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Una masacre mediática y falsa. Lo del 1937 produjo 134 muertes que propagandísticamente se agrandaron a 35 mil, mientras la realidad marcó, que la ciudadanía salvó de la persecución a no menos 15 mil haitianos que huían aterrorizados y se fueron a su país, en tanto sus descendientes y en gran desmentido a la historieta falsa, volvieron a vivir entre nosotros

La novela sangrienta con guion escrito en La Habana, Caracas y San José y reproducido en Nueva York, descubre, que 89 años después, son los mismos dominicanos de generaciones posteriores y de acuerdo con sus fabulas y mitos, quienes las han agrandado a niveles realmente surrealistas.

Y esto así, porque en una sociedad de 1.5 millones de personas como las que vivían en el 1937 en este país, estadísticamente hablando era del todo imposible que hubiese ocurrido una “matanza” de 35 mil personas y que a este día, no haya testimonio cierto de su ocurrencia.

Aún más, para ese año 1937, en este país no había ni veinte mil haitianos ilegales y sí acaso unos tres mil entre Santiago y la capital y el resto en los bateyes y la mayoría, comerciantes y tenderos que viajaban con frecuencia de uno a otro país y los primeros hacia el Cibao y una parte de las provincias sureñas, mientras en la capital dominicana de aquel tiempo, si mil haitianos ilegales vivían, era mucho.

Sin embargo y sin que sea contradicción, cuando se hizo el censo nacional de población y familia de 1920, sí se registraron 36 mil ciudadanos dominicanos de origen haitiano de primera y segunda generación y quienes para nada tuvieron que ver con los hechos del 1937.

Todo se inició, cuando la senadora por Montecristi, Isabel Mayer y haciéndose eco de la supuesta “alarma” de comerciantes de la ciudad de Santiago y en la línea noroeste, de que “los comerciantes haitianos nos llevarán a la quiebra y que el gourde circulaba como moneda a la par del peso oro”, llevó a Trujillo a tal encargo y el que en principio, el dictador desestimó por poco realista.

Pero como el hombre fuerte estaba en una serie de “revistas cívicas” por toda la frontera, Mayer no dejó de insistir, cuando la actividad llevaba tres días y en un almuerzo festivo con libación de bebidas alcohólicas, en Elías Piña, aguardó y junto a otros contertulios previamente aleccionados por Meyer, quienes a jura de Dios le hicieron ver a Trujillo “el muy grave problema que significaban las actividades de esos comerciantes y tenderos haitianos”.

Al insistir y Trujillo en tragos, este preguntó “¿y qué es lo que ustedes quieren que yo haga” ?, teniendo de respuesta, que el gobierno fuera drástico y los expulsara a todos con el auxilio del Ejército. Entonces, Trujillo y más para quitárselos de encima que otra cosa, decidió que actuara la fuerza de guarda campestres cañeros -institución para militar que imponía el orden en los campos de caña de azúcar- donde sí había empleados (braceros) haitianos.

Dado que los incitadores lograron su objetivo y Trujillo, ocupado de su recorrido y con rumbo a otra ciudad más al sur de la frontera, Bánica, Mayer y su grupo se volvieron de inmediato a Santiago y desde allí prepararon los pormenores de la materialización del mandato.

Como siempre ocurre en tales casos, una cosa es quien da la orden, otra el que la recibe y otra, como la interpreta quien daría la orden a terceros e iniciada su materialización, lo que hubo, fue una actitud insensata de manipulación emocional con excesos de nacionalismo, que con la difusión “boca a boca” que se produjo, arrojó en menos de 24 horas, 134 muertos.

Entonces ocurrió lo propio de la época, que “Radio Bemba”, el rumor público,  agrandó el suceso y cuando se vino a ver, no menos de diez mil dominicanos abandonaron sus hogares para defender las vidas de cerca de 15 mil haitianos que vivían en las propiedades de dominicanos gente de campo y quienes raudos, ante la incertidumbre, salieron con ellos  a escondidas de los guarda campestres y para sacarlos clandestinamente hacia Haití y gracias a ese comportamiento, la “matanza mediática” no llegó ni a mil individuos y que cesó cuando Trujillo y ya en Azua, rumbo a la capital, dio la contraorden y entonces, solo entonces fue, que el Ejército actuó y para parar en seco el accionar violento de los guardacampestres.

Por lo tanto, en líneas generales hay que decir. Pero ya era tarde en materia del escándalo mediático internacional y este, azuzado por los dominicanos antitrujillistas que se movían entre Nueva York, San José de Costa Rica, La Habana y Caracas, quienes sobre dimensionaron para fines políticos lo que pudo haber sido una gran tragedia y que no duró ni tres días.

