¿Para qué engañarnos? En este país, pocos quieren que dé a verdad se corrijan las groseras fallas en corrupción e impunidad. La mayoría, lo que quiere es subir y para actuar a peor de los que critican

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Así como en esta nación, sus ciudadanos se dieron el pliego de normas y leyes con las que se supone que se establecieron las reglas de conducta y de gobierno, con las que el ordenamiento jurídico e institucional se mantiene y hablamos de la reforma constitucional de 2010, no lo es menos, que, a conciencia, se descubre que casi nadie de los que abogan y de los dientes para afuera por una lucha total contra todas las formas posibles de corrupción, en verdad, así lo quieran.

            Para avalar el criterio, solo hay que recordar, que desde los sonados escándalos protagonizados por las principales fuerzas políticas y en los últimos treinta años y todos los otros empresariales y financieros, ni siquiera diez de los encausados han conocido cárcel y los pocos que han sido sometidos al circo mediático seudo legalista, solo han recibido sentencias benignas para los atropellos e ilícitos cometidos y la mayoría, con cárcel privilegiada o lo otro tan desvergonzado, de prisión domiciliaria y casi todos, cumpliéndolas en yates y residenciales veraniegos.

            Entonces, cuando se sabe y comprueba lo anterior y en un país cuyos habitantes y si de a verdad estos tuvieran un concepto real y firme de la responsabilidad cívica y ciudadana, haría rato que como fuerzas vivas habrían tomado las calles y hasta obligar al aparato político a comportarse con decencia, honradez y civilidad y por vía de consecuencia, habiéndose implementado los castigos y condenas de lugar y sin que estas pudieran ser evadidas, ahora no se tendría la repetición de más ilícitos con lo de los sobornos de Odebrecht.

            Fijémonos si la desvergüenza y el descaro es lo que campea, que el imputado o señalado como el responsable de los pagos ilícitos de la multinacional constructora brasileña, salvo el escándalo inicial de puro circo mediático, ese señor no ha sido detenido y menos formulándose cargos y por lo contrario, el tipo a continuado como si nada y de ilícitos tras ilícitos y como así lo atestiguan los dos últimos casos millonarios de corrupción en España, donde dos tribunales le tienen entre los testigos o responsables de cargo que tentativamente está en lista de ser investigado y encauzado.

            Y ese solo hecho, de que el contable y empresario Angel Rondón, no se ha cortado en lo más mínimo para servir de puente o correa de transmisión de ilícitos continuos nuevos, tipifica y como  nota reveladora de una conciencia probablemente delictiva, de que en esta República, en parte de sus fuerzas vivas, el amor al señor dinero y a la riqueza ilícita, es el mayor anhelo de todos aquellos y quienes como lumpen o pequeña burguesía trepadora social en el ayer, está muy por encima de toda actuación de puro decoro personal que pudiera impedirles sus anhelos de un enriquecimiento acelerado y sin importar como.

            Ya anteriormente se había conocido el notorio caso de un arrimado político, quien de posición extremadamente humilde y gracias a la política, en menos de ocho años entre los periodos constitucionales 2004 al 2012, logró amasar una considerable fortuna gracias al tráfico de influencias  y quien hoy y no obstante que en una oportunidad fuera condenado a cumplir cárcel en el periodo 2000-2004, tan pronto su protector y bandería llegó al poder, las circunstancias le cambiaron todo a favor y ahora, ocupando un alto cargo de elección y el que por las complicidades propias del pandillerismo político y social, ocupa y como para colmos, logró una sentencia inatacable de inocencia absoluta de todo cuanto se le imputaba, ahora se encuentra en la posición de someter y demandar en justicia a quien  “me difame”.

            Es decir, no se le puede achacar solamente al pandillerismo político, la suerte que ese señor ha tenido, sino que los verdaderos culpables de tanta desfachatez e impunidad tan grosera, descansa en la ausencia de responsabilidad cívica por parte de una mayoría ciudadana, que solo de los dientes para afuera hace como que rechaza toda muestra de corrupción pública, mientras que en base a sus silencios e irresponsabilidades y sin duda alguna, patrocina a su vez la extrema impunidad que en este país tiene todo aquel que delinque desde el poder.

            Solo hay que ver, que los mismos actores públicos que ahora hacen como se desgañitan contra “la corrupción e impunidad en los gobiernos el PLD”, han sido los mismos, que en determinados momentos del pasado reciente, han callado y con ello, permitido que cientos de los que han delinquido y como funcionarios públicos, políticos y empresarios y banqueros y según las caretas que utilicen, se encuentren disfrutando de sus bienes mal habidos y con un incalificable ámbito de libertad e impunidad absolutos.

