La cultura del engaño

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A principios de este siglo se descubrió que 180 niños dominicanos, que fueron firmados por equipos de béisbol de grandes ligas (MLB), habían falseado su edad y que de 550 casos develados un 99% eran dominicanos. Ha llamado considerablemente la atención cómo la identidad de esos niños puede verse afectada.

Hubo entonces un editorial de El Caribe, “La cultura del engaño”, que puso de relieve la fuerza de la miseria en la incitación al fraude y sus consecuencias, aunque se tratara de algo aparentemente sencillo como alterar la fecha de nacimiento de esos niños. La identidad es una totalidad en la que todos sus elementos deben estar bien conectados.

Cuando se reflexiona sobre la identidad hay que concluir obligatoriamente en que se trata de un acto de confianza. Debemos aceptar como buena y válida un acta de nacimiento en la que se establece nuestra filiación parental, sexo, nombre, fecha y lugar de nacimiento. Cinco elementos que jugarán, en ese orden, un rol importante a lo largo de nuestra permanencia en este valle de lágrimas. La identidad es un castillo de naipes: se desplaza una baraja como la correspondiente a la filiación o al sexo, y el edificio se desmorona.

¿Cuántos hombres y mujeres no han visto su existencia trastornada al enterarse de que entre ellos y los que jugaban el papel de padres no había filiación genética; cuántos transexuales no se han suicidado luego de la intervención quirúrgica que les cambió de género? En el primer caso, son muchos los factores que intervienen para que una adopción tome carácter de secreto de familia, por una parte, y de bomba de tiempo, por otra; en el segundo, es un acto voluntario e irreversible que concierne intrínsecamente al individuo. En el secreto de la adopción, ya sea por omisión o deliberado, hay engaño; en la transexualidad no.

A pesar de que Freud considera, explica y demuestra que el primer trauma del ser humano es el nacimiento, una suerte de pecado original, no es necesario agregarle otros. Sin embargo, hay quienes, por razones sociales, políticas, jurídicas o económicas, se han visto obligados a alterar su acta de nacimiento, a devenir otro, hacerse extraños a sí mismo, en una palabra, para utilizar el término del filósofo Hegel, a alienarse. Para el hoy transitoriamente démodé Karl Marx todo hombre es alienado por su función en la producción, y como escribe el poeta Arthur Rimbaud, sin que tuviera la más mínima relación con Marx: “Yo es otro”. Y ese constante ser yo y al mismo tiempo otro interviene notablemente en la identidad de todos los individuos.

Una gran mayoría de los actores y actrices de cine, numerosos escritores, algunos científicos y ciertos políticos se desenvuelven en la vida normal y corriente con pseudónimos. Unos por decisión de los productores, otros porque prefieren nombres más sonoros o simplemente porque no les gustan sus apelativos y en el caso de ciertos políticos como homenaje a una época pasada. En los espías y agentes secretos se trabaja con otra identidad. Pero hay también los que, por razones penales, tienen necesidad de protegerse adoptando otra identidad; los ejemplos abundan tanto en la literatura como en la realidad.

Los que por razones económicas se han visto obligados a falsear su identidad, a alterar su acta de nacimiento, a hacer de su propia vida un fraude, un engaño, son numerosos. Hombres y mujeres, para lograr una mejor situación económica, se han visto obligados a desligarse legalmente de su pasado y adoptar el de otro al comenzar una nueva vida.

Todos tenemos presentes ejemplos de fraudes de identidad realizados por muchos inmigrantes dominicanos en Estados Unidos. Hombres y mujeres que, desde hace más de veinte años, viven, trabajan, pagan impuestos y hasta han formado familia con la identidad de otro. Hay quienes revelan su verdadera identidad, porque esa práctica es una manera de burlar las reglas que le impiden regularizar su situación. Otros, no se sabe cuántos, hacen de su situación un secreto de Estado que los obliga a mentir, a alejarse de los suyos y a convertirse, finalmente, en otro. Esa es la actitud personal y deliberada de un adulto a quien la emigración por motivos económicos le hizo perder su identidad, pero eso no es óbice para que impliquen en su fraude a niños como dan cuenta las estadísticas del béisbol organizado de Estados Unidos mencionadas al principio.

Para un niño de 10 años llegar a los 15 es un largo tramo. Para un adulto, como canta Gardel, “veinte años no es nada”.

¿Cuáles serían pues las consecuencias de retrasar el desarrollo de un adolescente devolviéndole a la infancia? Si pensamos en todo lo que ese adolescente tiene que simular para que su conducta sea verosímil entendemos inmediatamente el trauma que ese engaño, aparentemente insignificante, representa en la edad en que debería iniciar el proceso de definición de su identidad para convertirse en adulto. Qué importa entonces la edad de esos jóvenes si sólo alterarla les puede permitir, además de astro del béisbol, dar al traste con la miseria que condujo a sus padres a ser cómplices de fraude.

Hace poco varios equipos de MLB firmaron prospectos dominicanos y nadie habló de edades falseadas. Esperemos que luego no sigan el ejemplo de otras estrellas dominicanas que han sido suspendidas del béisbol al doparse para lograr “mejor” rendimiento. Otra práctica fraudulenta que nos presenta ante el mundo como aficionados a la vergonzosa cultura del engaño. Por: Guillermo Piña-Contreras [Diario Libre]