A los de mi generación, durante años nos dijeron que el camino hacia la respetabilidad económica consistía en estudiar, trabajar, ahorrar, comprar una casa, formar una familia, cambiar el coche cada cierto tiempo y mirar con condescendencia a quienes seguían viviendo de alquiler pasados los treinta. Ahora, a las nuevas generaciones se les ha entregado el mismo manual, pero con un entorno muy diferente, así que se quejan de lo difícil que es llegar a final de mes, ahorrar para comprar una vivienda o simplemente de la precariedad laboral que les impide diseñar un proyecto de futuro.
España tiene una de las tasas de emancipación juvenil más bajas de Europa con el 85% de los menores de 30 años viviendo con sus padres y, sin embargo, las ciudades acumulan listas de espera en restaurantes, hoteles completos cada fin de semana y una industria del ocio que no para de crecer. A primera vista parece una paradoja, pero tiene una lógica psicológica coherente, donde ese gasto corresponde a una reconfiguración del sistema de recompensas del individuo ante una serie de metas que están bloqueadas, como es el caso de la compra de una vivienda, que fue durante décadas el principal marcador del éxito de toda una generación.
Cuando ahorrar deja de ser una escalera hacia la vivienda y se convierte en una cucharilla para vaciar el océano, el incentivo al sacrificio se debilita ya que muchos han dejado de creer que ahorrar cambie realmente su destino. Por eso, si un joven calcula que, incluso renunciando a cafés, vacaciones y vida social, tardará 15 años en reunir la entrada a una vivienda mientras los precios siguen subiendo, renunciará a vivir como un monje, pues si el futuro está cerrado, el presente se expande psicológicamente. En economía conductual, se habla del descuento hiperbólico donde el cerebro descarta la recompensa futura inalcanzable y prioriza el placer de hoy.
Y cuando alguien no puede definirse por lo que posee, lo hace por aquello que comparte y por las experiencias vividas, donde la cena con amigos, las escapadas de fin de semana por Europa, el concierto o el spa, se convierte en símbolo de estatus, que además funcionan como micropropiedades emocionales que no aumentan el patrimonio ni se inscriben en el Registro de la Propiedad, pero sí en la memoria.
A este efecto podríamos llamarlo la trampa del inquilino, una jaula donde se vive atrapado sin ingresos en casa de los padres o en un alquiler tan alto que impide ahorrar lo suficiente para dejar de ser inquilino, pero tampoco logra convertirse en propietario porque el sistema le exige una entrada que se aleja más rápido de lo que él puede ahorrar. Es como correr detrás de un tren que, además de no esperarte, sube el precio del billete cada vez que te acercas al andén.
A esto se suma un cambio cultural profundo donde las nuevas generaciones no parecen dispuestas a aceptar sin más la vieja consigna de vivir para trabajar, aguantar horarios eternos y sacrificar juventud a cambio de una promesa de estabilidad futura cada vez menos creíble. Han visto a sus padres endeudarse durante décadas, sobrevivir a crisis financieras, rescates bancarios, inflación, precariedad y reorganizaciones empresariales con nombres elegantes. Han aprendido que el esfuerzo no siempre garantiza recompensa, que la fidelidad a una empresa puede terminar en un despido colectivo y que la vivienda, antiguo refugio de seguridad, se ha convertido en un activo de inversión para unos y en una montaña imposible para otros.
No estamos solo ante un problema de vivienda y salarios, sino ante un cambio silencioso de valores pues cuando una generación deja de creer que el esfuerzo y el ahorro garantizan progreso, el presente deja de ser una tentación y se convierte en refugio, y ahí el restaurante gana por goleada a la cuenta vivienda. (La Razón-juan carlos higueras)





