La democracia atrapada

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El constitucionalismo es, sin lugar a duda, una de las corrientes políticas más importantes de la historia.

Rompió paradigmas y ha sido capaz de reinventarse, pasando de ser una ideología y práctica burguesa para convertirse en el estandarte de la lucha por los derechos en todo el mundo.

Sin embargo, nada de esto puede hacernos olvidar sus limitaciones, que cada vez son más evidentes.

Hace pocos días, el joven abogado Pedro J. Castellanos publicó un artículo en el cual, siguiendo las tesis de Roberto Gargarella, analizó la forma en la que los sistemas constitucionales siguen teniendo como fundamento esencial reglas pensadas para buscar solución a sociedades dieciochescas y, por lo general, bastante homogéneas.

Fue valiente al lanzarse a analizar el problema, sobre todo porque en nuestro país el constitucionalismo es una disciplina pujante, y es difícil nadar contra su marea. Pero no es el caso; para aprovechar al máximo las virtudes del constitucionalismo es necesario entender sus limitaciones.

Y las señaladas en el artículo son, en nuestro caso, las propias de una sociedad que usa el velo constitucional para cubrir las prácticas que no quiere abandonar. Es cierto, como dice Castellanos, que en nuestro país vivimos una democracia de aposento, en la cual el acuerdo social logra poco contra el juego de intereses y la de la sombra es la política del poder, no sólo de los partidos. De esta forma, como también dice, quedan atrapados entre las patas de los caballos los derechos de las personas, incluyendo las tres causales.

Hemos pagado un alto precio por ello, nuestra transición democrática pronto cumplirá seis décadas sin que tenga visos de terminar. Pero es hora de que vayamos poniendo fin a esa visión de la sociedad en la que los derechos no se deciden democráticamente, sino que son simples objetos de intercambio en un juego de poder ajeno a los ciudadanos.

Esta no es una posición conservadora ni liberal, es simplemente un reconocimiento de que a la democracia hay que dejarla fluir porque, de lo contrario, nos arriesgamos a que se acumule como descontento y rompa los diques. Por: Nassef Perdomo Cordero [El Día]