La clase media no tiene derecho a soñar

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Paola estudió economía en PUCMM. Se esforzó para ser una de las mejores estudiantes de su promoción. Antes de graduarse, ingresó a Freedom, un “think tank” dedicado a la investigación y educación económica a hacer una pasantía. Su desempeño fue de tal calidad, que le ofrecieron trabajar full-time cuando concluyera sus estudios, lo que le permitió acumular algo de ahorro. ¿Para qué? Para realizar su sueño: ingresar a la maestría en políticas públicas de Harvard. Fue admitida para ingresar el año pasado. Debido a la pandemia, decidió posponer su sueño para este año. Fue admitida nuevamente para ingresar en agosto del 2021. De cada 100 jóvenes que solicitaron admisión en 2021, Harvard aceptó apenas 3.4 este año, para un “acceptance rate” (a.r.) de 3.4%.

Paola viene de un hogar de clase media sin recursos ni ahorros para ayudarla a cubrir los gastos de matrícula, vivienda y alimentación que, durante los dos años de la maestría, alcanzarían US$170,000. Pensaba que, con sus ahorros, algún préstamo y la beca parcial de Fulbright recibida en el 2020, alcanzaría su sueño. El viacrucis comenzó cuando Fulbright, encarecidamente, la exhortó a olvidarse de Harvard, y escoger entre Pennsylvania State University (Penn-State, a.r.: 49%) y University of Washington en Seattle (UW-Seattle, a.r.: 52%). En otras palabras, que rechazara la oferta de admisión de una universidad cuyo programa en políticas públicas es el #1 en EE. UU., y que se conformara con escoger entre Penn-State y UW-Seattle. En caso de insistir en su sueño (Harvard), le indicaron que Fulbright-MESCyT solo pagaría US$44,000, suma que apenas cubriría el 80% de los gastos de vivienda y alimentación durante los dos años de la maestría.

Fátima, otra brillante estudiante de economía de PUCMM, también incurrió en el atrevimiento de soñar. Antes de graduarse, hizo una exitosa pasantía en Freedom, entidad que durante un largo tiempo ha venido contribuyendo a la formación de jóvenes economistas que luego pasan a trabajar en los ministerios del área económica del Gobierno (Hacienda, Economía), direcciones generales (DGII, Digepres) y el propio Banco Central. Ese fue el caso de Fátima, quien después de completar su pasantía, ingresó a un ministerio del área económica del Gobierno. Al igual que Paola, aplicó para y obtuvo una beca Fulbright para realizar estudios de maestría en políticas públicas en alguna de las mejores universidades estadounidenses. Fátima reveló a la Fulbright en su “Application Submission Plan” que su sueño era ingresar a Georgetown University. Fátima fue admitida por Georgetown, University of Chicago, Duke University y University of Michigan, entre otras. Cuando la joven economista informó a Fulbright su deseo de estudiar en Georgetown (a.r.: 15.4%), universidad que le otorgó una beca de US$60,000, equivalente al 56% de la matrícula total (US$107,808), la entidad le recomendó lo mismo que había planteado a Paola: olvidarse de Georgetown y elegir entre Penn-State y UW-Seattle, que habían ofrecido a Fátima una beca que cubría el 100% de la matrícula. La Torre de Control del Fulbright Airport autorizó el vuelo de despegue que llevó a Fátima creer que aterrizaría en Dulles International de la capital estadounidense, y así alcanzar su sueño e ingresar a Georgetown, una de las universidades más prestigiosas de EE. UU. En el aire, el capitán Fulbright le informa que, si desea bajarse en Dulles para ir a Georgetown, la entidad sólo cubriría US$44,000 para gastos de vivienda, alimentación y seguro médico, lo que dejaría a Fátima con un faltante de casi US$70,000, que sólo podría cubrir vendiendo su carro (US$10,000) y endeudándose (US$60,000). El capitán le recomienda continuar a University Park Airport (Penn-State) o a Seattle-Tacoma International Airport (UW-Seattle). Freedom le pidió a Fátima unos días para explorar opciones antes de tomar una decisión.

La vida de Raysa ha sido una carrera interminable con obstáculos. Nació con un trastorno genético, androplasia, la causa más común de enanismo. Luego de graduarse de bachiller, se sometió a una operación de alargamiento de sus piernas. Una mala práctica la dejó dos años en silla de rueda. Su familia no se cruzó de brazos. Vendió bienes personales lo que, junto a donaciones de fundaciones, le permitió reunir los US$180,000 que costaba la operación que necesitaba, con un famoso cirujano y especialista de West Palm Beach, para volver a caminar. Luego de la operación y cinco meses de terapia intensiva, Raysa volvió a caminar. A los tres años de la primera intervención quirúrgica, Raysa inició la carrera de economía en PUCMM. Los obstáculos no desaparecieron. En el 2017, una plancha no apagada provocó el incendio casi completo de la casa de su familia, generando un estrés financiero adicional en su hogar.

