InicioFirmasLa Doctrina Monroe: de principio defensivo a instrumento de hegemonía

La Doctrina Monroe: de principio defensivo a instrumento de hegemonía

Proclamada en 1823 por el presidente estadounidense James Monroe, la Doctrina Monroe nació bajo la consigna “América para los americanos”, una frase que, en su formulación original, pretendía advertir a las potencias europeas que cualquier intento de recolonización en el continente sería considerado una amenaza para Estados Unidos. En su contexto inicial, el principio tenía un carácter defensivo: Estados Unidos aún no era una gran potencia y buscaba proteger a las jóvenes repúblicas latinoamericanas —recién independizadas de España y Portugal— de una posible restauración colonial. Sin embargo, desde su origen, la doctrina contenía una ambigüedad fundamental: no aclaraba quién tenía la autoridad para velar por América ni en qué condiciones.

Con el avance del siglo XIX y el fortalecimiento económico, militar y territorial de Estados Unidos, la Doctrina Monroe dejó de ser una declaración diplomática para transformarse en un marco ideológico de expansión. La idea de que el continente era una esfera de influencia exclusiva estadounidense justificó intervenciones crecientes en América Latina y el Caribe. Guerras como la hispano-estadounidense de 1898, la ocupación de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, así como la separación de Panamá de Colombia para asegurar el control del canal, evidencian cómo el principio monroísta fue reinterpretado como un derecho de tutela sobre la región.

Esta transformación se consolidó con el Corolario Roosevelt (1904), que afirmó explícitamente que Estados Unidos tenía el derecho de intervenir en los países latinoamericanos cuando considerara que había “inestabilidad” o “mala administración”. Bajo este argumento, se produjeron ocupaciones militares, control de aduanas, imposición de gobiernos afines y protección de intereses empresariales estadounidenses. Así surgieron las llamadas “repúblicas bananeras”, donde compañías extranjeras no solo dominaban la economía, sino que influían directamente en las decisiones políticas, reduciendo la soberanía nacional a una formalidad.

Desde una perspectiva geopolítica más profunda, la Doctrina Monroe consolidó una relación asimétrica entre Estados Unidos y Latinoamérica. Mientras el norte se industrializaba y acumulaba capital, el sur quedaba atrapado en un rol de proveedor de materias primas —café, banano, caucho, petróleo— dentro del sistema económico internacional. Esta división del trabajo no fue accidental, sino el resultado de un orden regional sostenido por intervenciones, presión diplomática y dependencia financiera, que limitó el desarrollo autónomo de los Estados latinoamericanos.

En síntesis, la Doctrina Monroe no puede entenderse solo como una política exterior del siglo XIX, sino como un principio estructurante de la historia continental. Lo que comenzó como una advertencia a Europa terminó convirtiéndose en una justificación de hegemonía. Para Latinoamérica, su legado ha sido una constante tensión entre independencia formal y subordinación real, una herida histórica que sigue influyendo en la desconfianza hacia las potencias y en la permanente búsqueda de soberanía política, económica y cultural. Por: Camilo Psico ·

 

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