La democracia representativa siempre será una aceptable opción de recomposición de estructuras sociales llevadas a un nivel de instituciones políticas creíbles, pero cuando resbala como democracia de audiencia, sus días están marcados y la nación se debilita

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Son 59 años los que marcan la diferencia, entre el gobierno dictatorial trujillista a los gobiernos de representación popular con etiqueta de democracias populistas que han devenido en estructuras personales afincadas en una especie de democracia de audiencia, que como se está viendo, no le hace ningún bien al ejercicio democrático en sí.

Ahora lo que se estila y en lo que todos los colores políticos ideológicos coinciden, es establecer un mecanismo de comunicación supuestamente popular, por medio del cual, los gobiernos son una simbiosis entre dictadura y demagogia permanente por un lado y con el agregado por el otro, de ese populismo castrante que hace del escenario político la representación viva del oportunismo en su mayor expresión.

Y lo peor, los gobiernos no se constituyen en función ideológica y si en la medida que sus estructuras se convierten en una de copago previo por medio del cual, parecería, que para tener acceso y ascender en la escala burocrática, los futuros funcionarios deberían llena una cuota que les garantizara el cargo.

En ese plano el culto a la personalidad de quien mande y el ejercicio de una prensa domesticada que hace tiempo se olvidó de que su función principal es la de fortalecer la libre discusión de las ideas, ha terminado por imponer estructuras de gobierno, para nada, propias de regímenes democráticos a la vieja usanza.

Desde luego, la evolución de las ideas y de los conceptos mejor establecidos de lo que debe considerarse un buen gobierno, se estrellan y ante la realidad, de que por lo visto, nadie quiere volver a la democracia tradicional y si en cambio,  lo que se busca y para estar más cómodo, es un nuevo tipo de lideres fuertes y arrojados, inescrupulosos en muchos casos y la mayoría, dispuestos a aplastar al oponente o a quien trate y por las vías que fuere, por interferir en sus pasos.

Los Estados Unidos de Donald Trump, por ejemplo, son una muestra patibularia de lo que acontece. En las formas, se juega a ejercer una democracia plena, pero en el fondo, lo que se impone es una involución del concepto personalidad política como instrumento para desarrollar una peligrosa desviación moral e institucional del quehacer político de gobierno y al grado, que sin que muchos se den cuenta, semejante tipo de totalitarismo personalizado ha terminado por poner en dudas la funcionabilidad intrínseca del contrapeso de los poderes.

Y es entonces cuando los choques de criterios más dispares imponen la peligrosa democracia de audiencia, que en sus orígenes y después que nace, ningún sector de poder factico o mediático y civil o de uniforme se atreve a contradecir, por lo menos hasta que se llegue a un punto de quiebre, que evidencia, que el tipo de presidencia imperial que se gesta, vaya más allá del sentido común y la prudencia más elemental.

Siguiendo el mismo ejemplo de Trump, ¿quién podía pensar que en Estados Unidos, ese presidente podía atreverse por tratar de afectar la solidez de sus estructuras democráticas y al extremo, de violentar el quehacer institucional con el accionar caprichoso y de aventurero de un presidente invadiendo otros poderes y hasta queriendo imponer un sistema de justicia a su libre saber, mientras frente a su pueblo, se presenta como lo mas parecido a un pistolero del viejo oeste yendo contra sí mismo y sin importarle que el edificio democrático se viniera abajo?

¿O acaso, no es eso lo que Trump está haciendo y al no reconocer que perdió las elecciones del día 3 y hasta caer en el desenfreno de un festival de impugnaciones, mientras las instituciones de mayor credibilidad y los cerebros mejor amueblados empiezan ya a enfrentársele y haciendo ver, que las pasadas, han sido las elecciones mas limpias de toda la historia de su país?

Precisamente ayer, ¿que hizo este presidente saliente y en su locura por quedarse con un poder del que y en los hechos, constitucionalmente ha sido desalojado? ¿No fue meterse en una especie de parada cívica de sus seguidores y utilizando el poder absoluto presidencial para hacer creer que después del 20 de enero él continuaba al mando? y ese accionar, ¿acaso no es la acción vergonzosa de un presidente queriendo imponerse en base a su cargo y sin importarle desafiar a todo el mundo?

¿Dónde está el peligro?, que poco que mucho, las fuerzas vivas estadounidenses y entre estas, voces de altos mandos militares en activo, han empezado por hacer saber y valer sus criterios y dentro de un peligroso concepto de debilidad institucional o peor, del nacimiento de otro tipo de democracia, que en su afán de salir de Trump, parecería que han empezado a cogerle el gusto a un singular discurso de diatribas y conceptos cívicos de apoyo a las instituciones, que de seguir, podría presagiar que el nuevo gobierno de Biden cayera dentro de un concepto militaristas del poder y solo con la pretensión de como enfrentar a una nación dividida entre dos conceptos de ejercer la política del poder.

Aquí, en República Dominicana, donde su gobierno es uno de plutócratas que se siente identificado y a gusto con las ideas y políticas de Trump, pero en un país donde se tiene una óptica diferente de como ejercer la democracia representativa y no participativa y dentro de una cultura política autoritaria y de constantes abusos de poder, sus representativos deberían de preocuparse por si el desviacionismo político de Trump llegara a imitarse y que con un gobierno nuevo de corte personalista, de golpe, los ricos que mandan, quisieran anular toda visión correcta de la libertad de ideas y su sana discusión y hasta llegar a una etapa nueva y autodestructiva de democracia de audiencia de pura pantalla y gran figureo.

Nuestra preocupación radica entonces, en temer que se quiera desconocer, que la democracia representativa siempre será una aceptable opción de recomposición de estructuras sociales llevadas a un nivel de instituciones políticas creíbles, pero cuando resbala como democracia de audiencia, sus días están marcados y la nación se debilita.

Al fin y al cabo, lo que vemos, es que el presidente Luis Abinader quiere imponer un nuevo estilo, que seguramente él entiende mas que aceptable para realizar un buen gobierno, pero el que siempre tendrá la amenaza de quedar socavado por los ímpetus y condicionamientos mentales de los miembros de su partido como de su equipo de trabajo, cuyas mentalidades y en gran mayoría, provienen de la izquierda socialista radical de cuando la Guerra Fría y lo que significa, que si interpretan el camino cuesta abajo de Trump, entiendan, que así  es como deberían actuar como Gobierno y de hacerlo, seguro que antes de que se termine el periodo de cuatro años, quedaría muy socavado.

Lo que de suceder, sin duda que sería fatal para un gobierno nuevo enfrentado a una crisis económica global, la crisis sanitaria por el coronavirus chino y el terrible oportunismo dominicano de su clase dirigente, todos, dispuestos a lo que sea con tal de salir mas ricos que nunca antes y sin importar que la nación se caiga en pedazos con esos cinco millones de personas que están o bordean la línea de pobreza, frente a otra fracción millonaria que entiende el gobierno algo suyo con el que pueden hacer lo que les venga en ganas y al puro estilo de Trump. (DAG)