¿Ir contra la imagen nacional por el solo empeño de revestir la historia, autodestruirnos y culpar a todas las generaciones nacidas a partir de octubre de 1937?, ¡es de una monstruosidad que no tiene puntos de comparación!

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Toda nación, siempre tiene un momento dado, en el que una generación asume que se ha puesto en peligro su propia existencia y llegado ese momento, es un clamor de desesperado el que se desata y de parte de todas sus instituciones sociales, cívicas y gubernativas por enfrentar la amenaza que se le viene encima.

Por lo tanto, política e institucionalmente se trataría de una cruzada que hiciera posible aunar esfuerzos, empeños y dedicación y con miras de revertir su propia extinción. En ese sentido, los acontecimientos de octubre de 1937 y años luego, hay que analizarlos dentro del contexto de, o Haití se atiene a su propio espacio geográfico y sin pretender adueñarse del otro vecino, o República Dominicana estaría condenada a desaparecer y seguro que hacia su extinción si el Estado Dominicano no hace algo para salvarla.

Desde ese punto de vista es que entendemos que los dominicanos nacidos en estos últimos 83 años y quienes somos los beneficiarios de aquel despliegue de fuerza dirigido a preservar a la nación dominicana, que objetivamente deben analizarse aquellos acontecimientos y sin caer en las blandenguerías de pueblos timoratos nada dispuestos a defenderse y preservarse por sí mismos.

Y que, de entrada, es lo primero que hay que advertir y puntualizar, pues si los acontecimientos violentos del 1937, que enemigos internos y externos de nuestra nación, todavía califican de “matanza”, no se hubiesen presentado con el rigor y determinación que hubo, hoy estaríamos descalificando a las autoridades nacionales, responsables de solucionar y parar en seco aquella situación.

Por eso y como nación, no se puede caer en el grave error de perspectiva, de imputarle al régimen dominicano imperante una culpabilidad de genocidio, cuando el propósito de aquella determinación patriótica, fue la de impedir que un país con una población menor al millón de habitantes, fuera engullida por otra, que solo en nuestro territorio tenía la escandalosa situación de mas de cien mil haitianos que la habían invadido silenciosamente y ocupado con el pretexto de hacer negocios y asentarse en una parte determinante del territorio nacional y al extremo, de que su moneda circulaba sin restricción alguna y a sus inmigrantes no les importaba ser parte de un plan general nefasto haitiano para hacernos desaparecer a largo plazo.

Teniendo esa visión realista de lo acontecido, por obligación, los dominicanos y a 83 años después de aquellos acontecimientos y en los que nuestra nación se vio confrontada ante la posibilidad de su propia extinción, que ahora y por politiquería, se compruebe como toda una turba de ratas intelectualoides dizque socialistas o izquierdistas, prefieren y dizque por “compasión” defender a Haití, cuando la nación vecina llevaba a cabo un frio plan de desaparición de la dominicanidad y sin que  importaran las consecuencias de su empeño sedicioso y criminal.

¿Qué fue lo que ocurrió, que dos países fronterizos con políticas coincidentes en el desarrollo humano y su protección propia, de pronto se vieron confrontadas antes sus propios y particulares miedos? Para el 1936, ya se veía que el presidente haitiano Stenio Vincent, era incapaz de impedir que sus halcones militares y civiles no elaboraran y desarrollaran una temeraria política de ocupación ilegal sistemática de nuestro territorio y con el pretexto de expandir el comercio entre las dos naciones.

En tanto del lado dominicano, a ese momento no se tenía una idea precisa de lo que acontecía, salvo las advertencias continuas que sus representativos fronterizos no se cansaban de enviar mensajes premonitorios al gobierno de Rafael L. Trujillo. Lo que significa, que la sociedad y el pueblo dominicano, ya para ese entonces se daban cuenta de la anormalidad que se presentaba de manera tan silente como rotunda y hasta que, para octubre del año siguiente, ya la situación era tan evidente, que la lengua criolla haitiana se había convertido en la segunda lengua desde la provincia de Santiago hacia las provincias y pueblos fronterizos.

Simplemente, era una invasión silenciosa en toda regla, que una nación de casi tres millones de habitantes trataba de imponerle subrepticiamente a otra de menos de millón y medio de habitantes, la primera con veinte mil y pico de kilómetros cuadrados y la segunda con cerca de cincuenta mil kilómetros cuadrados.

He ahí entonces la génesis del enfrentamiento que llevó y a octubre del 37, al radical choque de criterios, que, si de parte dominicana no se efectuaba con dura determinación, el resultado final habría sido, que 83 años después los dominicanos, habríamos perdido nuestro espacio geográfico, nuestra idiosincrasia y nuestra nacionalidad y soberanía.

Si se piensa, a partir de esa deducción, todos los dominicanos nacidos después de octubre de 1937, le debemos nuestra existencia a aquellos otros que enfrentaron la anómala situación. Se habla de miles de muertos, desde 5 mil los más conservadores hasta 20 y 35 mil por parte de los radicales enemigos del régimen dominicano imperante.

