domingo, diciembre 5, 2021
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Los puntos clave de la migración haitiana a través de varios países de América Latina (y la interminable ‘exportación’ de mano de obra esclava)

La deriva migratoria de haitianos, que transita penosamente desde Suramérica hasta Norteamérica, tiene su origen reciente en el terremoto acaecido el 12 de enero de 2010. Un temblor que devastó las escasas estructuras del país más pobre de toda América y que reembarcó a los afrohaitianos en una agónica travesía que dura ya casi quinientos años —ni en América Latina ni en el Caribe se conoce mayor desigualdad ni pobreza que la haitiana—. Porque tras surcar el Atlántico presos de los capaces europeos, ahora recorren América forzados por las argollas del neoliberalismo.
Haití, un desastre responsabilidad de Estados Unidos y Europa

Desgraciadamente, Haití es un país históricamente conformado en base a la mano de obra esclava importada —como si fueran especias— para sustituir a los indígenas asesinados por los españoles y fallecidos por las epidemias, un eje que, desgraciadamente, se mantiene casi inalterable desde que hace casi cinco siglos los europeos arrebataran de sus entrañas en África a lo que hoy constituye el grueso de la población actual —el 95% de los haitianos tienen origen africano—. Un acto, tan cruel y perverso como habitual en aquellos tiempos, que pareciera haber condenado a los haitianos a una eterna maldición de trabajo esclavo. Y ello, a pesar de su temprana emancipación —fue en 1804 el primer país en independizarse en América Latina y el Caribe— y de constituirse como el primer país independiente en la historia en anular la esclavitud. Eliminaron la esclavitud, sí, pero las argollas jamás fueron quebradas. 

Tal es así, que la independencia tuvo un coste enorme en todos los sentidos, hasta el punto de tener que pagar a Francia incluso por los esclavos que perdieron los propietarios. Aquella infamia solo fue el comienzo de una esclavitud más taimada, pero igual de inmisericorde: la neoliberal. De hecho, incluso hoy, Haití solo es considerada como mano de obra barata: ese es su gran valor, quizás su único valor. Y por ello fue intervenida por Estados Unidos de forma oficial entre 1915 y 1934 y de forma titiritera durante las tres décadas autoritarias y sanguinarias de los Duvalier —de 1957 a 1986—.

Ni siquiera después de la caída de la dictadura de 'Papa Doc' y 'Baby Doc' desapareció la sombra occidental de Haití, pues Jean Bertrand Aristide se prestó raudo a entregar a su pueblo al neoliberalismo norteamericano a cambio de las mismas corruptelas y prebendas de un dictador, aun cuando sus modales carecieran de menos exabruptos —en 1994 fue repuesto en el cargo gracias a 20.000 soldados norteamericanos—.

Tal ha sido la esclavitud histórica de los haitianos que, en el año 2004, seis años antes del terremoto, Haití ya era un país carcomido por la corrupción, la pobreza, la desigualdad y la violencia que encabezaba los listados más tétricos de índices demográficos, educativos o sanitarios. Un Estado fallido cuyo último episodio, también íntimamente relacionado con Estados Unidos —y su aliado OTAN, Colombia—, ha sido el asesinato de su presidente, Jovenel Moïse, el pasado 7 de julio y cuyo máximo interés sigue residiendo en la mano de obra barata.

Afrohaitianos, mano de obra barata

Aunque la mayoría del flujo migratorio que recorre el continente americano procede de Chile y Brasil, y en menor medida de Ecuador, que en el año 2010 constituyó el país de tránsito de estos, la mayoría de los haitianos que trabajan fuera del país se encuentra en Norteamérica y República Dominicana. Y son de una importancia capital, pues en 2010 enviaron casi 2.000 millones de dólares como remesas al país, lo que supuso más del 30% del PIB del país —ello antes de la emigración a Chile y Brasil y del desastre del terremoto y la cólera—. Así pues, la mano de obra haitiana no solo es explotada en múltiples países —constituye grupos poblacionales de más de 500 personas en más de 25 países—, sino que también sostiene el país.

Por ello, la actual crisis migratoria no solo afecta a los migrantes en sí mismos, sino al conjunto de la economía del país, hasta el punto de que dañar a la migración haitiana es tanto como dañar la economía haitiana.

Y es que Haití es una inagotable fábrica de humanos, de excedentes humanos, principalmente mano de obra generalmente poco cualificada y, por tanto, barata, maleable y explotable, que se exporta como si de bananas se tratara. Una exportación que, además, también afecta a la mano de obra cualificada, pues dos tercios de sus graduados universitarios trabajaban fuera del país ya en 2010, lo que constituye una sangría que, aunque genere réditos considerables, cercena cualquier posibilidad de progreso futuro —en 2010, ya se encontraba el 20% de la población haitiana fuera del país—.
El terremoto de 2010

En este contexto de país desmembrado de trabajadores de diverso grado de cualificación, es en el que debemos enmarcar la desgracia geológica de 2010. Una tragedia en la que, como en casi todo lo demás, poca culpa tienen los haitianos, pues allá donde les esclavizaron antaño se asienta sobre la principal falla de las placas tectónicas de Norteamérica y el Caribe —y, también, en la principal zona de huracanes caribeños—.

