Historias del fin del mundo

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Padre e hijo extraen los salmonetes de la redes, uno a uno. Los miran, sin mirar, y los echan a un contenedor o a otro.

A simple vista, a ojos de un lego, resultan idénticos. Pero no. “Unos son hembras y otros machos”, ilustra Darrell Loga, de 62 años y paciencia de sabio. “Por unos te dan un pound y por los otros un nickel”, ironiza.Las hembras se cotizan más.

Los Loga –el hijo se presenta como Junior, porque se llama igual que el padre– son pescadores de siempre, como lo fue el abuelo y posiblemente será el nieto. “Aunque es un trabajo duro, me gusta, lo llevas en la sangre”, dice Darrell. “A veces me parece que no es un trabajo. Vas por las áreas pantanosas, entre árboles, mi padre y yo, solos, es muy relajante, sin el ruido de los claxon”, tercia Junior.

Vienen de faenar de esa confluencia en la que el río se hace océano. Venice, en Luisiana, de escasos 200 vecinos y numerosa población flotante, marca la desembocadura del Misisipi en el golfo de México. Aquí, la última comunidad abajo del Misisipi o “el fin del mundo” según su apodo, finaliza el recorrido siguiendo el cauce que articula Estados Unidos.

Diez estados. La ruta arrancó en Bemidji (Minnesota) y se cierra 3.500 kilómetros después, sol y mosquitos, entre barcas de pescadores y buques petroleros. Una combinación discordante que diferencia este territorio del resto. El corredor desde la cercana Nueva Orleans aparece sembrado de los complejos de las refinerías.

A pesar de matices paisajísticos, hay algo que ejerce de hilo conductor a lo largo del Misisipi: la constante presencia de la bandera de las barras y las estrellas ondeando en las casas y la reiteración de iglesias.

Patria y religión. El poder terrenal y el divino.

“Cada vez cuesta más sacar capturas como las de antes”, señala Darrell. “Le vendemos al jefe vietnamita”, añade Junior. En Venice existe una relevante colonia de inmigrantes procedentes de lo que era Vietnam del Sur. Colaboraron con Estados Unidos en la guerra contra el Vietcong y perdieron. Washington les dio cobijo. Muchos se sintieron en su hogar en esta región –cambiaron el delta del Mekong por el de Misisipi– y, dada su tenacidad, se han hecho con el control del mercado.

Las vueltas que da el mundo en época de trumpismo. Los estadounidenses, en su domicilio, al servicio de los refugiados vietnamitas. Darrell lanza un pensamiento. “He hecho toda mi vida esto excepto cuatro meses que me contrató BP”.

Sucedió a partir de abril del 2010. La explosión de una plataforma petrolífera en aguas del golfo causó uno de los peores vertidos jamás registrados. Darrell y Junior colaboraron en las tareas de limpieza. “Todavía queda alquitrán en las playas”, asegura Darrell. Les pagaron 1.400 dólares por día, barca incluida. Por su tarea habitual sacan de 800 a 900.

“Aún sufrimos las consecuencias del derrame y se prolongarán por mucho tiempo”, subraya James Madere, historiador y experto del gobierno del municipio de Plaquemines, al que pertenece Venice.

El río, además de ser la fuente para consumo humano, es el sustento laboral. Esa tragedia obligó a reforzar los controles sanitarios, ha perjudicado a la industria de la pesca y afecta a la erosión de las costas por la extinción de la vegetación. “Y gracias que el Misisipi nos ayudó”, insiste Madere. “Bajaba con un gran caudal y ejerció de freno para impedir que el petróleo llegara más arriba”.

Enfrente del muelle de pescadores está el otro muelle, el de la pesca deportiva, el de aquellos que visitan el lugar para salir a por piezas y divertirse. Les va el atún. Pagan de 1.000 a 2.000 dólares por jornada –barcas de cinco personas–, más combustible. Así lo explica Kevin Beach, propietario de una flota.

Las diferencias son más que evidentes. Los Loga y los otros a su alrededor visten botas y el mono de goma. Al otro lado, los aficionados lucen camisetas de neopreno de marca, bermudas, chancletas y, al regresar de la excursión, supuran la protección solar. “Tras el vertido, la pesca es diferente. Han cambiado los patrones. En la orilla este no hay nada y hemos de ir a la oeste”, aclara Beach.

Junior expresa otra teoría. “Hay jornadas mejores y peores, incluso antes de BP”. Transpira calma. Hoy cumple 36 años y no espera regalos. “Soy un hombre sencillo y ya tengo lo que quiero. Mi trabajo, mi familia, mi casa, soy feliz”.

Su padre apostilla que no han sentido la tentación de dedicarse al oro negro. “Y menos en este momento en que, con la caída del precio, están despidiendo a los empleados y reduciendo los salarios”.

Mirando el río. Donnie Alesich (59) y Timothy Tyler (31) otean el horizonte de grúas y cargueros. Son operarios del petróleo en horas bajas. “Desde que la gasolina es barata, las empresas ajustan los presupuestos. No ganan bastante para mantener este montaje”, dice Tyler. Alesich tercia para darse ánimos.

“Superamos el huracán Katrina”, sostiene, en recuerdo a la devastación total que sufrió Venice y toda esta región en el 2005. “Acabé de pagar la casa en julio y en agosto la perdí”.

Esta desgracia continúa muy presente en las conversaciones. Los Loga perdieron su barco. “Nos compramos otro, pero hubo muchos que ya no volvieron”, lamenta Darrell.

A Mary Scarabin, de 69 y residente toda la vida donde ahora toma el fresco, en primera línea, justo al lado de la pantalla de protección del margen, el Katrina le arrancó su vivienda. La reconstruyó. Ella, su hijo, su hermano, su cuñado, que todos habitan en la misma plazoleta. Todos volvieron a empezar. “¡Somos muy resistentes!”.

Este es el río de Twain, de turistas, de aventureros, de esclavos y negreros, de piratas, de jugadores, de delincuentes, de misioneros o pintores.

Eso y mucho más. Es el río de gente corriente y existencias extraordinarias. “Nos pasan muchas cosas –susurra Madere–, cada cuatro o cinco años sufrimos un desastre. Al ocurrir nos preguntan por qué no nos vamos. Esta es nuestra tierra y aquí seguiremos hasta que el golfo de México se nos trague”. (http://www.lavanguardia.com)