Panegirico a Gianni Vicini

0
167

Con Gianni cultivé una gran amistad, afianzada en la época en que luego de ajusticiado Trujillo, ambos fuimos protagonistas, junto a otros, de los esfuerzos que se realizaron en Washington, para sacar a los Trujillo del país. Por Ramón Cáceres Troncoso

Para mí es un privilegio aceptar la invitación que me ha hecho Felipe, de dirigirme a ustedes para recordar a mi amigo “Gianni”.

A Gianni le conocí en mi juventud, en los años en que él iniciaba su noviazgo con Alma, quien fue su esposa y madre de sus tres hijos: Felipe, Amelia y Juan.

Con Gianni cultivé una gran amistad a lo largo de nuestras vidas, afianzada en la época en que luego de ajusticiado Trujillo, ambos fuimos protagonistas, junto a Donald y Billy Reid Cabral, Felipe Vicini Cabral, Giuseppe Vicini Cabral, Toño Bonilla, Alfredo Lebrón, entre otros, de los esfuerzos que se realizaron ante el Departamento de Estado, senadores, y otras destacadas personalidades de Washington, en la búsqueda de apoyo internacional para sacar a Ramfis y los Trujillo del país, e instalar un gobierno “democrático”.

Tras haber sido yo liberado de la 40 en abril del año 1960, donde estuve preso por más de 2 meses, me fui a Puerto Rico, y estando exiliado me sorprendió el ajusticiamiento de Trujillo. La noticia me la dio Magda Mejía Ricart el 31 de mayo de 1961, y ese mismo día, Wenceslao Vega y yo, participamos en un desfile en San Juan, en la Avenida Ponce de León, en el que exhibimos una pancarta con versos de Arturo Pellerano Castro, que decía: “Benditos los que matan / si es un monstruo de sangre el que se hunde / y un pueblo el que se salva”.

En días posteriores, ante las disputas entre mis compañeros exiliados y otros exiliados de mas antigüedad, viajé a Miami, y estando allí en la casa de Mario Mathis Ricart y su esposa Nelly, recibí una llamada: “Te habla Juan Ozorio, estamos en Washington trabajando, ven”. Reconocí la voz. Mi interlocutor era Gianni Vicini. Le dije que no tenía dinero para el pasaje, a lo que me contesto: “Búscalos prestados, y te reembolso. Te haré reserva en el Hotel Everet. Muy discreto pero confortable”.

Al llegar yo a Washington, me registré en el hotel donde tenía la reservación que me había hecho “Juan Ozorio”. Ozorio no estaba. Había partido a Nueva York, pero me dejó recado en el desk del hotel de que José González me estaba esperando. José González era Donald Reid Cabral, y su hermano Billy era Luis González.

También allá se encontraba Toño Bonilla. Gianni regresó a Washington en días posteriores.

Durante toda nuestra estadía en Washington, cuyos gastos fueron cubiertos por Gianni en su totalidad, las diligencias se enfocaron en sacar a los Trujillo del país.

A mí me fue asignado intervenir en el Departamento de Estado ante el encargado de las relaciones con la República Dominicana, Richard Owen, donde me llevó mi apreciado amigo Mario Rodríguez Mansfield, quien era encargado de los asuntos del gobierno dominicano, y se arriesgó a darnos toda su ayuda, y de quien recibimos un apoyo extraordinario.

Sin embargo, llegó un momento en que la figura número tres del Departamento de Estado, “de apellido Valon”, nos recibió a “Juan Ozorio” y a mí, llamándonos cobardes, porque en la República Dominicana no había pasado nada, tras el ajusticiamiento de Trujillo.

En una ocasión, Arturo Morales Carrión, quien era el encargado para los asuntos latinoamericanos, nos convocó a su casa en Washington a Gianni, Donald, Billy, Toño Bonilla, Alfredo Lebrón, Arturo Calventi, y a mí, para decirnos que Ramfis iba a donar la Hacienda Fundación y otros bienes de Trujillo, y que se formaría un nuevo gobierno, presidido por Balaguer. A cambio, los Trujillo se marcharían del país, y se recordaría a Trujillo como un gran hombre. Eso se lo había propuesto Porfirio Rubirosa a los Kennedy. Salimos enfurecidos de la reunión, y le dijimos que eso no era aceptable para los dominicanos, y menos para nosotros.

Debo destacar que todas las noches, el grupo entero nos reuníamos en Washington en la casa de Francisco Aguirre, propietario del Diario de Las Américas, de quien siempre recibimos una gran ayuda.

Continuamos con nuestros movimientos hasta un día en que Owen me recibió con la noticia de que circulaba una carta de más de cien dominicanos contra los Trujillo. Era el nacimiento de la Unión Cívica. Luego se nos dijo que eran más de 500 firmas, y ese numero siguió aumentando hasta sobrepasar los dos mil y pico de firmantes de la carta.

Recuerdo el inicio del retorno al país de los antitrujillistas. El primero que vino fue Agustín Perozo, desde Puerto Rico.

Yo llegue al país a principios de julio de 1961. Gianni se quedó en Washington. A mi regreso fueron a verme José Antonio Fernández Caminero y Luis Manuel Baquero, y entré a la Unión Cívica Nacional, como Secretario General Adjunto.

En mi casa paterna, Pasteur 46, nos reunimos Rafael Bonnelly, Federico Álvarez, Pedro Troncoso, Marino Cáceres y yo a redactar una carta que fue llevada a Washington y distribuida entre personajes influyentes, sugiriendo “un Consejo de Estado para gobernar el país que Unión Cívica Nacional proponía que presidiera Balaguer”. Dicha carta, la cual fue firmada por Viriato Fiallo, Luis Manuel Baquero, Fernández Caminero, Federico Henríquez Gratereaux, Rafael Alburquerque Zayas Bazán, Asela Morell, Minetta Roques y Severo Cabral, y demás miembros del Comité Central, y esta fechada 30 de septiembre de 1961, se la entregué a Gianni y a Toño Bonilla para las gestiones y diligencias de lugar. La base de la misma era que Ramfis se fuera. Balaguer reaccionó negativamente, pero finalmente aceptó.

Luego de vividas estas experiencias, Gianni y yo continuamos tratándonos y visitándonos. Nos unía nuestra afinidad de criterios y nuestro interés en los asuntos nacionales. Además, mi condición de abogado de algunos de los negocios y asuntos de la familia Vicini, me permitió desarrollar una estrecha amistad con él, y con sus hermanos, Felipe, Giuseppe y Laura.

Gianni fue un hombre bueno, dotado de muchas virtudes. Era un hombre sencillo, humilde, extremadamente austero, generoso, cariñoso y amable, muy discreto, que gozaba de una gran inteligencia, y fue un trabajador incansable. Practicaba la esgrima, y disfrutaba bailar en las fiestas a la que asistía, donde quedaban demostradas sus dotes de gran bailarín. A pesar de su esbeltez, le gustaba comer bien.

Gianni fue un gran creyente, un hombre de fe, portaba siempre en su bolsillo estampitas de la “virgen del divino amor”, las cuales en innumerables ocasiones le vi obsequiar a jóvenes novias en el día de sus bodas, y lo hizo con mis dos hijas.

Doy testimonio de que Gianni fue un hombre de bien y un caballero honorable. Para mí fue un verdadero placer conocerle y gozar de su amistad por tantos años. Descansa en paz buen amigo. (http://www.diariolibre.com/)