Mendigos despojados de pobreza

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An Indian ragpicker searches for re-cyclable materials among rubbish in New Delhi on July 24, 2011. Rag-pickers with their daily collection of plastic supplement their family incomes even though India in recent years has made moves and a conscious effort to eliminate the use of plastic bags with some shops using paper bags instead. AFP PHOTO/Sajjad HUSSAIN (Photo credit should read SAJJAD HUSSAIN/AFP/Getty Images)

Antiguamente eren mendigos, pordioseros. Pero vino el capital y los descubrió como clientes y como vendedores del círculo inferior de la distribución.

Del tonel de Diógenes, pasaron al antro de los sayayines. Dejaron de ser cínicos, de escupir en la cara del oro. Perdieron su dignidad de testigos de otros mundos donde nada tiene precio y sí valor.

Llegaron a ser ¨mendigo a quien despojan de su misma pobreza¨, como lo entrevió desde 1932 el poeta español Luis Cernuda.

Era lo único que poseían, la pobreza, un decoro en despojos gracias al cual se asemejaban a pájaros, a hormigas.

Gracias a su evasión vivían como los más libres. En calidad de nómadas cargaban a cuestas sus ínfimas necesidades. Podían echarse al río y valer únicamente  lo que llevaban puesto. Igual que cualquier otra persona en ese trance, pero con la ventaja de tener mayor experiencia.

Los franceses les daban un nombre con significado rigurosamente cartesiano: ´bonhommes´. Hombres buenos, por lo general viejos, barbados, de charla honda.

Eran borrachos, sí, ¿cómo habrían resistido la intemperie sin candela en el cerebro? Pero no inspiraban miedo. Más bien simpatía, una especie de expectativa ante su perfil de Santa Claus bajo los puentes. 

También, a veces, hacían pequeños favores. Cuidaban el sol para que los niños jugaran, paraban el tráfico para que el viento atravesara.

He aquí la pobreza que les fue arrebatada. Del licor barato, bajaron al bazuco. Alguien les proporcionó sustancias que encolerizaron sus nervios y minaron sus andrajos de cuerpo. Entonces necesitaron plata para sostener el nuevo ritmo.

Especuladores minoristas acudieron a reclutar esta mano de obra pordiosera. Se tomaron calles, manzanas, barrios; armaron fortines, amontonaron a los parias.

Halagados por la oferta barata, pronto se arrimaron a estos antros gentes sin la dignidad de la pobreza. Profesionales, estudiantes, la variedad de los desesperados.

Todos asumieron desgreño de mendigos, pero mañas de viciosos.

Así el miedo y las navajas pasearon por las calles.

Hoy la población no sabe cómo tratar a estos menesterosos despojados de su pobreza. Huelen mal, no por su atuendo sino por la acechanza del puñal y el raponazo.

No obstante, algún recuerdo celular los encara como a seres humanos con derecho a vida y honor. Titubea ante la probabilidad de ver entre ellos a un hermano, tío, amigo. Por momentos se pregunta si uno mismo no podría engrosar algún día aquella tropa.

Y entonces resuena otra vez Cernuda con la siguiente alabanza desusada: ¨esos mendigos son los reyes sin corona / que buscaron la dicha más allá de la vida, / que buscaron la flor jamás abierta, / que buscaron deseos terminados en nubes¨.

19ec0471f9d2c04d26031d3e0393ffee Por: Arturo Guerrero (http://www.elespectador.com/​)