Gobierno plutocrático, Estado teocrático y tiranía mancomunada de determinados grupos económicos y financieros

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Si hubiese la necesidad de clasificar la democracia dominicana dentro del maleado concepto de supuesto “estado democrático de derecho”, nos encontraríamos con grandes obstáculos para admitir el aserto de tal afirmación, cuando lo cierto es, que República Dominicana es uno de los estados más negadores de los derechos constitucionales de sus ciudadanos y de mayor complicidad con una clase gobernante o dirigente, rapaz, inescrupulosa y tremendamente negadora de los derechos civiles, político y constitucionales de su pueblo.

Y el asunto no es que todo nos viene como herencia fatídica de la España potencia colonial, sino de que los dominicanos e intrínsecamente, amamos la sumisión, la pérdida del concepto individual como persona y lo más indecoroso, que una fuerte mayoría, siempre sucumbe ante el extranjero desconocido y quien “por hablar bonito” se le perdona todo y también se le facilita todo, al tiempo que el criollo entiende que automáticamente y ante el extraño, debe adoptar el comportamiento vil del esclavo sujeto a todo tipo de depravación y entrega absoluta de su misma persona y sin razonar que nunca debería perder su condición de ciudadano y persona libre de voluntad propia.

Solo así se explica, que la mayoría de las familias extranjeras cuyos ancestros llegaron a la isla con una mano detrás y otra hacia adelante y hablamos entre los XV y XVII y bien entrado el siglo XIV, hoy y no solo por su trabajo, sino por las facilidades subjetivas que el medio les facilitó, se han convertido en la especie de fuerte oligarquía, que equivocadamente asume, que sus miembros están dotados de un supuesto “derecho divino” para dominar y explotar esta nación y como si la misma fuera originalmente suya.

El otro factor y tan decisivo para moldear al dominicano como un individuo sumiso y servil a un grado extremo, se tiene en el fuerte componente africano de trabajadores esclavos traídos a esta isla y quienes para sobrevivir y formar una determinada situación social que les permitiera subsistir, adaptaron la condición de servidumbre y peor que la de un perro y para definitivamente darle carácter y concreción al componente humano isleño y sin excepción de idioma, raza o nacionalidad.

Ya antes para el 1492-1496 y por lo menos en la isla de la Española, el millón de pobladores aborígenes, víctimas de la cruz cristiana de fuego, desaparecieron en base al más infame y primer genocidio perpetrado en esta isla y quienes, tratados como animales irracionales en apariencias, no pudieron aguantar el impacto de la terrible represión religiosa católica contra sus costumbres naturales y la influencia sorpresiva de enfermedades como la viruela, la que se encargó de hacer el resto.

Pero, mientras en el lado occidental de la isla, la negritud nunca se dejó dominar y esclavizar y todo el tiempo ha sido tan rebelde como los pueblos aborígenes en el Continente, del lado oriental isleño la situación fue muy distinta, pues la cobardía, la sumisión, la no defensa de sus derechos inalienables y el entenderse como un ser humano de segunda que debía y tenía que obedecer y ser siervo del poderoso, impuso su sello, en apariencias definitiva.

De este modo tan innoble, ha sido pues como se forjó el carácter y la mansedumbre dominicana, todo ese abigarrado concepto tan difuso de persona, que el dominicano común de mentalidad esclava entiende y del que ahora, un tanto y un poco, la clase media trata de desprenderse, mientras que la rica no ceja nunca por imponer y cada vez más y para no permitir que los dominicanos sean libres por sí mismos y piensen con independencia de lo que quieran o aspiren sus verdugos oligarcas.

Por eso y en la medida que los dominicanos ya pasamos de los 10.5 millones de habitantes y en una isla propia que se nos niega, los grupos oligárquicos tratan de no permitir la independencia moral y de hecho de la personalidad criolla y con ese propósito, dominan en base a los empleos que facilitan, la mentalidad colonialista que impulsan y la prensa sumisa que les sirve de escudo vil.

En consecuencia y en base a tal estructura física como mental y mientras la oligarquía se reinventa y ahora, con la variable sorpresiva del primer gobierno plutocrático conformado por dominicanos de primera a tercera generación, nos encontramos, con que el poder cristero y más cruel y abusador, de como nunca, impone y como “arma de control moral” de la oligarquía, un Estado teocrático que nunca ha dejado de envilecer e imponérsele a la nación y hasta llevarla a la actual tiranía mancomunada de determinados grupos económicos y financieros, que ha logrado lo imposible, en cuanto a que los propios dominicanos de clase media a pueblo y siempre con una que otra excepción aislada de espíritu y criterio independiente, se esclavizan así mismos o son los verdugos de sus propios compatriotas.

La República, ha sido pues, convertida en un degradado nicho de posturas serviles, donde la marca a obedecer y como se observa entre políticos y burócratas públicos y privados, es callar, ser súcubo, no contradecir y nunca mostrar criterio independiente y si se quiere ir económicamente hacia adelante u ocupar un puesto tan falso dentro de esa seudo intelectualidad o dirigencia burocrática que dispensa favores u otorga nombramientos, premios y distinciones y con el solo propósito de que nada cambie para que todo siga igual.

Sin embargo y poco que mucho, las nuevas generaciones nacidas desde junio de 1961 a la fecha y las otras, del 1996 en adelante, muestran un posible conato de rebeldía social y ante un orden constituido que entienden cosa del pasado y con ramalazos de caudillismo populista que no deja que la nación se sacuda de su pasado de oprobio.

De ahí, que al final observemos, que en algún tiempo en los próximos 30 años como máximo, el nuevo impulso de juventudes y en particular dentro de la clase gobernante y la intelectualidad y el periodismo que van surgiendo, más el proceso integrador isleño de fusión de nacionalismos y nacionalidades y de pasados inmigrantes convertidos en ciudadanos de otros países, la oligarquía por un lado y la clase dirigente por el otro, no podrán evitar que, digamos, para el 2060, las dos naciones de esta isla y sumados los  extranjeros de origen respectivo, terminarán creando y definitivamente, una nueva realidad cotidiana, que dejará bien atrás, todo cuanto ahora significa el Gobierno plutocrático, Estado teocrático y tiranía mancomunada de determinados grupos económicos y financieros que ahora existen. Por razones biológicas no lo veremos, pero estamos muy seguros de que, con sus variables, así sucederá. Con Dios. (DAG)