Esa sorprendente como chocante dualidad, del político como gobernante. La Teoría de los dos puerquitos ante la ciénaga.

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Podría parecer una necedad, pero si muchos ciudadanos analizaran el por qué el político aspirante al Poder Ejecutivo, mientras está en ese trance, es amigo de todo el mundo y sin serlo de nadie, en tanto tan pronto se instala como presidente de la República, se convierte en un ser lejano casi sacro y con pálidas demostraciones de aceptar el culto al cargo que ocupa. Entonces, muchos ciudadanos podrán darse cuenta, del por qué de tal metamorfosis.

            En primer lugar y por razones de Estado, el político que llega al Poder Ejecutivo y sin importar de que partido político o ideología provenga, debe oxigenarse lo más rápido posible y si es que quiere tener una mente abierta para saber entender y lidiar con los problemas de la administración pública, vale decir, los del Estado.

            Luego lo otro, de encarar con una perspectiva más o menos aceptable, de como juzgar las apetencias y ambiciones de todos los que se le acercan y ya sean funcionarios, personalidades nacionales o simple pueblo y cómo el mejor mecanismo para crearse un entorno que le sea favorable a su manera personal de cómo encarar el complejo problema de gobernar a una nación y en la que, todo el que se le acerca y por más sumiso que se le muestre, es alguien que busca y quiere algo y lo más significativo, que entiende que tiene derecho a solicitarlo.

            Para el tercer punto de su agenda, el jefe de Estado y de Gobierno debe saber también, que, como político proveniente del mundo electoral, está en la obligación de complacer, pero a diferencia de cuando aspiraba, solo a su tiempo y de acuerdo al desarrollo de sus políticas e intenciones, que deben ser implementadas en función de su esquema general de actuación y mando.

            De esta manera, cuando el presidente en ejercicio ya ha mentalizado su derrotero y ha colocado en los cargos principales, a los ciudadanos de uno y otro sexo, que asume que pueden servirle con idoneidad, entereza, integridad y lealtad debida, debe entonces preocuparse por crear las diferentes compactaciones de niveles de influencia  entre los principales altos cargos y de manera de saber separarlos en sus propias áreas de competencia y en función de los resultados, que por las funciones delegadas, demuestren cierta capacidad de adaptabilidad para saber emprender las responsabilidades otorgadas.

            Ya en este punto y de manera sutil pero sí efectiva, el gobernante tiene entonces que incitar a cada funcionario a desenvolverse dentro de unos parámetros de competitividad, que de por sí le ayuden al dispensador de favores y de posiciones, a mantener el control absoluto de la administración y cuidando, que ninguno ni otro traspasen fronteras de competencias, salvo que para su política general, al gobernante le interese hacer creer que tiene funcionarios favoritos  o uno o dos de mayor preponderancia que todos los demás.

            Pero eso sí. Aquí el presidente de que se trate deberá velar porque los que ha colocado en el filo de la navaja, no cometan excesos tan significativos que pudieran granjearles desafectos hacia su persona y por lo que siempre deberá estar al acecho del funcionario subalterno que se quisiera pasar de listo.

            También, dentro del funcionariado y mucho más dentro de los altos cargos, el gobernante deberá cuidar, de que aquel que es un burócrata eficientísimo, frío y hierático, no se reconvierta en uno y déspota que se crea indispensable. Como por igual y con mayor fuerza, deberá velar que los humos no se le suban a la cabeza, al otro funcionario principal, que, con su encanto y bonhomía personales y su destreza administrativa, se pudiera entender lo suficientemente apto como para desenvolverse tratando de ganar cada día la mayor cantidad de reconocimientos y de afectos.

            Y esto así, pues todo debe estar en su justo punto medio y siempre procurando, que los funcionarios principales sepan, que el indispensable, es quien les designó, lo que significa, que, entre otras cosas, siempre deberá mantener un muy bajo perfil de exposición pública personal y sí solo la tolerable por sus funciones administrativas delegadas, pues el poder nunca se delega.

            Ahora bien, a todo jefe de Estado y de Gobierno y mucho más en este país, su mayor problema, es cómo lidiar con los asistentes, validos, chulos y conmilitones de su círculo personal y quienes con una capacidad oportunista notoria, harán lo imposible por despedazarse los unos contra los otros y en su inacabable carrera por ganar preferencias de la primera persona y ser a su vez, los ojos vigilantes que se constituyen en lo más parecido al tipo de policía personal e íntima que vigila los pasos no conocidos de sus altos cargos, en tanto con una zalamería inigualable se hacen indispensables en el entorno familiar del gobernante. Ahí es donde el gobernante deberá estar más en atención, al tiempo de reducir a un mínimo aceptable, los pasos de los integrantes de su familia directa y los de la originaria común y tanto suya como de su cónyuge o alguno que otro hermano. Que se beneficien del poder, pero sin excesos, debe ser la regla a cumplir.

            El otro punto personal y que no se toca públicamente, es aquel e íntimo derivado del poder de Estado personal que el cargo le otorga al que gobierna y quien, si cometiera la debilidad de dejarse vencer por los sentidos y al extremo de montar “sucursales” a la propia familia. Tarde o temprano, semejante error de procedimiento terminará por pasarle factura. O lo otro de un sastre que lo mime, por ejemplo y añadiéndole amistades de ocasión, o un allegado tan íntimo que el compadrazgo los une casi como si fueran uno, serían de los graves peligros que pudieran acecharle, pero si sabe colocar distancia y maneja con cuido y sobriedad las lealtades de quienes por años han sabido servirle y ser hasta el receptáculo fiel de sus momentos de debilidad y pesimismo, seguro que el gobernante sabrá ser diestro en el manejo sobre los intereses de sus más íntimos.

