Por sus desvaríos y rencillas personales, Trujillo y los antitrujillistas, a partir del 1937 se enfocaron en desacreditarse y no corregir el inmenso error, de haberle cedido a Haití, 6 mil 200 kilómetros del territorio nacional (8 %) y para tratar de ocultar 5 mil muertos que Haití aprovechó estupendamente.

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Desde nuestro punto de vista, cuando se analice tal situación tan infame y que recoge el Tratado Fronterizo del 21 de enero de 1929 firmado por Horacio Vásquez y Louis Borno y ratificado por Trujillo y Sténio Vincent en 1936, el Generalísimo perfectamente puede ser calificado como traidor al suelo patrio y sus propios enemigos antitrujillistas del exilio y sobre todo en Cuba, México y Venezuela, como sus cómplices más arteros como desalmados.

¿Cómo pudo ocurrir?, porque Trujillo y en la primera rueda de prensa que ofreció inmediatamente luego y como equivocado orgullo personal machistoide, al interrumpir a un periodista de la AP que le preguntaba si estaba de acuerdo en cuanto que, por los acontecimientos de sangre de 1937, milicianos suyos habían asesinado 5 mil haitianos, airado respondió y porque entendía que era una cifra muy pequeña: “no señor, 5 mil no. 35 mil”, creyendo que con ello enaltecía el concepto de un mal pretendido orgullo dominicano.

A partir de esa respuesta del dictador, todo el exilio antitrujillista se lanzó a magnificar la supuesta cifra, dando por resultado, que nadie se recordó del hecho principal, la pérdida gratuita y medalaganaria del 8 % del territorio nacional, en tanto Haití vio el cielo abierto, para reclamar una compensación territorial por el genocidio dominicano perpetrado y como una manera de esconder ante sus conciudadanos, que el gobierno de Vincent se había robado los 500 mil dólares estadounidenses que el gobierno de Trujillo había ofrecido y para reducir mediáticamente y al mínimo la matanza perpetrada y por una tonta como siniestra actitud dominicana “de parar en seco la invasión pacifica haitiana”.

De esa manera, ocultando sus propias culpas, haitianos y dominicanos en sus dos gobiernos y grupos intelectuales, se dedicaron a esconder el sucio bajo las alfombras de sus respectivos despachos presidenciales y al grado, de que los cómplices haitianos en el gobierno de Stenio Vincent pudieron elaborar el exitoso mecanismo diplomático y mediático que le permitió al país transfronterizo y a sus gobiernos sucesivos, elaborar la tesis, por medio de la cual, todos los dominicanos nacidos después de la matanza, tenían que ser considerados y hacerles ver que eran los culpables de semejante iniquidad.

Precisamente por ese “detalle”, no ya el casi millón y pico de dominicanos que vivían en el 1937 se consideraban así mismos como criminales, al menos por Haití, sino que para cuando Trujillo fue asesinado en mayo de 1961 por un grupo de porfiados asesinos y sicarios y la mayoría prebostes trujillistas de servicio de horca y cuchillo como jefes arbitrarios en la frontera, todavía el alma nacional dominicana compuesta por 2.5 millones de ciudadanos así también se sentía.

Y lo que no debía ni podía ser, pues a diferencias de la soldadesca trujillista, familias enteras del propio pueblo dominicano, salvaron las vidas de no menos 15 mil ciudadanos haitianos en el territorio dominicano, a los que y exponiéndose a riesgos inimaginables, les salvaron sus vidas sacándoles clandestinamente del país, en tanto  cerca de mil 500 menores haitianos fueron escondidos en fincas y campos y muchos de ellos, luego adoptados por familias dominicanas de buen vivir (el caso Oguis Pie, luego conocido como Peña Gómez, es paradigmático).

¿Qué demostraban esos hechos posteriores a la execrable matanza?, que el pueblo dominicano y sin dudas de ninguna especie, nunca ha tenido el comportamiento vergonzoso y ultrajante a la dignidad humana, de los soldados haitianos antes y posterior del 1844- 1866, quienes utilizaban el canibalismo como horrorosa arma de combate y para evitar que el Estado Independiente de Haití Español, que así se llamaba República Dominicana en aquel entonces, pudiera separarse del país transfronterizo.

De esta forma y si se hace un juicio sereno sobre los acontecimientos trágicos del 1937, a Trujillo deben abolírsele todos los títulos y honores que se le confirieron hasta el 1961 y sí declararle sin ánimo de duda, traidor a la nación dominicana y junto a él, a los dirigentes antitrujillistas en el exilio, quienes por sus odios y animadversiones personales contra el dictador, de hecho, fueron cómplices en la perdida de 6 mil 200 kilómetros del territorio nacional y lo que nunca debió de haber ocurrido.

En su lugar, ha sido creada una leyenda negra sobre aquellos penosos acontecimientos de sangre y que increíblemente aun persiguen a los dominicanos nacidos a partir de enero de 1938 y tal como si estos también fueran sus actores y lo más increíble, que no ha habido algún historiador o seudo historiador, la mayoría, una caterva de exiliados republicanos a los que Trujillo les dio cobijo en su horas más amargas y mal agradecidos en extremo y otros, trujillistas “arrepentidos” o dizque izquierdistas, socialistas o comunistas tapados, quienes como una manera de limpiarse sus respectivas imágenes personales, han reescrito una historia falsa y abusadora y con miras de denigrar la memoria histórica de la noble nación dominicana.

La vecina República de Haití, como nación y pueblo, se merece nuestros respetos, pero no podemos aceptar que por gobiernos suyos y tan desalmados como el del presidente Stenio Vincent, historiadores suyos como Price Mars y otros, continúen propagando mentiras, de cuya realidad, ellos y no nadie más, encubrieron el hecho, de que sus propios gobiernos vendieron la sangre de 5 mil víctimas haitianas del 1937, a cambio de haber negociado 6 mil 200 kilómetros del territorio dominicano y por lo que callaron tal desvergüenza y llenando de condecoraciones y honores al mismo Trujillo.

En este sentido, el honor dominicano no está en discusión y sí el ligero “honor” haitiano de puro pillaje y extorsión. Es hora de que la Academia Dominicana de la Historia se pronuncie sobre este particular y limpie la imagen nacional, al tiempo que a Trujillo y sus antitrujillistas del exilio se les juzgue y catalogue como lo que son: traidores infames que aprovecharon la matanza de 1937 para sus propios fines políticos y sin importarles ceder el 8% del territorio nacional sin razón ni justificación alguna. (DAG)