Antes de graduarse de economista en la PUCMM, ingresó a hacer su pasantía en Freedom. De ahí pasó a trabajar en un programa social de la Presidencia de la República y luego a una dirección general del área financiera del Gobierno. Al igual que Paola y Fátima, Raysa soñó con ingresar a estudiar políticas públicas en algunas de las mejores universidades de EE. UU. y luego regresar al país para seguir trabajando desde el sector público. Así lo informó a sus superiores cuando solicitó admisión y fue luego aceptada a los programas de maestría en políticas públicas de Carnegie Mellon, Georgetown y UChicago, tres de las mejores universidades estadounidenses. Se animó al escuchar las palabras de estímulo del nuevo incumbente de la dirección general cuando, al asumir el cargo, señaló que creía firmemente en la educación y exhortaba a los jóvenes que trabajaban en la misma a realizar estudios de postgrado para elevar su calificación. El 1ro. de marzo de este año, 5 días antes de someterse a una nueva operación de injerto de tendón en una de sus rodillas, Raysa solicitó apoyo económico a la dirección general, indicando que se comprometía a regresar a trabajar a esa entidad, por el tiempo que fuese necesario, una vez concluyese sus estudios de postgrado de dos años, en Carnegie Mellon (a.r.: 15%), universidad que le había ofrecido una beca por el 40% del costo total de la matrícula. La respuesta de la dirección general fue directa: lo sentimos, no podemos ofrecer apoyo; usted no cumple con algunos de los requerimientos necesarios para optar por ese beneficio según la Ley de Función Pública, por lo que su solicitud sería llevada al MESCyT, ministerio que, aparentemente, no ha hecho ni hará convocatoria para becas internacionales este año. ¿Puede caberle a alguien en la cabeza que una joven como Raysa, proveniente de un hogar de clase media, que ha tenido que hacer frente a todo para vencer las adversidades que la vida le ha puesto por delante, no reúne las condiciones para recibir el apoyo económico del Estado dominicano que le permita ingresar a su maestría de políticas públicas en Carnegie Mellon? El sueño de Raysa, parece caminar firme hacia el carajo, a no ser que pueda conseguir un préstamo de US$114,000.

Aunque he presentado el caso de estas tres jóvenes dominicanas, las historias se repiten sin distinción del género de los soñadores. Jóvenes dominicanos brillantes, admitidos por Princeton, Columbia y NYU, no tienen puertas donde tocar. Fulbright los exhorta a escoger universidades y programas que el mercado de trabajo, lamentablemente, no valora. Cuando estos reaccionan y plantean que ellos están dispuestos a vender su carrito y sus padres a endeudarse para pagar sus estudios de maestría en MIT, Stanford, Chicago o una de las Ivy League, Fulbright, por razones desconocidas, les sube el vidrio.

Este es el costo que se paga en nuestro país cuando se nace en un hogar de clase media. Si estas jóvenes fuesen hijas de Luis Abinader, Héctor Rizek o Andy Dauhajre, no tendrían problemas. Sus padres tendrían con qué pagar esos estudios. Pero como son hijas de padres y madres de clase media, en nuestro país están condenadas a recorrer este viacrucis, sin importar los méritos que hayan alcanzado. Por un lado, la Fulbright, a estos jóvenes meritorios del país, se las pone en China. Por el otro, el Gobierno dominicano nunca ha dado valor a la educación de sus jóvenes en las mejores universidades de EE.UU. y Europa. Si alguno se lo hubiese dado, hace rato hubiese creado un fondo para hacer posibles los sueños de jóvenes dominicanos de clase media acreditados de méritos extraordinarios. El 5 de noviembre del 2019 publiqué aquí mismo un artículo titulado “Becas Presidenciales”, donde recomendaba al Gobierno establecer un Fondo para apoyar los estudios de maestría y doctorado de estudiantes dominicanos provenientes de hogares de clase media admitidos a las mejores universidades de EE.UU. y Europa, programa que comenzaría con un máximo de 100 becas por año. Al día siguiente, la propuesta había sido olvidada. En nuestro país resulta más rentable políticamente dar dinero, pensiones, seguros premium y viviendas a músicos, artistas y periodistas que nunca trabajaron en el Estado.

Con ese Fondo, que de seguro contaría con el apoyo de la mayoría de la población, tendríamos un país donde los jóvenes provenientes de hogares de clase media tendrían el derecho a soñar que es posible, si se esmeran y esfuerzan, estudiar en las mejores universidades del mundo. De esa manera, en unos años, podríamos tener un gobierno con más de la mitad del gabinete conformado por graduadas de las mejores universidades estadounidenses, tal y como sucede hoy con la administración Biden: Janet Yellen (Brown y Yale); Cecilia Rousse (Harvard); Gina Raimondo (Harvard, Oxford y Yale); Lael Brainard (Harvard); Jennifer Grandholm (Berkeley y Harvard); Katherine Tai (Yale, Harvard); Isabel Guzmán (Wharton-UPenn); Avril Haines, (Georgetown, Johns Hopkins, UChicago); Neera Tandem (UCLA, Yale), ex nominada a la OMB; Karine Jean-Pierre (Columbia-SIPA); Hartina Flournay (Georgetown), Jefe de Gabinete de Kamala Harris; y nuestra Julissa Reynoso Pantaleón (Harvard, Columbia), Jefe de Gabinete de Jill Biden. Por: Andrés Dauhajre Hijo  [El Caribe]