Lo sucedido en Haití después del magnicidio, ha sido un extraño como extraordinario fenómeno de civilidad, que muchos entendíamos nunca se produciría y lo que es positivo y gratificante. Igual tenemos que dar los pasos para fortalecer esa actitud también positiva y pragmática

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Desde el pasado miércoles 8, cuando todo Haití se despertó con la terrible noticia de su tercer magnicidio en menos de 100 años, todo el mundo entendió que el país transfronterizo no podría salir de la pesadilla de ingobernabilidad total que de seguro se le vendría encima.

Sin embargo y en la medida que horas y días pasaban y las autoridades iniciaban las pesquisas y lo más asombroso para la cultura haitiana, de un juez en papel de investigador forense dando dictamen de como comprobó el estado  físico del cuerpo del asesinado presidente Jovenal Moïse y dictara un informe al Ejecutivo al respecto, todavía nadie podía creer que ello estuviera pasando y menos, que a las siete de la mañana de ese día (al presidente lo asesinaron entre una y una y treinta de la madrugada) Puerto Príncipe estuviera cautelarmente recogido y en paz y que para nada, las bandas criminales no hubiesen empezado el saqueo generalizado que se esperaba.

Al mismo tiempo, el accionar del gobierno interino en funciones y presidido por Claude Joseph, su ministro de Relaciones Exteriores, fue y sin duda alguna, también ejemplar y a partir de todo el mundo reponerse de la sorpresa, empezó a dictar a lo inmediato medidas cautelares de alta policía: Cierre aeropuerto internacional y la apertura de una investigación exhaustiva del por qué el cuerpo de guardaespaldas policiales no actuó ni sus integrantes fueron a salvar la vida del malogrado primer mandatario y no obstante que lo primero que se supo, fue que los oficiales policiales no actuaron a favor de este y no obstante que el acosado mandatario les llamó pidiendo auxilio, así como la persecución correspondiente sobre unos 24 sicarios colombianos que contratados por adversarios políticos de Moïse, habían llegado con el pretexto de secuestrar al presidente y entregarlo a la DEA estadounidense.

Es decir, durante las dos semanas y pico que han transcurrido del hecho trágico, gobierno y pueblo y sociedad haitianos se condujeron con una absoluta muestra de civilidad, la propia, que, para este tipo de tragedia, en las demás naciones se actuaría e incluyendo República Dominicana y lo que sin duda alguna hay que reconocerle a la nación vecina.

En las susodichas dos semanas y ya entrado el domingo 11, los amagos de contradicciones entre determinados actores políticos empezaron a presentarse y en procura de decidir quien o quienes deberían encabezar un gobierno provisional que, a más tardar septiembre, convoque y realice elecciones generales. Dándose entonces el natural pugilato entre el ministro Joseph que quedó a cargo del gobierno interino y el primer ministro nombrado por Moïse y no juramentado debido al magnicidio, del doctor en medicina y prestigio especialista que ya había ocupado cargos ministeriales, de: Ariel Henry y para lo que hubo agotadoras negociaciones en las que también intervinieron varias naciones  que son parte de un grupo llamado “amigos de Haití”, así como delegados enviados por Washington y todos pronunciándose sobre lo necesario de que Haití continuara dando muestras de civilidad.

Y vaya que se logró, que ayer, Joseph renunció y dio paso a Henry, juramentándolo a lo inmediato y para satisfacción de la sociedad y pueblo haitianos y toda la comunidad internacional, toda vez, que, por primera vez en los últimos 60 años, Haití y su clase dirigente daban una muestra significativa de civilidad y orden y como nadie y lo que hay que recalcar, había supuesto que podría suceder.

De este modo y disminuidas las tensiones y sin descartar que no pudiese presentarse algún brote sedicioso proveniente de las bandas criminales que asolan a la capital haitiana y que, de producirse, tampoco habría que descartar algún tipo de concurso internacional de apoyo de naciones y encabezadas por la ONU y la OEA para que nada se resquebraje en materia de la paz social y Henry pueda concretar un buen gobierno y en este aspecto, muchos entendemos, que República Dominicana debería de ser el principal valedor en el terreno.

Y no solo por disponer de 10 mil efectivos armados debidamente en la franja fronteriza, sino para incluso, garantizarse que la paz sea establecida por el tipo de fuerza de paz extranjera de que hablamos y sí como un modo, si se quiere, egoísta pero necesario, para preservar la paz en el país vecino y eventualmente ganarnos credibilidad positiva en el pueblo haitiano.  

Lo que podría fortalecerse, si el presidente Luis Abinader replica los positivos esfuerzos dominicanos de ayuda, subsistencia y alimentos que se hicieran de parte dominicana en el gobierno del presidente Leonel Fernández e inmediatamente el terremoto del 2010 dejó a la capital haitiana devastada y los que beneficiaron a no menos 4 millones de ciudadanos haitianos y esto, aparte de las ayudas directas de los dominicanos de las provincias fronterizas quienes se volcaron generosamente.

Ahora y viendo los primeros pasos dados por el primer ministro Ariel Henry, procurando acercarse a todos los integrantes de las fuerzas vivas de su país y restablecer la normalidad  en todo el país transfronterizo, el gobierno de Abinader y vía cancillería, debería tomar la iniciativa para indagar en que temperamento estaría el nuevo gobierno de Henry y con fines de superar el molestoso como innecesario contencioso surgido en el norte de la frontera y con el asunto tan espinoso de un canal de riego iniciado unilateralmente  por Moïse y violentando tratados y acuerdos binacionales e internacionales y con el propósito de aprovechar unilateralmente  el río fronterizo Masacre.

Igualmente, el gobierno nacional debería tener una política más diligente en materia de las relaciones binacionales y en la que, empresarios dominicanos y mucho mejor, con antecedentes de origen árabe o turco y teniendo relaciones con la diáspora comercial de igual origen en Haití, puedan iniciar los pasos para generalizar una serie de joint venture o como Abinader gusta llamar, de acuerdos público-privado.

En definitiva, hay que saludar e integrar el nuevo espíritu de concordia que la clase dirigente haitiana muestra y que, de mantenerse, será la mejor iniciativa para que todo Haití haga igual, pues, así como ha sorprendido, que lo sucedido en Haití después del magnicidio, ha sido un extraño como extraordinario fenómeno de civilidad, que muchos entendíamos nunca se produciría y lo que es positivo y gratificante. Igual tenemos que dar los pasos para fortalecer esa actitud también positiva y pragmática (DAG).