“Yo les cortaría las manos”

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En el pequeño bazar de Fazliya, que hace las veces de plaza central, decenas de hombres se reúnen alrededor de las casas de té en un ritual social que pocas veces ocurría días atrás, cuando el fantasma del Estado Islámico (EI) todavía estaba presente. Los alrededores de este sector comercial están impregnados por el humo de decenas de cigarrillos que los locales fuman, vicio que tuvieron prohibido durante más de dos años, cuando el EI tomó el control de esta población habitada en su mayoría por suníes, ubicada a 20 kilómetros al norte de Mosul.

“Cuando llegaron no pudimos huir, porque sembraron los alrededores con explosivos”, se justifica Mohamed, uno de los hombres de esta urbe, que fue liberada por los peshmergas el 27 de octubre. Algunos militares kurdos, identificados con la bandera con el sol en el medio y su gastada kalashnikov al hombro, caminan por esta población de calles de tierra y que tiene como mayor tesoro un gran campo de olivos en sus límites.

En la medida que Mohamed empieza a contar su versión de lo sucedido durante la presencia del EI, los locales crean un gran corrillo alrededor en el que todos quieren opinar. Uno interrumpe para explicar que al principio no vieron necesario escapar. “Cuando llegaron fueron buenas personas. Sólo buscaban gobernar de acuerdo a unos principios religiosos, que no vimos mal. Pero no fueron violentos”.

Si bien los cristianos yazidíes o shabaks chiíes, que históricamente han vivido en estas planicies de Nínive, se vieron obligados a escapar en verano del 2014, cuando el EI se apoderó de más del 40% de Irak, las poblaciones de mayoría suní, como Fazliya, tuvieron un destino diferente. Estaban encerrados por un cerco de minas, pero al mismo tiempo no sentían que su vida corriera peligro siempre y cuando respetaran las nuevas leyes: no fumar, no beber, dejarse crecer la barba, llevar los pantalones por encima del tobillo y cubrirse por completo, esto último para las mujeres.

Mohamed cuenta que meses después el rostro del EI cambió y empezaron los castigos. El EI lo controlaba todo. A estos hombres se les ve ahora recién afeitados.

“Tenían extrañas teorías. Decían que teníamos que ir a la mezquita a orar, pero justificaban su ausencia del rezo con el argumento de que estaban haciendo la yihad y su responsabilidad era la guerra”, cuenta una mujer cuyo rostro está cubierto por decenas de arrugas y que pasa la tarde sentada a la puerta de su casa junto con otras tres integrantes de la familia. Aunque con velo, como manda la tradición, ninguna lleva el rostro cubierto como tenían que hacerlo hasta hace unos días. “Si nos veían con la cara descubierta teníamos que pagar dinero como castigo”, explicaba.

Las cuatro mujeres, sonrientes y felices de poder hacer algo tan normal como conversar en la puerta de su casa, se quitan la palabra una a la otra para contar cómo ha sido su vida estos años. Los integrantes del EI, locales y extranjeros –muchos acentos árabes diferentes– llegaban algunas veces de madrugada a llevarse los coches. O comida. Algunas veces lo hacían para llevarse a los jóvenes de las casas.

“Cuando regresaban, venían con las manos llenas de tierra y la ropa muy sucia”, cuenta la más joven de las mujeres. Confesaron que alrededor del pueblo se habían cavado muchos túneles, hoy bajo control de los peshmergas kurdos, que tienen a su cargo la liberación de este sector norte del frente de Mosul, aún no totalmente controlado.

A sólo 5 kilómetros de esta población, el EI todavía tiene presencia. Lo mismo sucede en la vecina ciudad de Bashika, que históricamente ha sido habitada en su mayoría por yazidíes. La presencia del EI en la zona queda en evidencia con el sonido de los morteros y los aviones de la coalición. No se ven, pero el ruido está siempre presente.

Un camión kurdo de la división antiexplosivos está estacionado en la ruta de tierra desértica que conduce a Fazliya. No han transcurrido más de dos kilómetros después de abandonar la carretera central que une las ciudades kurdas de Dohuk e Irbil, cuando uno de los militares de esta misión ordena que se detenga el coche en medio de un sector donde las edificaciones que bordean la vía han quedado destruidas, mayoritariamente como consecuencia de los bombardeos de la coalición. La razón de su alerta: han encontrado un explosivo y van a proceder a detonarlo de manera controlada.

Como casi todas las zonas de acceso a poblaciones en manos del EI, esta ruta también quedó sembrada de explosivos. Queda en evidencia por los huecos que han abierto las unidades de desminado. Fazliya ha quedado intacta, pero sus alrededores parecen una fábrica de chatarra. “Una de las razones por las que no nos fuimos cuando el EI escapó fue por miedo a las minas”, nos cuenta Mohamed.

Y más tarde, cuando se sintieron protegidos por los peshmergas, optaron por quedarse a la espera de ver qué pasará. “Ahora esperamos que todo vaya mejor, pues durante mucho tiempo tuvimos problemas para conseguir algo que comer. Sobrevivimos gracias a las huertas y la ayuda que nos dábamos entre todos”, cuenta este hombre, que reconoce que algunos de los que simpatizaron con el EI al comienzo cambiaron de opinión. De los que los apoyaron, nadie quiere hablar.

Las mujeres dan más detalles en su explicación y cuentan que el blanco más fácil eran los jóvenes. “Esperemos que muchos hayan entendido que el EI no era bueno”, dice la mayor del grupo señalando a los jóvenes que la rodean. Cuentan que antes no podían utilizar ropa de color. Una regla que se contradice con la camiseta naranja fluorescente que luce uno de ellos esta tarde. Pero el chándal todavía lo lleva por encima del tobillo, como mandaban las leyes del califato. Si lo deja caer se pisa el pantalón al caminar, se justifica.

“Esa historia –en referencia al EI– se ha acabado”, sentencia la más joven de las mujeres. Ahora es tiempo para que los jóvenes regresen al colegio y vuelvan a la vida normal. Pero a pesar del optimismo los retos son complejos. Los pobladores de esta región de Nínive pertenecientes a otras confesiones han acusado a un sector de sus vecinos suníes de haberlos traicionado. Cuando la presencia militar del EI desaparezca, el siguiente paso será buscar recuperar la confianza perdida y evitar que haya actos de venganza, como ha sucedido en otras áreas liberadas de Irak. (http://www.lavanguardia.com)

“Yo les cortaría las manos”, concluye la mayor de las mujeres.