumidor haitiano?, ¿cómo entender que esos aspectos positivos se sucedan diariamente o los más de 100 millones de dólares, que al mes, los dominicanos invertimos para contribuir a la salud del pueblo haitiano y en particular de sus parturientas y ni siquiera por ello, los dominicanos logramos ser aceptados en el vecino país transfronterizo?

Sin embargo y como contrapeso a tanta contradicción, en Haití hay una población legal de haitianos de origen dominicano cercana al millón de binacionales e igualmente entre los dominicanos tenemos cerca del millón de individuos de familias de dominicanos de origen haitiano y cuyos integrantes mantienen un proceso integracionista casi natural y el que ayuda a que los nacionales de ambos países descubran la posibilidad, de que desde este punto binacional, los dos países tenemos amplias probabilidades de no vernos como enemigos y sí como aliados.

En este punto, viene el gran escollo: La política de lado y lado y la incomprensión inocultablemente racista que los políticos y con sus periodistas de ambos países, originan para que el odio se mantenga vivo y sin importar las generaciones nuevas que haya. ¿Las culpas a repartir?, las respectivas clases dirigentes de ambas naciones, que constantemente conspiran para que dominicanos y haitianos nunca podamos tener una política de corte humano de buena voluntad.

Dentro de concepto tan alienante, es que se presentan los secuestros en Haití, no solo de dominicanos, pero sí con un marcado acento anti dominicano que no deja que la paz social sea posible y en particular, en el mundo rayano, es decir, en la franja fronteriza de lado y lado y con un kilómetro de tránsito común.

Hay también otro hecho recurrente que aturde y hasta frustra, que cuando mejor pueden estar las relaciones entre los dos países y sus respectivos gobiernos, entonces y de improviso, aparecen los enfermizos “anti” contra los dos países, quienes atrincherados en el submundo del poder y mediático y ahogados en sus fanatismos tan estériles, pero sí enormemente dañinos, no dejan que entre ambas naciones exista una sana convivencia.

En este aspecto, la culpa de tal situación es dominicana y por una sola verdad, que al ser la nación económicamente de mayor crecimiento económico y de economía emergente y con unas infraestructuras que ante el ojo haitiano parecerían de primer mundo, nadie en este país y gobierno de turno o clase dirigente, no han elaborado un esquema de publicidad inducida, no de propaganda, para alentar que los haitianos a nivel de pueblo vean en los dominicanos un pueblo amigo.

¿Alguien se acuerda, de que en uno de los gobiernos del presidente Leonel Fernández, los dominicanos invertimos 50 millones de dólares para construir, equipar y crear la sede de la principal universidad del vecino país y la que a la fecha tiene más de 25 mil estudiantes, mientras en el territorio nacional, estudiantes haitianos de clase media, se forman en nuestras universidades y en particular en la Madre y Maestra y sin que al contribuyente dominicano les cueste un centavo y porque las familias de estos sufragan sus gastos? ¿y qué es lo que resalta entre estos estudiantes cuando retornan a Haití o se van a Bélgica, a Lovaina, a efectuar maestrías o posgrados?, ese inocultable recelo contra los dominicanos y sin que, y la verdad sea dicha, los dominicanos y en particular los de clase media, hubiésemos hecho algo malo para ganarnos la animadversión.

Entonces, los dominicanos tenemos que revisarnos y tanto el gobierno como el empresariado deberían de hacer una iniciativa público-privada de ganarnos publicitariamente a Haití, resaltando lo que nos une y por encima de los que en un momento dado nos divida, al tiempo de llevar a la comprensión haitiana y en patois y francés, todo cuanto de razonable tiene de positivo y de sano, el alma dominicana.

Todo es un asunto de intentarlo, de buena voluntad, de tumbar barreras emocionales divisionistas absolutamente absurdas y desplegar una publicidad masiva en la mayoría de los mass media haitianos en radio-televisión y prensa y su ramal en las redes sociales y con el solo propósito de que el pueblo haitiano se convierta en nuestro amigo y lógicamente, para que el intercambio comercial entre los dos países aumente.

Intercambio que puede aumentar mucho más, desde el momento que haya más cantidad de dominicanos que hablen en patois o francés, y en la misma medida de cómo más de 3 millones de haitianos se comunican en nuestro idioma y dicho sea de paso, adoptando nuestras costumbres casi sin darse cuenta y que ocurre, con los que viven al oriente de la isla y dominicanizados., sin perder su cultura y rica idiosincrasia.

Mientras y para nuestro día a día, en Haití, el secuestro está institucionalizado como arma del poder político por un lado y de afianzamiento de su gobernabilidad por el otro, mientras el populacho se la goza y arrodilla familias. (DAG)