Es increíble como nuestros políticos se enredan en situaciones que cualquier persona con entendimiento más abierto podría resolver sin ningún tipo de agobio y lo más importante, sin ocasionarles tantos desencuentros y conflictos a la población y sin crear la honda crisis moral que lo envilece todo

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Cuando se analizan en frío y en retrospectiva, el por qué los mas agudos problemas de la mayoría de nuestros políticos, tienen que ver con esa lamentable situación de egos sobredimensionados que son incapaces de aceptarse o de tolerarse al momento de tener discrepancias y los que, como en todo orden de las relaciones humanas, siempre están presentes, cuando se trata de entender el por qué los dominicanos, parecería que estamos condenados a mantenernos constantemente dando vueltas sobre el mismo circulo y no importa el régimen político que se adopte.

            Para comprobarlo, solo hay que ver, que los diez más importantes problemas “macros” que la República confronta de cara a su siempre accidentada gobernabilidad, fundamentalmente, tienen que ver con la manera atropellante de como los políticos se comportan y se dirigen unos a los otros.

            Por ejemplo, si se está en la oposición, el comportamiento es más abierto y tolerante, de aquel otro de cuando se es oposición con posibilidades de acceder a funciones públicas de poder y luego se encuentra la otra situación, de llegar al poder y para de inmediato adquirir una personalidad fingida de perdona vidas y figura endiosada, que de tan aguda, ni siquiera el personal de apoyo en materia de tecnócratas calificados, puede sustraerse a comportamiento tan descortés y poco pragmático y para no decir, poco político.

            Entonces y a resultas de tales vicios de conducta, nunca existe el aceptable ambiente para dirimir, no conflictos, sino algo tan natural como el compartir criterios afines y los que ni siquiera escapan a la presencia de acciones y decisiones extremadamente agudas, que, en la generalidad de los casos, no dan espacio para la racionalidad.

            De ahí, que el resultado sea uno de desencuentros continuos y hasta con actitudes de enojos personales y debido a que quien se siente poderoso o determinante para resolverle a otro ciudadano que no está en su posición de decisión, este se maneja con una actitud tan hiriente y desconcertantemente tan poco política, que el resultado final, genera y en la mayoría de los casos, distanciamientos por los que con poco esfuerzo podrían terminar en enemistades personales absolutamente innecesarias.

            De esta manera, el tejido social se afecta doblemente, porque quienes procuran que se les escuche desde las esferas del poder, de entrada y por el trato descortés del cuerpo de secretarias o secretarios, asistentes y válidos, al sentirse rechazados, saben de ante mano, que el caso a tratar no va a merecer ningún tipo de atención y significando para el que busca, una lamentable pérdida de tiempo.

            Es así, como y casi por encanto, quien encabeza el despacho al que el ciudadano se dirige, en la generalidad de los casos, no tiene la menor idea de lo que ocurre y solo viene a darse cuenta de lo que se suscita, cuando un asunto estrictamente burocrático, que con buena voluntad pudo haber sido resuelto, se presenta de golpe en los medios de comunicación y de información y solo por el escándalo subsiguiente, el ejecutivo principal toma cartas en el asunto.

           Lo lamentable, que parecería, que ese es el sistema burocratizado que se le impone al ciudadano común cuando se acerca a los estamentos del poder y el que solo varía en algo, cuando la empleomanía ejecutiva (llamémosla de algún modo) se da cuenta que la posición del jefe está en peligro o que, por elecciones cercanas, se podría perder irremediablemente.

            Ahí entonces, sucede lo atropellante y continuo de ese asistencialismo y populismo tan hipócrita y al mismo tiempo tan falso, que marca como un sello de hierro encendido, a quienes son objeto del interés del alto cargo y de su corte de secretarias y asistentes y por lo que tan pronto pasa el momento de peligro, a lo inmediato se retorna a la posición anterior de desplantes, groserías, malos tratos y falta elementales a la buena educación.

            En líneas generales, ese ha sido el comportamiento de la clase política dominicana en estos últimos 22 años y que es el factor tan terrible, que ha terminado por marcar las vidas de los ciudadanos y en una de actitudes de doble moral, inescrupulosidad manifiesta, que pocos pueden evitar y llegándose al grado, de fomentar ese tipo de prostitución clandestina para aquel -hombre o mujer- que, según los casos, se le confronta, entre obtener lo que quiere a cambio de entregar su cuerpo como moneda de garantía o de pago.

