viernes, julio 1, 2022
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Los carpinteros de la democracia

 

Recuerdo a Juan Este­ban Olivero Féliz como delegado del Partido Reformista So­cial Cristiano (PRSC) an­te la JCE, con su estampa de tribuno capaz de en­cender con sus dotes ora­torias un gran incendio en la plenaria; y, además, con la sagacidad para sor­tear, eficazmente, al filo de la medianoche, la ausen­cia física del documento de aceptación de candida­tura firmado por el doctor Joaquín Balaguer, y depo­sitar—para salir del pa­so—todos los papeles que tenía en el maletín por se­cretaría y al mismo tiem­po, pedir un plazo adicio­nal para depositar “otros” documentos, lo cual le permitió romper el impa­se creado por la expiración del plazo de inscripción.

Recuerdo también, a su digna contraparte, la doctora Sofía Leonor Sán­chez Baret, delegada an­te el órgano electoral por el Partido Revoluciona­rio Dominicano (PRD). De ella se podría parafra­sear el “Elogio de la Mu­jer Fuerte”, que aparece en el libro de los Proverbios 31-10: “Una mujer fuerte, ¿quién la encontrará? Va­le mucho más que las per­las.” Recia, serena y firme; de palabra precisa y cor­tante como un escalpelo. Llegó a ser la voz combati­va de los reclamos electo­rales del partido blanco.

Por supuesto que re­cuerdo, a Reinaldo Pared Pérez, ¿cómo olvidarlo?, Reinaldo adviene a dele­gado por el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), por una parte, con la esencia moral del Profe­sor Bosch, y por otra par­te, la horma jurídica de la impecable abogacía del doctor Ramón Tapia Espi­nal. Su conocimiento le­gal estuvo robustecido por la certeza del sentido prác­tico de una hermenéutica aderezada con sensatez. Su muerte a destiempo deja un vacío en el mundo político dominicano.

El artículo 150 de la Ley Electoral núm. 15-19, dis­pone que: “Todo partido po­lítico reconocido que haya declarado su propósito de concurrir a una elección y de presentar candidaturas podrá acreditar un delega­do, con el sustituto corres­pondiente, ante cada junta electoral, por cada nivel de elección.”

Los delegados de los partidos políticos ante el órgano de elecciones son: los carpinteros de la de­mocracia, porque coadyu­van con la junta en la orga­nización de las elecciones. Y en su mandato partida­rio dejan sentir la sumato­ria plural del criterio y el obrar de los partidos polí­ticos.

Corresponde a los delegados(as) de los par­tidos políticos, entre otras atribuciones, (Art. 153 de la Ley Electoral) la represen­tación de los partidos que les hayan designado ante los respectivos organismos electorales. Toda comunica­ción, petición, reclamación, protesta, impugnación o re­curso, podrán ser presen­tados por mediación de di­chos delegados.

Los partidos políticos tie­nen prácticamente el mo­nopolio de la propuesta de las candidaturas en los dis­tintos niveles a los cargos de elección popular, lo cual los hace imprescindibles para el ejercicio de los Derechos Fundamentales de elegir y ser elegibles.

Estos derechos políticos aparecen en el Pacto de De­rechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas (Art. 25), en la Convención Ame­ricana de Derechos Hu­manos (Art. 23) y por su­puesto, en la Constitución dominicana de 2015 (Art. 22). Sin estos derechos la democracia es una panto­mima.

¡Sin boleta no hay elec­ciones! La propuesta de candidatos está en la pa­peleta electoral la cual contiene el resultado de procesos internos de elec­ción partidaria: primarias, convenciones, asambleas de dirigentes, de delega­dos, encuestas… Armar una boleta para las elec­ciones es una obra que en sí misma resume: fragor, lágrimas, cuotas, conve­niencias, derechos, justicia e injusticias. Los ebanistas de esta proeza de cepillar y clavar las tablas de esa estructura, que es la lista de candidatos para unas elecciones, son los delega­dos de los partidos.

A Olivero Féliz, por el partido del gallo colora­do, le sustituyó en la junta el excanciller doctor Víctor Gómez Bergés, prominen­te hombre público, quien a su vez acumulaba de sobra el talento político de una fi­gura ya curtida como el que más en la política: diplomá­tico, orador, escritor, había ocupado las carteras de In­terior y Policía, Educación y Finanzas, así como Em­bajador ante la Santa Sede, entre otros muchos cargos.

