domingo, julio 21, 2024
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Rusia y América Latina, historia de un amor

Hace varios años, cuando por primera vez llegué a México, la noticia del día era el choque entre un tren y un avión. Me acuerdo de que mi primer pensamiento al leer los titulares fue: estas cosas solo son posibles en Rusia o en México.

Ahora, al llegar las buenas señales de que el Gobierno ruso se acerca cada vez más al continente americano, los diarios y las redes sociales en ruso, recuerdan más a menudo cosas que siempre sospechamos, como que el sur también existe. Quiero anotar aquí un par de reflexiones, que nacen más allá de las coyunturas políticas del momento, ya que la relación entre América Latina y Rusia es mucho más larga y diversa que lo que muestran los informes de los noticieros, sin restarles su importancia.

Los dos enormes territorios de riquezas infinitas guardadas por la naturaleza salvaje, la variedad de paisajes, climas y colores, donde la civilización occidental no ha sido más que una de sus capas culturales, un mundo que no deja de descubrirse a sí mismo entre tantos idiomas, credos, mitos y tradiciones, la ubicación fronteriza entre varios pueblos y sus diferentes tiempos, hacen de nuestras mentalidades una fecunda mezcla y nos enseña la complejidad del mundo y del ser humano. La omnipresencia de una naturaleza cruda e indomable les ha enseñado a nuestras culturas, de raíces profundamente provincianas y campesinas, sus valores colectivistas y comunitarios y, aparte de eso, un fuerte apego a la tierra, que es tiempo, madre y cuna.

Creo que la principal cercanía entre rusos y latinoamericanos no es tanto por su similar humor negro (producto del color de nuestras historias) ni por su apego a la vida familiar (característica de todas las sociedades tradicionales no arrolladas todavía por la aplanadora del seudoprogreso), sino que está en esa increíble necesidad (hasta para el más citadino) de permanecer en contacto con la naturaleza, salir a los bosques, navegar por los ríos, subir a los montes, como si un potente imán ancestral los tuviera anclados al corazón de su tierra.

Muchos afirman que el fenómeno literario latinoamericano del realismo mágico tuvo sus orígenes mucho antes de la aparición de este término, en las historias campesinas ucranianas de Nikolái Gógol o en 'Maestro y Margarita', la gran novela moscovita de Mijaíl Bulgákov. Más allá del término, es curioso observar cómo paisajes y experiencias históricas similares generan en los seres humanos de diferentes puntos geográficos reacciones culturales muy parecidas. ¿No será una prueba más de que, a pesar de nuestras fronteras, religiones y otros condicionamientos externos, somos lo mismo?

Tal vez la parte más visible de los primeros contactos cercanos entre nuestros mundos sea el viaje del gran escritor, militar, diplomático y humanista venezolano Francisco de Miranda a Rusia, durante casi un año, entre 1786 y 1787, que quedó fascinado con el país y la cultura que descubría, investigaba y disfrutaba y la mismísima emperatriz Catalina II, lo condecoró con el grado de coronel del Ejército ruso. Las ideas de Miranda de liberación de América Latina fueron importantísimas para la formación política de Simón Bolívar y más allá de su posterior desencuentro, muchos investigadores con fundamento afirman que no habría existido Simón Bolívar sin Francisco de Miranda. Menos mal que en aquella época, durante las guerras de los pueblos latinoamericanos por su liberación, a los medios del imperio de aquel momento no se les ocurrió buscar entre los patriotas de entonces "la mano de Moscú".

Casi todos los estudiantes soviéticos de los años 80 y 90 fuimos fuertemente influenciados por la literatura de García Márquez, Cortázar, Borges, Amado, Vargas Llosa y Carpentier. En aquellos tiempos, cuando los tirajes de 200.000 o 300.000 ejemplares de nuestros libros más deseados, a precios casi simbólicos, no alcanzaban a cubrir ni una pequeña parte de la demanda (las relaciones todavía no eran virtuales, los libros no eran electrónicos y los teléfonos se usaban como teléfonos), recuerdo que había que recolectar 50 kilos de papel, entregarlos en un punto de reciclaje en el barrio para obtener a cambio un cupón con el que registrarse para la cola que daba derecho a comprar un ejemplar de 'Rayuela', cuando la novela llegara a la librería más cercana. "Aquellos duros tiempos comunistas del déficit y de las colas…" los mejores y los más queridos poetas soviéticos, los que todavía reunían estadios llenos de público, hacían grandes traducciones al ruso de José Martí, Pablo Neruda, César Vallejo y tantos otros.

