Es lamentable, que el fuerte mensaje pretendidamente aleccionador que la curia católica ofreció ayer,

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Antes y hablamos de las décadas de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, en República Dominicana, el fervor católico iba parejo con la creencia casi absoluta de la población, que curas y monjas eran individuos de una moral tan fuerte, casi de fanáticos, que absolutamente nadie dudaba de sus sermones y menos, de su afanar cotidiano por guiar debidamente a sus feligreses.

            Sin embargo, a partir de la primera semana santa del año 1962, cuando ya había empezado el gran destape entre moral y sexual y sobre todo, de la última generación de juventudes que habían nacido para la década de los años cuarenta, se comenzó a notar cierta actitud “ligera” y en particular, por parte de sacerdotes de todas las denominaciones, quienes influenciados por las nuevas corrientes de pensamiento que ya habían penetrado en la nación, empezaban a dar muestras sospechosas -a ojos de los adolescentes- de que muchos curas empezaban a caer en las debilidades de la carne y otros de mayor rango, en la sed de poder político y riqueza económica y como nunca antes había sucedido.

            Para empezar, la transformación “mental” de muchos curas jóvenes, entonces, fueron prohijadas en sus tiempos de estudios formativos en los seminarios católicos en la capital y en la ciudad de Santiago, primero, en base al sentimiento subversivo anti trujillista que incitaba a cometer los actos de terrorismo “dulce” con bombas de estruendo en lugares públicos o para aparentar victimismo, adjudicándose explosiones en sus seminarios y para hacer creer que el espionaje trujillista les perseguía.

            Hubo casos y confesados por curas y luego obispos metropolitanos, como Ramón Benito de la Rosa y Carpio, quien en un artículo periodístico, reveló, que cuando mataron a Trujillo, todos los curas y estudiantes de curas en el seminario Santo Tomas de Aquino “celebraron con música y bebieron y brindaron por la muerte de Trujillo” a mayo de 1961.

            ¿Extrañaría entonces, que, para enero de 1962, ya un prelado católico formaba parte del gobierno de aquel entonces, el Consejo de Estado? En efecto, el antiguo senador trujillista, monseñor Elíseo Pérez Sánchez, quien, por ser dominicano sin apellidos conocidos, siempre fue relegado por la oligarquía y al extremo, de que nunca llegó a arzobispo metropolitano y solo a “administrador sede plena” y fue sustituido por el nuevo arzobispo Ricardo Pittini, quien, el mismo día de su instalación, nombró a Pérez Sánchez como vicario general el 24 de octubre de 1935. Hasta que este resurgió en enero de 1962, como uno de los siete miembros del nuevo gobierno nacional colegiado. Es decir, la curia católica, colocó a uno de los suyos en el gobierno de la nación y a partir de tal posición, la curia católica empezó a moverse en la dirección que ya se le conoce, de agente político y en perseguidor de poder económico.

            Por lo tanto, nada extraño, que, desde entonces, alguno que otro cura se hubiese “desajustado” y buscara adentrarse más en los placeres mundanos que en los religiosos y por vía de consecuencia, que se conozcan los tantos casos de curas pederastas o mujeriegos, que no tienen límites a la hora de desenvolverse sin importarles el criterio de los demás y de lo que el cardenal López Rodríguez llegó a vivir en carne propia, siendo arzobispo metropolitano.

            Esa situación y ese tipo de conducta, sin duda, que y de tan continuos, generó un cambio de actitud por parte de la población y particularmente en las ciudades y de estas, en las universitarias y de clase media, que a su vez, provocó ese sutil descreimiento generalizado que se tiene respecto a la idoneidad de los curas católicos y debido a lo cual, cuando ayer, siete curas se presentan ante el alta mayor de la Catedral Primada, a exponer su interpretación y nada exegética, sobre las palabras que los historiadores le atribuyen al crucificado y viéndose que los siete, oscilan en edades de 28 a 48 años, que mayor sea el descreimiento sobre lo que digan y mucho más, cuando todos aprovecharon el sermón de las siete palabras, para lanzar una soflama detrás de otra contra el sistema político, económico y social y sin dar la menor oportunidad a que el público pudiera entender, que realmente, quienes hablaban eran curas católicos en ejercicio y no los curas-politiqueros y mulatos resentidos, que se mostraron y desde que empezaron a proferir y con el disfraz de sermones, una nada aceptable opinión condicionada, no conveniente en lo religioso.

            Pues, ¿cómo un cura católico puede hablar de lo que ocurre en las relaciones de familia o de la sociedad o en el diario vivir de los que no llegan a fin de mes, cuando el que así habla, es una persona que es sostenida o mantenida por los bolsillos de otras personas o por el mismo Estado? Lo lógico fuera, que, si quienes ayer se pronunciaron, fueran individuos ensotanados, que realmente tienen un pensamiento y criterio libre y no el que siempre los acompaña de adoctrinamiento clerical, hipócrita y ultraconservador. Muchos se habrían podido interesar en sus palabras, pero lamentablemente, todo el mundo, lo que entendió, fue que esos curas hablaban por las necesidades pecuniarias de su iglesia y la contrariedad de esta al ver y sentir, que el cambio de actitud y mentalidad de la población, no les facilita las cosas para que esos curas pudieran merecer ni siquiera el beneficio de la duda.

            Solo hay que ver, que, dentro de la iglesia católica, de un tiempo a esta parte han surgido un equipo de “curas fuerza rápida” totalmente contestatarios contra el statu quo imperante y al vérselos como unos provocadores sociales, que hasta se presentan como agentes políticos encubiertos y demasiado mundanos para el criterio de la población, logran obtener espacios en el sector mediático, pero al costo, de que quienes piensan, valen y razonan, desconfían de todos ellos y de manera absoluta.

            Que fue precisamente, la imagen que ayer se vio entre los siete curas que hablaron y el otro que estaba a su lado a modo de preceptor obligado y todos, repitiendo el mismo concepto de ataque social y tal como si fuera un disco rayado, con eso de criticar tan ácidamente, “a aquellos patriotas y nacionalistas rancios que siembran el odio y la xenofobia contra los inmigrantes, en especial los haitianos”. O lo otro, “de que es urgente la conversión de tantas personas aferradas a un patriotismo barato que se encarniza contra inmigrantes” y como si esa lamentable situación fuera privativa de los dominicanos y no de la raza humana. O aquel otro “orador sagrado”, diciendo, que “hay grupos de malos dominicanos y dominicanas fomentando la xenofobia con los vecinos haitianos”. En definitiva, todos dando a entender, que el conjunto de los dominicanos somos los malos, también racistas empedernidos y peores vecinos y lo que no se corresponde a la verdad.

            Y ante lo cual, si bien respetamos el derecho a la disidencia, racionalmente, no podemos aceptar, que curas católicos resentidos y mantenidos, se entiendan con el derecho de tratar de dar consejos y lecciones que absolutamente nadie se las ha pedido. Por lo que les decimos, que es lamentable, que el fuerte mensaje pretendidamente aleccionador, que la curia católica ofreció ayer a propósito del sermón de las siete palabras, este no haya tenido el impacto definitorio que se buscaba y debido al fuerte descreimiento, de una feligresía creyente, que al mismo tiempo y por las debilidades de curas y monjas. Desconfía a lo absoluto de sus ministerios, por lo que, en este sentido, el sermón colectivo de ayer fue fallido y de paso, malo y por lo repetitivo. ¡Cómo se ve que la mano de Ozoria está detrás! Con Dios. [DAG. Sábado, 31 de marzo de 2018. Año XVI. Número 6,224]