La expiación de Hillary

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¿Qué sucedió? Hillary se justifica, no lo explica. Se desahoga. Hace terapia. Reconoce su desconcierto tras las presidenciales. Las memorias de su derrota no tienen interés. Son para consumo de leales. Ella quiere convertirlas en un alegato por los derechos de la mujer. Ni siquiera parecen un cuaderno de bitácora, ni diarios ni apuntes. Sugieren el tratamiento que conduce a la luz al final del túnel de la frustración. Una expiación. No estuvo a la altura del desafío.

Estados Unidos se jugaba mucho más que el Despacho Oval. Después de permanecer soterrada durante décadas, la guerra cultural afloró encarnizada en los comicios del pasado año. Tuvo lugar en el peor escenario para los progresistas. La candidata demócrata no personificó ni representó los valores de su cuadrante con la misma fidelidad, jerga patriotera o simbolismo bufón que su adversario. Los republicanos, en retirada, renunciaron a plantear la batalla en terreno demócrata. Clinton intenta razonar por qué perdió. Pone tantas excusas que ninguna convence: Sanders, Putin, el machismo o la investigación del FBI.

Su libro-pretexto genera un efecto contrario al que pretende y arroja una duda inquietante y sombría: ¿Y si la victoria de Trump no fue un accidente? Sabemos que un millonario y showman sin escrúpulos supo concentrar sus esfuerzos en los cuatro estados donde necesitaba imponerse para ganar; que utilizó con impunidad y descaro las fake news; que se mostró contradictorio, desacomplejado y desenfadado; que desorientó a prensa y adversarios y que repartió golosinas gratis.

Ahora sabemos que hay algo más, a pesar de la ventaja de Clinton en votos. Trump carecía de rival. Las opciones de Clinton, tan ajena a la realidad, que piensa que perdió por ser mujer, tan fría, calculadora, distante y artificial, eran menores de lo que quisimos desear. "Siento tu dolor", le dice Bill. El libro es producto de la factoría Clinton, la lucrativa joint venture Bill & Hillary. El magnate del pueblo contra la multinacional de la corrección. Punto.

Por Javier Redondo (http://www.elmundo.es/)