¿La realidad? Y de acuerdo con documentos desclasificados del Departamento de Estado estadounidense (cuyas copias se pueden adquirir a pronto pago) los muertos no pasaron de tres mil quinientos y casi todos a cuchillo y lo que significa, que el Ejército Dominicano propiamente, no participó en aquellos acontecimientos de preservación de nuestra nacionalidad y soberanía y fueron realizados en gran mayoría, por la guardia campestre a cargo de vigilancia en los ingenios de caña de azúcar.

¿En qué momento participó el pueblo dominicano?, cuando la gente se dio cuenta de que Trujillo quería ir más allá de lo prudente y pretendía hacer lo mismo con el resto de los haitianos muy alejados de la zona fronteriza. Fue ahí que el pueblo dominicano y de todos los sectores sociales se lanzó a proteger las vidas de la mayor cantidad de inmigrantes haitianos que salvaron sus vidas y contribuyendo a sacar a los perseguidos por diversos puntos fronterizos.

¿Cuántos haitianos fueron salvados por este apoyo humano del pueblo dominicano?, no menos de 20 mil haitianos. Pero de esto no se habla en el exterior y menos por parte de la falsa intelectualidad y periodistas dominicanos de aquel entonces, quienes por su odio al dictador y para estar a tono con los exiliados antitrujillistas más radicales, inventaban cifras y manipulaban los hechos.

En consecuencia y sin negar los hechos de sangre acaecidos tan infortunadamente, como dominicanos nacidos después del 1937, por ninguna circunstancia podemos hacernos eco de las tantas mentiras que sobre el particular se profirieron y las que todavía algunos insensatos fracasados propalan con maldad y perversidad únicas.

¿Qué tuvo que hacer el Estado Dominicano para enfrentar la oleada de la peor campaña desinformativa que este país experimentó en toda su historia? No solo facilitar casi un millón de pesos de la época como compensación a las familias afectadas y los que Vincent y su grupo de malandrines les robaron a sus conciudadanos, sino cederles cerca de 600 mil metros de terrenos fronterizos dominicanos.

Al tener todo lo anterior bien presente, por obligación y amor patrio, los dominicanos debemos defender el accionar dominicano de preservación de nuestra nacionalidad e idiosincrasia y por la determinante razón, de que ahora no fuéramos dominicanos y tampoco habláramos español. En el 1937, Haití como estado se excedió y calculó mal y tanto lo hicieron sus autoridades como los haitianos de entonces y es al país vecino, su sociedad y pueblo, a los que hay que confrontar, no a nosotros y menos, periódicos como El Caribe (creado por Trujillo) que sistemáticamente publica desinformaciones fuera de contexto y como lo hace hoy y con la complicidad del resentido director sureño que lo dirige, cuando en el 1937, sus páginas chorreaban sangre y un anti haitianismo esquizofrénico y salvaje le poseía.

Gracias a Dios todo aquello quedó atrás, las dos naciones y pueblos convivimos en paz. Sí, hay extremistas de uno y otro lado que actúan insensatamente y quienes caen aplastados ante la realidad, de que Haití es nuestro primer socio comercial y los dominicanos sus suplidores naturales, que en el país transfronterizo nacieron y viven cerca de medio millón de haitianos de origen dominicano  y hasta presidentes han tenido como García Preval, mientras entre nosotros viven y sin discriminación alguna cerca de un millón de dominicanos de origen haitiano y todos, empeñados en el reordenamiento absoluto de nuestros procesos migratorios en los que de parte dominicana hay menos de 400 mil haitianos por regularizar.

¿Lo significativo? Todos hemos dejado atrás los odios e inquinas que nos mantenían riñendo todo el tiempo, Haití nos aporta su excelente mano de obra preparada por dominicanos, mantiene 15 mil estudiantes universitarios en nuestras universidades y mas de 500 mil haitianos trabajadores no son carga alguna para nuestra economía y cada vez nuestros grupos empresariales binacionales se empeñan en tender puentes de colaboración y amistad. ¿Qué más se puede pedir?

Salirle al paso de los fracasados antihaitianistas furibundos, como un señor que se dice llamar Pedro Conde Sturla, quien lo que publica en el matutino de Trujillo, es lo peor de lo peor en materia de querer inculcar odio a los dominicanos y haitianos de estos últimos 83 años y quienes nada tuvimos que ver con los acontecimientos de octubre de 1937.

De ahí que determinantemente preguntemos y para que se corrijan ciertos criterios distorsionados al estilo de los del escribidor Conde Sturla: ¿Ir contra la imagen nacional por el solo empeño de revestir la historia, autodestruirnos y culpar a todas las generaciones nacidas a partir de octubre de 1937?, ¡es de una monstruosidad, que no tiene puntos de comparación! (DAG)