Todo proceso reeleccionista en cualesquiera de los tres poderes interdependientes del Estado tiene un factor común y de cara al 2020, mucho más todavía: Que es la mayoría silenciosa la que decide los ganadores y no las militancias partidarias.

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La realidad es, que en un país como República Dominicana, desde el 1966 a la fecha, son 51 años en los que los dominicanos han aprendido a distinguir, que para ganar unas elecciones, no bastan los lideratos fuertes, sino el grado de formación política de los electores y el sentimiento ciudadano, de que son ellos y más como parte de la mayoría silenciosa, que como militantes políticos, los que al final tienen en sus manos el destino político,  de partidos y candidatos y sin importar la parte del espectro político en el que se encuentren.

            Pero al mismo tiempo, los mismos ciudadanos se dan cuenta, de que al tener ese poder de decisión en sus manos, entonces se ven expuestos a las presiones de todo tipo que les llegan provenientes desde todos los litorales políticos y tanto de gobierno como de oposición, pero sobre todo, los que hasta ahora se han mostrado determinantes: Los medios de comunicación y de información de masas y su ramal nuevo y sorpresivo de las redes sociales, en donde en esta última, la anarquía es preponderante y los infundios por igual, pues  a la hora de unas elecciones se convierten en la expresión cruda de los que no tienen voz.

            Es decir, prácticamente y desde las elecciones del 2010, los ciudadanos tienen el contrapeso que les facilitan las redes sociales, y las que, de hecho, se han convertido en el punto de diferencia ante el acoso periodístico instigado desde los sectores poderosos de la economía, como por igual de los grupos facticos religiosos y sociales.

           Por eso, al crearse este abanico más equilibrado de opciones de información, como por igual de manipulación, ni gobierno, tampoco partidos y menos políticos, tienen el monopolio de la opinión ciudadana y por eso, de que los tres o cuatro partidos principales se agencian un ramillete de partidos de alquiler, cuyo único objetivo es contrarrestar la saturación informativa que llega de todos lados y con el único propósito de sus instigadores y autores, de poder lograr ganarse la voluntad y el voto de los indecisos y con miras de que sus candidatos sean los que al final de la contienda electiva pudieran prevalecer.

            Esta situación y en apariencias tan compleja, sin duda que es donde radica el por qué y treinta días antes de unas elecciones, ni siquiera los mejores encuestadores tienen una idea o criterio definido de como terminarán reaccionando los encuestados, situación, que de hecho es buena, toda vez que así puede resurgir un criterio ciudadano mucho más depurado y a conciencia y gracias a que su decisión última será hija de su libre albedrío y no de la conocida manipulación colectiva de las formaciones políticas y de los intereses económicos, sociales y religiosos, también en juego.

            Desde luego, podría presumirse que los políticos y candidatos que cuentan con mayores presupuestos pudieran tener sus candidaturas ganadas, pero como se ha visto desde las pasadas elecciones de 2012, ya el poder del Estado no es lo determinante de antes y ahora, cualquier candidato popular y que sepa convencer y que se comporte con imagen creíble, tiene más probabilidades de vencer, que el otro o los otros, quienes con todo el poder gubernamental o empresarial de su lado y el apabullante peso de manipulación mediática, de pronto terminan por darse cuenta, que esas herramientas y en sus manos, ya no son tan importantes para inclinar la balanza a su favor.

            Sucedió cuando Danilo venció a Leonel y lo que ahora, al presidente de la República deberá servirle de referente, en cuanto a que para el 2020 y en el caso probable y ya mismo de él poder aceptar la nominación presidencial, tendría que enfrentarse con el enemigo silencioso de todo poder de tiempo continuo: El cansancio de la población y el deseo de innovar y cambiar por parte de los electores.

            Porque es verdad que las realizaciones positivas de los gobiernos del PLD y en particular el actual, son elementos de juicio y de comparación difíciles de superar, pero al mismo tiempo, el candidato presidencial oficial que sea, deberá tener muy en cuenta, que tanto, el oficialismo se preparó en iniciar y rápido, un proceso de reingeniería social y política, mediante el cual, el gobierno coloque y por lo menos, un 30 % de los puestos principales de la administración, en manos de ciudadanos de la mayoría silenciosa y no de alguna bandería partidista definida y haciendo prevalecer que el ciudadano no peledeísta también tiene derecho a ser parte de la administración.