         Ni que decir, que semejante comportamiento tan desquiciadamente inmoral, precipita a la mayoría de los ciudadanos que tienen que ver con tocar las puertas del poder en los tres poderes interdependientes del Estado, en una peligrosa espiral de ruptura de la moral social y tan aguda, que al final, es la razón, de que casi sorpresivamente, el país político se torna en una especie de lupanar, que en la medida que logra que quienes al mismo lleguen, se está consciente de que todos deben terminar degradándose a unos niveles tan escandalosos, que hay casos y entre los principales dignatarios del poder, que hasta crean asistentes de divos y divas provenientes de la tele y la farándula y nombrados con mascaradas de nombramientos y para encubrir, que el único trabajo de estos infelices es el de servir de cama de los deseos de los jefes y de sus secuaces.

            Lo grave, que tal inconducta, no es sola parte del quehacer oficial de gobierno o del otro más cerrado del sector privado, sino que abarca todos los sectores de la sociedad e incluidos los religiosos y ni hablar del castrense y para mayor asombro, hasta del deportivo. ¿Puede ser extraño entonces, que la República sea vista en el exterior y como poseedora de hombres y mujeres que se comportan como carne de tentación y de todo tipo de acuerdos ingratos en lo atinente a la trata de personas, el sexo, la droga, la incivilidad y el desorden moral y de lo que se tiene una primera impresión o idea pálida, con todo ese tipo de chicos y chicas acompañantes y como juguetes sexuales de turistas de ambos sexos cubriendo la tarifa de paga al mejor postor?  

            No hay ni que hablar, de que en un ámbito tan maleable y en el que nada es lo que parece, el individuo de comportamiento moral y conducta decente educación doméstica, se encuentra excluido. Peor aún, segregado y estigmatizado y al grado, de que se le entiende como una especie de paria, que solo merece el ostracismo en su aplicación más dura y el que solo cesa, cuando el que creía lo ha resistido todo, termina y por su estado de necesidad, cayendo en las redes de la prostitución más hiriente como vergonzosa.

            De esta manera, República Dominicana y en estos últimos 22 años, ha dado un tremendo salto en materia de nivel y calidad de vida para quienes no tienen rubor en “hacer lo que haya que hacer” y sin que tampoco les importe como tratar de justificar los bienes materiales, activos y recursos, que semejante comportamiento tan licencioso les ha deparado y que lamentablemente, es el sello que caracteriza a la nueva clase media y la otra rica de esta nación.

            Por supuesto, nos estamos refiriendo, a una minoría que ha sabido aposentarse en todos los resquicios del poder y tanto públicos como privados y cuyos integrantes, terminan por conformar una especie de “espíritu de cuerpo”, que, en apariencias, les blinda para hacer creer que poco les importa lo que digan los demás, aunque sabiendo, que no pueden mirar a los ojos, a nadie que hayan conocido antes y sostenerles la mirada.

            El efecto generalizado que se logra es el que ahora todos los ciudadanos vemos y notamos: La corrupción ahoga la vida nacional y por lo visto, no hay político ni referente moral, religioso o social en que creer, que se le entienda con el suficiente coraje moral para enfrentar la situación y conformar la tan necesaria revolución moralizante, que una nación requiere cuando sus clases dirigentes han colapsado moralmente y a grandes zancadas, la llevan hacia el despeñadero.

            Recordemos. Todo empezó de a poco y casi inocentemente. Un nuevo funcionario adoptando poses de padre de la patria, erigiéndose casi en un semi dios y de tanto poder que se le ha delegado y una gran masa de empleados y pequeños burgueses, desesperados por trascender social y económicamente, dispuestos a satisfacerle sus mas lejanos deseos o caprichos y a partir de ahí lo de ahora: El colapso moral de la clase gobernante dominicana.

            ¿Tiene sentido entonces, que digamos, que es increíble como nuestros políticos se enredan en situaciones que cualquier persona con entendimiento más abierto podría resolver sin ningún tipo de agobio y lo más importante, sin ocasionarles tantos desencuentros y conflictos a la población y sin crear la honda crisis moral que lo envilece todo? Con Dios. [DAG. Miércoles, 11 de abril de 2018. Año XVI. Número 6,235]