Lamentablemente, aquel fatal movimiento de las placas tectónicas demolió las pocas esperanzas que quedaban todavía en pié tras causar más de 220.000 fallecidos, 350.000 heridos y un millón y medio de damnificados. Un desastre natural agravado por una epidemia de cólera que acabó con la vida de 10.000 haitianos más y enfermó a más de 600.000 —tras contaminar una estación de la ONU el principal río de La Española, el Artibonite—.

Antes de continuar, creo que es conveniente señalar, para hacernos una idea de la magnitud de la tragedia demográfica haitiana, que si el terremoto lo hubiera sufrido Estados Unidos, quien hoy maltrata a los haitianos, este habría causado más de seis millones de fallecidos, más de nueve millones de heridos y casi cincuenta millones de damnificados. Visto así, igual los haitianos no merecían ser capturados por la policía fronteriza norteamericana a caballo como si de animales se tratara.
Destino hacia Brasil y Chile, vía Ecuador

Continuando con el análisis, fue tras el terremoto y la epidemia cuando varios centenares de miles de haitianos emigraron a Brasil y a Chile, entonces dos países enormemente atractivos. El inmenso país amazónico respiraba grandes expectativas y necesitaba de ingente mano de obra —para la celebración del mundial de 2014 y los Juego Olímpicos de 2016—; y Chile era, aunque ahora ya cueste recordarlo, el gran milagro económico de toda América Latina y el Caribe, una implacable apisonadora de registros macroeconómicos. Así, llegaron a Brasil más de 140.000 haitianos, que consiguieron la residencia permanente por razones humanitarias, y a Chile más de 180.000 —en total, en Chile residen casi un millón y medio de migrantes, de los que el 12,5% son haitianos—.

Sin embargo, esta tendencia migratoria a Chile y Brasil comenzó a invertirse en 2019 y en 2020 hasta convertirse en una crisis migratoria durante este 2021 por el vagar continental de miles y miles de afrohaitianos. Tal fue el cambio del flujo que, durante los años 2019 y 2020, los haitianos que han abandonado Brasil han sido más numerosos que los que han entrado, lo que no había ocurrido desde 2010 —hasta 2010, países como Chile eran destino de haitianos con niveles de estudio medios y altos—.
Racismo, explotación y violencia

En el caso de Chile, tras los excelsos resultados macroeconómicos, dignos del elogio de cualquier gran político y analista occidental durante décadas, lo que los afrohaitianos encontraron fue explotación, racismo, violencia y enormes dificultades. Una prueba de ello lo encontramos en la quema de pertenencias de migrantes en Idique, al norte del país, en septiembre de este año, donde hasta juguetes o pañales fueron calcinados en una manifestación de 'No+migrantes'.

Y aunque no se puede pensar que la mayoría de los chilenos sean xenófobos o racistas, lo cierto es que los migrantes haitianos no han conseguido integrarse en el país ni regularizar su situación. De hecho, distintos activistas han denunciado que los trámites para conseguir la residencia pueden tardar de tres a cuatro años. Un tiempo que se convierte en una condena, especialmente tras la crisis chilena de octubre de 2019.

Por todo ello, muchos de los haitianos que abandonan el país lo hacen por miedo, ya que, en general, sienten que los chilenos perciben de forma negativa la migración, lo que se ha traducido en maltratos y abusos generalizados. Discriminados por sus orígenes africanos, maltratados por el trabajo precario habitual de cualquier migrante —cuando lo hay— y dificultados hasta el extremo para conseguir la documentación necesaria para residir legalmente en el país, los haitianos comenzaron a abandonar Chile.

En cuanto a la situación en Brasil, aunque comenzó siendo diferente —recibieron una calurosa bienvenida, regularización incluida—, ha terminado por tornarse igualmente sombría, pues el gigante sudamericano ha pasado en una década de un gobierno dirigido por Dilma Rousseff y las expectativas de celebrar los dos eventos deportivos de mayor impacto mundial a un gobierno dirigido por un Jair Bolsonaro embriagado por la hidroxicloroquina y denunciado por la ONG austriaca AllRise por Crímenes contra la Humanidad —por la deforestación de la Amazonía, lo que podría provocar 180.000 muertes—.