            Ni hablar respecto a la familia originaria, es decir, padres, hermanos, tíos, sobrinos y el largo etc. que le sigue y porque invariablemente, son los elementos de mortificación y desunión y cada vez que el familiar quiere hacer valer el ingrediente de sangre que le coloca en un punto más alto del árbol genealógico familiar y lo que es absolutamente inútil, cuando se es la personificación del poder. Por eso, hay que cuidar siempre y muy bien, los pasos de los familiares de origen en la patria chica común y por ningún concepto, dejarles sacar mayor desempeño de influencias y menos, si en la sociedad en la que se desenvolvían en el pasado inmediato, no era tan decisiva en aquel entorno su particular radio de acción y de competencias. Ahí, lo que hay que inculcar es la humildad bien calculada y para que esta dé los suficientes frutos que privilegien la fortaleza personal del poder político grupal, pero sin trascender demasiado y menos, irritar. Todo en debidas dosis y siempre a pequeño tiempo.

            En cuanto a los hijos, a todos ellos, la mejor fórmula es sacarlos del país, que estudien y aprendan en otras culturas y no dejarlos, ni por asomo -salvo si los quisieran agredir- que den demostraciones vivas del poder fuera de sí. Y en cuanto al ramal de los hijos no conocidos públicamente, ahí el gobernante debe andarse con pies de plomo y no permitirse la mínima debilidad, pues si la tiene, es desde ese nicho que le podrían llegar las grandes mortificaciones.

            Del mismo modo y en cuanto al trato personal con todo el mundo, la máxima a cumplir deberá ser: Astuto como serpiente y manso como paloma, pero sabiendo prodigarse y en muchos casos, haciendo creer que quedó subyugado por las capacidades del otro, pero solo como comodín que le facilite transitoriamente el redoblar la legión de adeptos y seguidores, que de por sí el poder arrastra y para mantener el adecuado punto de equilibrio sobre los desafectos, todos esos, que nunca abandonan su rol de contrapeso bizarro del que tiene poder. La excepción, es cuando se trata de aquellos individuos que mal se entienden “de primera”, a esos y por las circunstancias que les arrastran y condicionan, no hay que alejarlos mucho, pero tampoco tenerles cerca y cuando están más cerca de lo debido, entonces, que el aparato burocrático se encargue de hacerles entender cuál es su puesto. Un apriete a alguno, con más impuestos por ejemplo o una revelación “cortés” y por excesos cometidos por aquel otro, siempre serán suficientes, para que esos “de primera”, comprendan que al poder absoluto ni se le juega, chotea o desafía.

            En el trato con los religiosos de todas las denominaciones y creencias. A esas víboras y desde el primer momento, deberá aprender a tenerlas a raya, pero eso sí, cumpliendo escrupulosamente con el “performance” de la religión preponderante y el óbolo oportuno, pero solo, cuando al gobernante le convenga, política y socialmente, exhibirlo.

            En materia de periodistas y medios de comunicación. En esa pendiente enjabonada, su marrulla y experiencia de político deberá hacer la diferencia. Siempre haciendo creer que tiene un sector, pero nunca cometiendo el error mayúsculo de ganarse al resto, de enemigo. Aquí, el justo punto medio, pues en este sector de hienas en acecho y casi todos sus integrantes lo son -solo hay que ver como “deportivamente” se despedazan los unos contra los otros y por tenerle su favor-  el gobernante y porque es un sector, en el que quien  menos se piense tiene seguidores y porque siempre contará con otros que atenderán lo que diga, deberá cuidar  los privilegios que otorgue, pues si da mucho, los que reciben siempre estarán insatisfechos y los que aspiran, redoblarán esfuerzos para que les trate igual.

            Sin embargo, el nicho de los que quieren ir hacia adelante, pero por sus propias capacidades y solo aspirando a las facilidades que el gobernante otorga al gran empresariado mediático -dentro de su justa medida claro está- este podría ser el óptimo para saber manejar y manipular, pero, cuidado de afectar sus egos y pretender dejarles en ridículo. La naturaleza humana nunca perdona esos agravios gratuitos. Y con estas hienas, el que está en el ejercicio del poder absoluto, nunca podrá darse el lujo de no contar, pero y ojo, sin alentar el poder fáctico desproporcionado, que, en el caso dominicano, el PLD ha facilitado a medios de comunicación y periodistas, comunicadores y opinantes, pues siempre será una espada de doble filo y el poder presidencial, es el único que debe cuidar de tener y disponer de todos los filos y que, además, todos sepan que sabe usarlos.

            En líneas generales, pues, esa sorprendente como chocante dualidad, del político como gobernante  y aplicada al uso del poder y para su propia gloria y poder y en una nación de mentalidad tercermundista y subdesarrollada, lo que realmente importa, es que el político gobernante, haga exactamente, lo mismo que  hacen los campesinos cuando deben pasar una ciénaga y que tantas veces Joaquín Balaguer le enseñaba a quien escribe: Tirar dos puerquitos adelante y por el trillo que estos caminen, por ahí hacerlo también. Con Dios.  [DAG. Jueves, 08 de marzo de 2018. Año XVI. Número 6,202]