La democracia no se parece a nadie

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Las recientes elecciones peruanas han servido para reiterar un grave problema en nuestra concepción de la democracia: sólo nos parece tal cuando ganan los nuestros.

No discutiré aquí las virtudes o defectos del aparente ganador, pues no lo conozco lo suficiente para hacerlo. Sin embargo, no deja de llamarme la atención que, para algunos, la tercera derrota electoral consecutiva del fujimorismo constituya un fracaso para la democracia peruana.

El historial nefasto de ese régimen está fuera de toda duda, y es muy débil el argumento de que la hija no es igual al padre. Después de todo, sustituyó gustosa los papeles protocolares de primera dama cuando sus padres se divorciaron, negó las acusaciones de tortura que su madre hizo contra su padre, lo defendió de las acusaciones del caso Barrios Altos, negó las probadas esterilizaciones forzadas de miles de personas y, por si quedaban dudas, aseguró que indultaría a Fujimori una vez asumiera la Presidencia.

Muchos prefieren soslayar esas graves circunstancias porque la calidad democrática de un candidato es secundaria. A la vista de la casi segura derrota de la candidata Keiko Fujimori sólo ven que en otros temas se parece a ellos, o a lo que ellos quisieran.

Y eso es lo que, en su visión del mundo, determina la calidad democrática de una elección: que gane la opción en la que se sienten reflejados.

Obviamente, este no es un problema solamente en ese espectro de las ideologías políticas. Ocurre con igual frecuencia en todos. Y lo que es más, no se limita a lo político.

El rechazo por los gustos populares marca el pensamiento liberal y conservador por igual, coincidiendo ambos en que son un factor externo que “daña” la verdadera esencia de la sociedad. Olvidan, sin embargo, que es esa y no otra la sociedad porque son las manifestaciones culturales asumidas por las mayorías.

He dicho en otras ocasiones que la democracia es difícil. Tiene la terrible capacidad de mostrarnos la relatividad de nuestra identidad en el contexto de la sociedad en la que vivimos. Periódicamente nos obliga a aceptar que nuestra forma de pensar es minoritaria, y que no tiene más peso ni valor que la de aquellos que la enfrentan.

Y hay que aceptarlo, hay que vivirlo porque la fortaleza de la democracia es precisamente que no se parece a nadie, y por eso es capaz de representarnos a todos. Por: Nassef Perdomo Cordero [El Día]