Soy el comisario Adambsberg

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Antes de periodista iba para policía. Hice oposiciones a agente local y me llamaron. Les dije 'no'. Luego me presenté a mosso d'esquadra y pasé todas las pruebas, pero un mes después arranqué a estudiar periodismo. No me he arrepentido, aunque de haber llevado uniforme me habría gustado ser como el comisario Jean-Baptiste Adamsberg, el eje central sobre el que pivotan las mejores novelas de Fred Vargas.

Adamsberg es una de esas personas íntegras con una psicología superlativa. Huele el delito y lo persigue con amor. Desarma tramas imposibles y se ríe de la jerarquía y los protocolos del cuerpo. Un señor de los pies a la cabeza, eso sí, desardilado, mal vestido. Un tipo creíble, querible. Un superdotado para resolver crímenes, romo a los informes, la informática y los móviles inteligentes. Un servidor de la ley sin sed de medallas. Una fuerza de la naturaleza que mantiene en pie una comisaría parisina de circo. Su segundo, el adorable comandante Danglard, es un sabio semialcohólico y cornudo. Mercadet, un genio informático que padece somnolencia perpetua. Y sus siestas se respetan. Faltaría más. La robusta Retancourt vive para proteger a su jefe. El cabo Estalère es especialista en poner los mejores ¡cafés! El pelirrojo atigrado, el teniente Veyrenc, es amigo íntimo del comisario -ambos nacieron en el Pirineo-, y habla en verso… El resto del equipo tiene sus tics, pero todos son útiles y queridos en la cruzada de Adamsberg contra el mal.

Y por la noche, tras dejarle pasear por el Sena –necesita caminar para concentrarse– y dormitar en un banco, apuntando juegos de palabras, comiéndose la cabeza sobre su hijo islandés, le invitaría a un vino Côtes du Rhône y a garbure, la sopa de col con carne y verdura, plato favorito de este gascón que ha dado el Princesa de Asturias a Vargas. Un poli que alimenta mi pasión por la lectura. Chapeau!

Por JUAN FORNIELES (http://www.elmundo.es)