Las elites pueden hasta un punto, pero al final, el pueblo elector es quien decide. Ese es su poder y el de la democracia: La libertad de escogencia

0
91

Las pasadas elecciones francesas del domingo 7, han vuelto a confirmar, que sin importar  que el voto sea obligatorio o libre y si en el país donde la libertad de escogencia está garantizada o sencillamente es inatacable y ni siquiera por la compra de votos, siempre, el ciudadano elector, al final es quien decide, qué candidatos deberán ser los escogidos para representarles.

            Es cierto que en un país como República Dominicana, donde el estado de necesidad se le impone al sentido político más elemental, la mala práctica partidaria y de uso generalizado, de la compra de votos, robos de urnas, sustitución de candidatos o peso aplastante del poder político o económico para sacar al final sus candidatos tanto al Ejecutivo, al  Legislativo o a los gobiernos municipales, todavía continua siendo practica inveterada que aún no se ha podido erradicar y menos, desde que el factor mediático influye de una manera terrible para acorralar a los votantes.

            Sin embargo y con todas las mañas a emplear y las trampas que los grupos de poder viven creando, ha sido evidente que las pugnas por la carrera presidencial y con todo que el poder del dinero ejerce una influencia aplastante, aunque fuere por la mínima, los ciudadanos electores, por lo menos presentan una clara tendencia respecto a quien votar y en lo que influyen los meta mensajes y los recursos a emplear por especialistas en manejos de elecciones y de la conducta humana y ni hablar en base a la propaganda masiva que se emplea.

            Pero en otros países de culto al ejercicio democrático y la aceptación plena de que quien gana limpiamente unos comicios, la mayoría lo acepta sin mayores contratiempos y en confirmación evidente, de que, si es verdad, que, en ese ámbito, las elites no pueden influir del todo para imponer su candidato al Poder Ejecutivo, llámese este presidente del país o primer ministro, ningún tipo de contratiempo u obstáculo se presenta.

            También en esos países de alto crecimiento y desarrollo industrial, los poderes económicos y las elites, saben hacer uso de las alianzas sostenidas y con tal de enfrentar al candidato que entiendan el peligro común y lo que refuerzan, desde el momento que notan, que una fuerte mayoría poblacional tiene el mismo criterio o tendencia electoral para impedir el paso del candidato y partido que se asume es lo peor contra su país e intereses.

            Esto acaba de verse, y al comprobarse, como en Francia, todos los grupos económicos y financieros y junto a los intereses de la Unión Europea y los otros asociados, de nacionales de los demás países de la UE en territorio francés, se volcaron absolutamente para apoyar y alentar a un joven candidato y político principiante proveniente de la banca y con un solo cargo casi temporal de ministro como experiencia y lo más importante, centrista, ni republicano y tampoco socialista  de los dos grupos tradicionales, para que enfrentara a la poderosa candidata de la ultra derecha y fogueada política también ultra nacionalista y quien aún no sola y contando con una fuerte masa de seguidores y votantes, volvía a encarnar el mayor peligro para los intereses de toda Francia.

            Durante meses en el desarrollo de las escaramuzas previas a la campaña electoral y luego al proceso electoral en sí, todo el mundo trató de influir en el ánimo de todo el mundo y las elites con mayor denuedo que antes y aun así, nadie y por más fanatizado que estuviese, en ningún momento se le ocurrió atentar o bloquear o anular la libertad de escogencia de todos los electores. Por supuesto, en esto ayudaron dos factores: El alto desarrollo de la responsabilidad política de los votantes y el poder institucional del Estado francés, el que, mediante su burocracia, vela todo el tiempo porque los derechos de cada ciudadano no fueran conculcados, negados o anulados.

            De esta forma, era seguro, que cada votante sabía de ante mano que su voto sería respetado por todo el mundo y ante lo cual, la libertad de escogencia se encontraba más que fortalecida. Por eso, cuando en la noche del mismo domingo, se anunció que el joven candidato de 39 años de edad, Emmanuel Macron, del nuevo partido En Marcha, era el ganador de las elecciones con un aplastante 66,10 %, frente a la candidata perdedora, Marine Le Pen del Frente Nacional, que obtuvo un 33,90 %, de inmediato, esta aceptó su derrota y llamó y felicitó al presidente electo, a la vez que recordó en rueda de prensa posterior, que tan pronto el nuevo presidente se instale y que se prevé será a final de este mes y se den las legislativas de junio, ella encarnaría la oposición al nuevo gobierno.