            La razón de que deba hacerlo es simple y determinante: Porque ya inmersos dentro del proceso pre electoral, la mayoría de los ciudadanos que se sienten marginados por el PLD, Leonel y Danilo, todos se irán en contra del poder y lo que significaría, que los inestables grupos opositores y si tienen candidatos demagogos, pero listos, simpáticos y hasta un tanto inescrupulosos en lo de prometer villas y castillos a los votantes, tendrían muchas posibilidades de resurgir.

            De ahí, que, para el oficialismo, es capital y en particular al gobierno, ganarse la mayor cantidad de apoyos mediáticos entre verdaderos líderes de opinión y referentes sociales influyentes y si es que se quisiera hacer la diferencia frente al abrumador manejo manipulado y de amplia distorsión, que el sector mediático opuesto le hará y con una fuerza e ímpetu, tan brutales, que muy fácilmente podría tener cautivo no menos de 500 mil votos provenientes de las fuerzas de trabajo de los dueños de esos medios e igual desde sus holdings empresariales.

            En este sentido, la política desde ahora y para el gobierno, debe y tiene que ser, de convencimiento y ganar amigos y retener a los que ahora todavía tiene, porque también deberá lidiar con el otro enemigo oculto que le hace creer que es amigo. La parte empresarial y fáctica, que, en razón de sus intereses, nunca podrá irse totalmente a favor de los candidatos oficiales y siempre se deberá mantener equidistante de todos los intereses electorales en juego.

            Sabemos, que es muy difícil, que un gobierno y su partido y en el caso del presidente Danilo Medina Sánchez y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) realmente puedan lograr semejante punto de equilibrio, pero si desde ahora no se esfuerzan por auto fortalecerse y no creer, que solo con los beneficiarios de las visitas sorpresas presidenciales es que el oficialismo debe contar, deberían empezar por pasar revista y hasta una especie de auditoría forense y para saber con que profesionales de la comunicación, realmente de valer se puede contar y definitivamente, abandonar las actitudes despreciativas y prepotentes, que no enmendadas, podrían significarle a la reelección, la gran diferencia entre ganar o perder.

            El otro pendiente,  es lo más curioso y porque el mismo es válido para todos los partidos:  Que en la nueva ley electoral se garantice la libertad de escogencia de los ciudadanos electores mediante el derecho a ser candidatos sin la necesidad del permiso de una franquicia política y que los mismos partidos no tengan el monopolio de los poderes públicos de elección y para que quienes fueran en sus listados y ganaran una que otra postulación, sientan y ejerzan su propia libertad (en realidad libre albedrío) y que sería el mayor reconocimiento, a una mayoría silenciosa, a la que nunca se le ha permitido comportarse independiente y soberana a todas las banderías.

           Si esta política de aparente libertad absoluta se diera, seguro que los mismos candidatos favorecidos, tendrían mayor conciencia cívica y política de que deberán trabajar para la nación y lo que redundará en todos los partidos políticos en la gestación de una verdadera democracia interna, de suerte, que por primera vez en más de 54 años en el 2020, estos tengan la gran oportunidad, de crear la verdadera clase política dirigente y cívicamente adulta y madura emocionalmente, que la nación requiere.

            Naturalmente, tampoco somos tan ilusos como para suponer, que parte de lo que proponemos pudiera ocurrir, pero como tememos, que para el 2020, la sorpresa de un candidato nuevo y no partidario, tampoco político y socialmente abierto y hasta incluso de origen castrense, pudiera ser la carta bajo la manga de esa mayoría silenciosa que siempre decide las elecciones, que instemos a pensar en lo que planteamos y si es que de algún modo se quiere evitar el nacimiento de un político y candidato vengador, que de ganar, sería el Inri para el débil sistema político actual.

             Es así como hemos llegado a la conclusión, de que todo proceso reeleccionista en cualesquiera de los tres poderes interdependientes del Estado tiene un factor común y de cara al 2020, mucho más todavía: Que es la mayoría silenciosa la que decide los ganadores y no las militancias partidarias. ¡Ojalá nos hallamos explicado bien y se nos entienda!    [DAG. Domingo, 06 de agosto de 2017. Año XV. Número 5987.