A Henry Mejía, que lle­garía con los años a ser miembro titular de la JCE, lo recuerdo raudo y eficaz como delegado del PRD, batallando con las noveda­des del padrón fotográfi­co a color, la nueva cédula de identidad y electoral, y el voto preferencial, al mo­mento en que esa organi­zación política, era presidi­da por el licenciado Hatuey Decamps.

El caso del doctor César Pina Toribio merece una mención aparte: caballero­so, pacífico y reciedumbre de personalidad. Tenía a flor de labios la opinión de­terminante sobre los asun­tos en los que intervenía. Su palabra era seguida, casi con veneración, por sus co­legas en las audiencias. Ju­rista, profesor universitario, procurador y consultor ju­rídico paradigmático. Res­petuoso, pero firme… in­conmovible diría yo. Buen amigo y cordial con sus ad­versarios, aunque no fueran del PLD.

La figura de Tácito Per­domo, que con los años lle­garía a ser el decano de los delegados políticos ante la JCE, es el resultado de una larga carrera en los asuntos electorales, que comenzó en diciembre de 1962, sus­tituye al doctor Gómez Ber­gés en el 2006, cuando éste pasó a candidato a senador. Su talento matemático, in­teligencia y firmeza, le han llevado a ser durante todos estos años una especie de gladiador en los lances y lu­chas de este mundo. Respe­tado y reformista… a veces temido. De corazón genero­so y veraz.

Ser prudente y conten­der, es casi como ser, a re­comendación de Jesús: “Manso como una paloma y astuto con una serpiente.” A nadie le están pidiendo que no tenga en cuenta que hay que: “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Mucho menos ol­vidar, que la política al igual que la milicia es guerra… y nos recuerda el apóstol Pa­blo que la vida es milicia.

Conocí a Orlando Jorge Mera como profesor de “In­troducción al Estudio del Derecho”, en la Pontificia Universidad Católica Ma­dre y Maestra, había sido yo profesor de Derecho Pe­nal, de su hermana Dilia Le­ticia, siendo ella una de las alumnas más destacadas de la clase.

Ya era una leyenda en sí mismo por su bien gana­da fama entre los profeso­res como destacado alumno de la PUCMM, y por sus do­tes como promesa del dere­cho e hijo del doctor Salva­dor Jorge Blanco, de quien a su vez habíamos sido dis­cípulo en las asignaturas: “Sociedades Comerciales” y “Procedimiento Criminal”, en el recinto de la entonces UCMM, en Santiago de los Caballeros, (1976).

Su dominio de los fun­damentos del Derecho le hacían discurrir con una particular solidez en el ejercicio de la abogacía, en cuya práctica se desta­có notablemente. Indepen­dientemente de sus muchas dotes como jurista y políti­co, deseamos destacar algu­nas de nuestras últimas ex­periencias con Orlando.

Su paso como delegado del PRM por la Junta Cen­tral Electoral, deja un háli­to de nobleza, inteligencia y prudencia, poco común en un ambiente marcado mu­chas veces por el discurso ácido y poco generoso.

Sin dejar de cumplir de manera exigente y te­naz sus obligaciones par­tidarias, debo reconocer que tanto en público como en privado tuvimos de él una colaboración práctica y esclarecida. Se comportó siempre como un hombre institucional.

En unas notas sobre la abogacía escritas por Abra­ham Lincoln, destaca el ex­presidente americano, que independientemente del talento y dominio de la ley, la condición más aprecia­da en un abogado es la “di­ligencia”, es decir, el cum­plimiento oportuno y a pie juntillas de los plazos, escri­tos y presentación de los ar­gumentos de la defensa del caso en cuestión.

Diligencia es argüir a tiempo y a destiempo. Y al decir de Santa Teresa de Je­sús, en “Las Moradas”, una “determinada determina­ción”, que ubica el propósi­to y lo cumple a pesar de to­dos los obstáculos.

Finalmente, este home­naje, a nuestro admirado Orlando, lo hago recono­ciendo, además, su tenaci­dad para que en las últimas elecciones se implementa­ran exitosamente tres figu­ras que resultaron decisivas y que pasarán a la historia: a) los veedores ante la Di­recciones de Informática y Elecciones, b) los observa­dores del escrutinio en las mesas electorales y, c) los observadores de la trans­misión de resultados desde los recintos.

Hermano querido, ¡Des­cansa en Paz! Por: Julio César Castaños Guzmán [Listín Diario]

 

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