            Ahora bien, Le Pen pierde, porque el voto de la izquierda radical no le favoreció y a esta abstenerse, facilitó el paso de Macron, lo que significa, que el líder de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, con los siete millones de votos que obtuvo y los 11 millones de votos de Le Pen, perfectamente que en el discurrir de la futura legislatura y ya en el ejercicio del poder, sin duda que podrían coincidir en puntos, observaciones y planteamientos que pudieran afectar el programa de gobierno del nuevo presidente y mucho más, si para las elecciones legislativas, este no logra una apreciable mayoría que le pudiera representar un aceptable equilibrio de fuerzas.

            ¿Qué significa todo lo anterior? Que al no haber sido afectada la libertad de escogencia de todos los ciudadanos, estos se garantizaron un poder preponderante frente a las elites, puesto que, de una u otra forma, perfectamente que podrían ejercer una oposición positiva y siempre solo a favor de Francia.

            En República Dominicana no es así. Institucionalmente, en la forma, podemos parecernos a Francia, pero en el fondo, la diferencia es abismal. Primero, que en la nación gala rige el sistema parlamentario preponderantemente y con cierto peso presidencialista notorio y los legisladores y con todo y ser leales a sus partidos, solo son leales consigo mismos y al Poder Legislativo que representan. Aquí no es así. Los partidos son los dueños de las curules y los políticos que son “electos”, todos son leales a sus banderías políticas y no al país y que es el factor que impone la atrofia institucional, que facilita, que el Poder Ejecutivo y si su partido tiene mayoría legislativa, automáticamente se convierte en el supra poder que lo controla todo e igual a los ayuntamientos que su partido controle.

            ¿Por qué sucede esta anómala situación, que es la muestra más evidente del secuestro de la libertad de escogencia del ciudadano elector?, porque al no existir una ciudadanía cívicamente responsable y políticamente educada y cuyos componentes solo piensan en sus intereses particulares y no en los nacionales, la ausencia de formación política ciudadana, alimenta que el Poder Ejecutivo se convierta en uno que concentra todos los demás poderes y con lo que se tiene una democracia a medias.

            Por esa democracia a medias, que tanto los poderes, público como empresarial, manipulan en base al estado de necesidad, República Dominicana carece de la escuela de formación política práctica, esa que garantiza, que los ciudadanos sepan ejercer su libertad de escogencia y de ahí a vivir permanentemente con la posibilidad de un gobierno autoritario y fuerte y con un acusado culto a la personalidad de la “primera persona”, sea materia obligada a cumplir, para todo aquel que se interese en la vida pública o en sus relaciones con el Estado.

           Obsérvese, que ahora mismo se han reiniciado las consultas y debates sobre dos proyectos de leyes que tenían más de diez años archivados: Ley de Partidos Políticos y Ley Electoral y porque absolutamente ningún sector político o empresarial las quiere y ya se ha colocado la primera piedra en el camino, con la barbaridad, de que se haga una nueva reforma constitucional para imponer la aberración del llamado “voto obligatorio”.

            Es decir, en vez de que se emitan leyes que vayan directamente a fortalecer la libertad de escogencia de cada ciudadano elector, se persiste en la negativa y frustrante tendencia a imponer obstáculos para que los ciudadanos en capacidad de votar no puedan hacerlo a libertad plena, cuando lo correcto debería de ser, que se legislara y en el sentido, de que todo ciudadano elector tenga derecho a ser candidato a cualquier cargo de elección sin la necesidad de ser miembro obligatorio de un partido político, más lo otro, de que las figuras del referéndum como del plebiscito, pudieran ser de uso directo de los ciudadanos y sin la necesidad y que ocurre ahora, de que sean los legisladores que los aprueben y solo para determinadas situaciones en los que la partidocracia no vea disminuidas sus prerrogativas.

            Y que es lo que los dominicanos tenemos desde la última reforma constitucional del 2010, cuando el actual partido de gobierno y en alianza con el poder fáctico católico y el otro empresarial, creó una carta magna para su interés y dominio.

            Sin embargo, con todo y esos defectos de origen y de cara a las elecciones generales entre los meses marzo-mayo de 2020 y si efectivamente la República lograra parir una opinión publica libre y no secuestrada como la que existe, sí que se podrían obtener las necesarias variables que hicieran posible que nuestro sistema democrático no sea solo una aspiración mostrenca en el papel y sí realmente efectiva como práctica y tal vez, que pudiera ser posible, que para ese tiempo electoral, los dominicanos podamos acércanos al sistema francés de libertad política y de garantía del ejercicio de la libertad de escogencia y que de lograrse, seguro que nada sería igual y en aras, de que si bien es cierto que hasta ahora las elites pueden decidir hasta un punto, pero al final, el pueblo elector es quien decide. Ese es su poder y el de la democracia: La libertad de escogencia.    [DAG. Martes, 09 de mayo de 2017. Año XV. Número 5898].