Como era casi imposible viajar al extranjero, nuestro transporte preferido a los mundos que soñábamos conocer eran los libros. La bella palabra Patagonia que conocimos por la novela 'Los hijos del capitán Grant' de Julio Verne y por la que se hicieron hasta dos películas soviéticas del mismo nombre, se convirtió para muchos en un sueño exótico y lejano, al igual que cualquier mención de las aventuras en el Amazonas, en las revistas con fotos a blanco y negro que leíamos y releíamos. Muchos soñábamos con visitar otras tierras y ayudar a sus pueblos a liberarse de los que los oprimían. Tal vez era, además, el eco de la lejana guerra civil española, sus brigadas internacionalistas y la poesía de García Lorca y Miguel Hernández.

En aquellos tiempos, la cultura para nosotros todavía era parte de todo, aún estaba viva una buena parte de la generación de los vencedores del fascismo hitleriano y los temas políticos que venían del sur nos llegaban al alma, nos alegraban, nos afectaban, nos conmovían. El triunfo de la Revolución Cubana se vivió por nuestra gente como su propio triunfo, el golpe militar en Chile y la muerte de Allende hizo llorar a miles de soviéticos que no conocían personalmente a ningún chileno. En diferentes partes de la Unión Soviética, en la mitad de los años 70 sin ninguna presión ideológica del Estado, todo lo contrario, de forma autónoma y desde abajo, sospechosa e incomprensible para la burocracia, surgió un movimiento de solidaridad con los pueblos de América Latina, donde estudiábamos español escuchando a Víctor Jara y a Silvio Rodríguez. Esos jóvenes soviéticos lectores, soñadores y un poco locos formaban brigadas de trabajo voluntario para recolectar fondos para las causas de nuestros compañeros latinoamericanos en la lucha y, cada año, organizaban festivales del folclore latinoamericano con los estudiantes latinos que estaban en la URSS, siempre llenando las salas que les prestaban gratis los administradores y funcionarios amigos. No conocían el mundo, pero lo sentían y querían hacerlo mejor.

Después, pasaron muchas cosas tristes, en la ex URSS cambiaron los valores y los programas televisivos y educativos, empezamos a viajar más, pero nuestros libros y sueños cambiaron. El gran naufragio histórico volvió a muchos de nuestros mundos en espejos rotos, que convirtieron la memoria en tristes museos de la nostalgia. Y de nuevo, la esperanza vino desde Latinoamérica. La rebelión zapatista en el estado de Chiapas al sudoeste mexicano despertó a una nueva generación de rusos que parecía estar adormecida con anestesia neoliberal. Los indígenas eslavos buscaron su manera de repetir en ruso, el urgente y mundialmente necesario ¡Viva Zapata! Luego, un poco más al sur, apareció Hugo Chávez, reviviendo el sueño bolivariano y sacando a Cuba de su trágica soledad en la desigual resistencia al imperio. Así, Latinoamérica fue volviendo al mundo ruso para tener un lugar muy íntimo y privilegiado en su corazón.

Y ahora, con los terribles vientos de guerra en el centro de Europa, desde sus selvas, mares, llanuras y cordilleras, nuestra América de siempre, la de los pobres, los indios, los campesinos, los mineros, los estudiantes, los soñadores y los poetas, se niega a ser parte de la guerra imperial y también tratando de vislumbrar algo de luz, de mañana en la noche del presente, se vuelve parte de los sueños y de las pesadillas de su tan lejana y tan cercana hermana Rusia. Por: Oleg Yasinsky [RT]

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