Para colmos, la falsa cifra “oficial” de 35 mil muertos, salió de la boca del mismo Trujillo, quien llevado de un fervor nacionalista irracional, cuando un reportero del Times de Nueva York le preguntó en rueda de prensa, respecto a que tenía que decir sobre informes que hablaban de 20 mil muertos y el dictador poniéndose en pie de un salto, respondió: “20 mil, no; 35 mil” y ahí quedó la cifra para la posteridad.

En descargo debe decirse, que si esa cifra hubiese sido real y para un país de un millón 500 mil habitantes, lo menos que debió de haber sucedido, era que para los años posteriores, muchos cadáveres hubiesen sido desenterrados de tumbas clandestinas y lo que nunca ocurrió y que en sí,  es el gran desmentido.

Pero ya la política se metió de por medio, la cifra la dio Trujillo y el exilio la utilizó agresivamente y lo más lastimoso, comprobándose, que las voces mentirosas que más porfiaron para para dar como un hecho aquella falsía, fueron siempre de dominicanos.

Ante la magnitud de la cifra, ni que decir, que cancillerías y organismos internacionales la reprodujeron hasta el infinito. Trujillo quedó “como el más sangriento dictador del Caribe” a quien se le exigían reparaciones y comenzando por el gobierno haitiano presidido por el abogado Stenio Vincent, que aprovechó al máximo, la ocurrencia.

Hubo fallas en la defensa dominicana, los negociadores no defendieron correctamente la posición del Estado y dándose el resultado, de cerca de 750 mil dólares de reparación “a las víctimas” y que fueron a parar a funcionarios civiles y militares haitianos y lo peor, para los intereses nacionales, se entregaron casi 8 mil kilómetros de territorio dominicano de la zona fronteriza en su parte noroeste.

De cara a la historia, quedaron historietas noveladas y como esas que hablan de 24 mil a 75 mil muertos dentro de una supuesta población haitiana en el territorio nacional de 64 mil haitianos y que como son cifras abultadas grandemente, no hubo ONU  u OEA ni Corte Internacional que condenara a las autoridades dominicanas y por una sola razón, que era simplemente imposible en materia de estadísticas, que en un país de un millón quinientos mil habitantes y con un nicho no mayor de 25 mil haitianos y si se quiere exagerar, estos hubiesen podido ser asesinados y téngase en cuenta, que hablamos de no menos el uno por ciento de la población.

En consecuencia, la nación no fue condenada y el gobierno menos. Pero a Trujillo se le quedó el título del “dictador más sangriento” y hasta ahora, que dominicanos de otras generaciones repiten como gallaretas y sin ponerse a calcular el hecho, dentro de la perspectiva racional de cuantos habitantes había al 1937.

Ilustrémonos y también a los lectores, solo ofreceremos los siguientes datos y que nacen de la siguiente pregunta: Si fue verdad y como dicen los antitrujillistas, que Haití perdió miles de los suyos en el 1937. ¿Cómo es posible que en el lapso del 1937 al 1961, que son 24 años, de Haití vinieron trabajadores y familias por cerca de 50 mil personas y que del 1961 al 2026, supuestamente ya hay más de un millón de haitianos? Y lo que de suyo desmiente, que de esta nación, gente suya hubiese asesinado a 75 mil haitianos y como dice Wikipedia y lo que significaría, que un uno por ciento de la población haitiana había desaparecido. ¿Quién de un país que hubiese experimentado semejante situación, tendría ánimos para vivir en el que causó semejante tragedia?

Los dominicanos de estos últimos 65 años deberían aprender a no ser tan lenguas sueltas y ser tan maledicentes con su misma nación y sí tener dignidad y amor a su patria y siempre y sin importar las circunstancias, defenderla. En esto deberían aprender de los haitianos. Pero lamentablemente, los dominicanos de ahora no son ni por asomo, iguales a los de los años 1920 al 1961 en materia de amor y defensa del honor e imagen de su patria. Y por eso que hayan quedado «testimonios» de cerca 200 libros repitiendo la falsedad y sin nunca advertir sobre el factor poblacional y lo que se produjo para deshonra de los panfletistas dominicanos a quienes no les importó mancillar y por odio a Trujillo, el buen nombre, imagen y prestigio de su patria.

En resumidas cuentas, lo que ha habido, es una masacre mediática y falsa. Lo del 1937 produjo 134 muertes que propagandísticamente se agrandaron a 35 mil, mientras la realidad marcó, que la ciudadanía salvó de la persecución, a no menos 15 mil haitianos que huían aterrorizados y que se fueron a su país, en tanto sus descendientes y en gran desmentido a la historieta falsa, volvieron a vivir entre nosotros. Con Dios. (DAG) 06.02.2026

imagen: presidentes, Trujillo y Vincent

última actualización: 09:44 am.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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