Un cambio que parece significativo para que los haitianos no solo no considerasen atractivo el país, sino todo lo contrario —durante 2020 los haitianos pidieron en Brasil 6.613 solicitudes de refugio, un 40% que en el año 2019, a pesar de ser Brasil un país con gran cantidad de afrobrasileños y contar con una mayoría de la población negra, que suma el 49,6%, lo que en principio debería minimizar los problemas raciales o xenófobos encontrados en Chile—. Así pues, los afrohaitianos quedaron, de nuevo, desheredados del mundo y sin saber a dónde acudir.
Rumbo a Norteamérica

Fue entonces cuando emprendieron rumbo al norte, eligiendo una de las travesías más complejas que existen —varios estudios demuestran que las dificultades de desplazamiento de norte a sur del continente fueron claves en la evolución de los pueblos indígenas antes de la conquista—. Lo que demuestra lo alarmante e irreversible de su situación en Chile y Brasil a corto plazo y la enorme esperanza depositada en la llegada a la presidencia norteamericana de Joe Biden tras la salida de Donald Trump.

La esperanza de los desesperanzados no siempre se asienta en lo racional. Por un lado, demasiados pensaron, sin recordar la historia reciente de Estados Unidos o el comportamiento migratorio de Barack Obama, que Biden impondría un enfoque migratorio diferente al de Trump, pero lo cierto es que, más allá de las formas, poco o nada ha cambiado. Por otro lado, se cree que las referencias descontextualizadas de las comunidades haitianas ya asentadas en Estados Unidos y Canadá hicieron el resto, no olvidemos que estos dos países, junto a la República Dominicana, han sido históricamente los mayores receptores de migración —concentrados principalmente en Miami, New York, New Jersey, Boston y Montreal; solo en Estado de Florida habitan 400.000 haitianos—. De ahí que ya en mayo de este año 2021 saltaran las primeras alarmas del flujo migratorio de afrohaitianos hacia Norteamérica, principalmente de los mencionados Chile y Brasil —el 76% procedente de Chile—.

Atascados en Panamá

En general, podemos afirmar que los datos suelen ser un fiable termómetro en cuanto a movimientos migratorios se refiere, aunque no registren la totalidad del flujo. Y al analizar los datos, estos revelan que, aunque el flujo migrante histórico que se desplaza desde el sur al norte del continente ha llegado a superar los 35.000 migrantes algunos años, durante lo que va de año, Panamá ha registrado 46.000 migrantes en la frontera, de los que más de 20.000 son haitianos y sus hijos, muchos de ellos con nacionalidad chilena (3.000) o brasileña (1.500). Unas cifras alarmantes porque es precisamente ahora cuando comienza la época favorable, seca, para abandonar América del Sur hacia el norte del continente —la selva de Darién, en Panamá, constituye la frontera natural terrestre para adentrarse en Mesoamérica—.

De hecho, muchos haitianos han quedado atrapados entre Colombia y Panamá, como los que se encuentran en la selva de Darién o los que se agolpan en Necolí, Colombia, a la espera de atravesar el Tapón de Darién para continuar su penosa travesía hasta Norteamérica.

México, nuevo destino de urgencia

Dadas las dificultades mostradas por los norteamericanos y los acuerdos forzados por Donald Trump durante su presidencia, México se ha convertido en una gigantesca frontera y sus cuerpos policiales y militares operan como si fueran policía fronteriza de Estados Unidos. Además, el principal país mesoamericano también se ha convertido también en lugar de destino —hasta 2019, México era un país exclusivamente de tránsito—. Tal es la situación que se prevé que durante este año 2021 se superen las cien mil solicitudes de asilo, siendo los hondureños los que más solicitudes realizan seguidos de los haitianos —en julio más de 15.000 haitianos pidieron asilo, repartidos en 13.000 haitianos y 1.700 chilenos y 1.000 brasileños de origen haitiano—.

Dejando a un lado los acuerdos migratorios entre Estados Unidos y México, otra de las razones que ha convertido a México en país de destino fue la decisión de Donald Trump de eliminar la restricción de deportar haitianos por razones humanitarias —vigente entre 2010 y 2017—. Debido a este cambio legislativo, muchos haitianos quedaron en la frontera entre Estados Unidos y México, sobre todo en Tijuana, donde habita una comunidad muy importante de haitianos que sobrevive gracias a la industria maquiladora. La dramática situación haitiana es tal que, aunque pueda resultar sorprendente, también existen miles de afrohaitianos en el sur de México, en los estados más pobres, como son Chiapas o Tapachula, sin saber muy bien si continuar o no con la travesía.
La inhumanidad de Estados Unidos y Europa

En conclusión, a parte de las obligaciones en materia de Derechos Humanos que obligan a Estados Unidos y Europa, si analizamos la historia quedan pocas dudas al respecto de la deuda centenaria de estos con los afrohaitianos, un pueblo esclavizado, maltratado, desangrado y expoliado que merecería no solo la atención del mundo desarrollado cuando la naturaleza se ensaña con La Española, sino una reconstrucción integral. Una opción real de futuro más allá de la esclavitud renacentista o neoliberal. Después de casi quinientos años, quizás sea el momento de que los haitianos dejen de ser mano de obra esclava. Por: Luis Gonzalo Segura [RT]

 

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