            Por eso, ahora y con lo del llamado “movimiento verde” que tiene cinco meses de parido y contando con un apoyo mediático tremendamente incestuoso, vemos que se repite la misma historia: Que los que gritan y hacen como que protestan, en la mayoría de los casos, solo les interesa que a todo cuanto dicen condenar solo se le pase un paño con pasta, que a su vez les sirva de catapulta para salir del espacio de pequeña burguesía llena de necesidad en el que viven hacia otro más afortunado y que sea susceptible de enriquecimiento vía tráfico de influencias y dentro de algún tipo de modalidad nueva.

            Desde luego, al decirlo, no estamos diciendo nada nuevo, sino recreando una ominosa realidad de complicidad colectiva que llega a los extremos más inauditos. Por ejemplo, el pasado viernes, un desalmado diputado, Rafael Abreu y a bordo de su ostentoso vehículo y envalentonado al andar en compañía de sus espalderos y los dos de uniforme y de rango de oficial subalterno, intentó penetrar en una avenida que tenía el tránsito cortado y porque a determinadas horas, la misma es utilizada por quienes la tienen como vía para hacer sus caminatas y ejercicios diarios.

            Por las evidencias que se tienen de lo sucedido y captado en celulares que a lo inmediato fueron colocados en las redes sociales, se vio cuando el teniente coronel del Ejército a cargo del cumplimiento de la reglamentación, Edison Taveras, se encontró de pronto llamándole la atención a aquel funcionario de elección y por el comportamiento irregular de él y sus espalderos y no obstante que las fílmicas testimonian el comportamiento correcto del oficial superior del ejército, así como la sacadera de armas de fuego de los subalternos contra el coronel, cuando al diputado se le inquirió su opinión, a gran descaro dijo que el militar “estaba borracho y endrogado” ¡y ahí se quedó todo!

            Del lado de la gente, la burla sostenida hacia el infractor; pero por parte de la autoridad armada, ningún tipo de decisión inmediata contra quienes le habían faltado el respeto al oficial superior, que solo cumplía con las órdenes que se le habían impartido. Aunque sí deben hacerse notar las declaraciones de ayer del propio ministro militar, el teniente general, Rubén Darío Paulino Sem, quien tajante, expresó que no había que hacer ninguna investigación sobre el comportamiento del oficial superior y por la simple razón de que este estaba cumpliendo con su deber ¿Hubo alguna otra reacción de la atrapada opinión pública, testimoniando su desagrado por lo ocurrido? Absolutamente nada, con la excepción de las redes sociales, donde sí hubo respuestas ríspidas contra tal inconducta y publicaciones masivas del prontuario de anti social, del diputado de marras.

            Ni siquiera los organismos de la llamada “sociedad civil” que viven cantaleteando contra la corrupción y la impunidad dijeron esta boca es mía, menos los de la marcha verde y la misma prensa mercancía tan proclive a apañar hechos y actos de corrupción, prácticamente silenció el caso o no lo destacó como debía y todo ese comportamiento, de lo que habla, es de complicidad y que es la razón que digamos, que en determinados sectores nacionales y de peso de opinión, lo que existe, es una permanente y desvergonzada hipocresía y la que facilita, que en este país, lo mal hecho se premia o se tolera  y quien actúa correctamente, se le desprecia y acosa.

            Entonces y con semejante comportamiento casi colectivo, ¿cómo se puede creer que realmente haya un interés cierto en perseguir la corrupción o la impunidad, cuando las muestras que se perciben, son de que la mayoría de los que se desgañitan pidiendo sanción, solo mantienen el griterío hasta que se les llegue a su precio o que determinados funcionarios del gobierno, solo se preocupan por el tema, si este realmente les tocara?

            De esa manera y con tal comportamiento y con tantas muestras de complicidades de todo tipo, que lo preferible deba ser, que aquel ciudadano que a conciencia siente que debe manifestar su criterio sobre tema tan preocupante, lo haga, pero sin alentar muchas esperanzas de que se le atienda o haga caso. Pues la verdad tiene que ser dicha. Hasta ahora y por la impunidad reinante, absolutamente nada es lo que parece y por lo que se está viendo, lo impensable en materia de deshonor y sinvergüencería, es el parámetro que la clase dirigente prefiere y quiere.

            Desde luego que así no se puede tener una vida sana, pero en un país donde la inversión de valores morales llega a niveles tan impensables, al final resulta, que para continuar viviendo hay que fingir que no se sabe ni se entiende nada y al hacerlo, la pregunta y la respuesta nacen: ¿Para qué engañarnos?   En este país, pocos quieren que dé a verdad se corrijan las groseras fallas en corrupción e impunidad. La mayoría, lo que quiere es subir y para actuar a peor de los que critican. Esa y no otra, es la verdad. [DAG. Miércoles, 03 de mayo de 2017. Año XV. Número 5892].