Cuando se deja de lado el punto de vista emotivo hijo del impacto que una personalidad fuerte como la del presidente de EEUU, anteriormente exitoso entrevistador y productor televisivo de su reality show “el aprendiz”, produce con su terrible carga de ego sobredimensionado, hay que reconocer, que en lo que respecta al plano interno estadounidense, este presidente está haciendo lo correcto pretendiendo reencauzar a su país, aunque con el peligro, de que eventualmente su carácter le lleve a distorsionar el ejercicio presidencial democrático y por uno de dictadura personal abierta y de autoritarismo absoluto de cara al exterior.
¿Por qué de la aprehensión?, por las flaquezas de la misma naturaleza humana, pues cuando el público y los subalternos en sentido general y tanto en el plano civil como en el militar, comienzan a entender que se está ante un presidente nada común, de posturas fuertes y lo suficientemente acostumbrado a mandar y hacerse obedecer a lo inmediato, automáticamente el trato social desaparece y el temor cunde entre los subalternos.
Debido a semejante comportamiento y tanto de todos como del personaje, siempre es factible que ocurra, que los del gobierno y desde el primero al último burócrata, se transforman en dóciles individuos y quienes llegado el momento debe pensar bien lo que dirán y con tal de no recibir una reprimenda pública.
Y ese temor a lo que el presidente interprete sobre cómo se le dicen los hechos, aparte de lo otro, de que él entienda de una manera que se corresponda a lo que se quiso decir y tal como la historia de la humanidad lo reseña, ese tipo de personalidad fuerte y absorbente, incapacita emocionalmente a los demás a tener juicio lúcido a la hora de que se pregunte su opinión y que como ha sucedido en toda cultura o nacionalidad, hacen fracasar al débil o emerger como figuras claves a quienes son atrevidos y desprejuiciados y por eso de la aprehensión de tantos, respecto al festival o coreografía de políticas extremadamente agresivas que este tipo de personalidad política suele presentar.
Desde luego, no dudamos, que para una personalidad pública tan apabullante como Trump, y lo que podría parecer contradictorio, ese rasgo suyo es su mejor carta bajo la manga y con el riesgo, de que todos los subalternos le tengan miedo y ahí su punto débil, que no le permite captar la parte positiva de lo que se le diga.
Ahora bien, la experiencia dice, que el mejor auxilio frente a personalidad tan temperamental, radica, en cuanto a que el personaje sepa escoger la parte de asesores permanentes y que tengan en común, que todos posean mentalidades geoestratégicas y que para un líder planetario como lo es el actual presidente de EEUU, es determinante para que sus asesores les den las características realistas y pragmáticas de lo que quiera el presidente y sin temor a que se moleste o que al asesor se le pudiera despedir.
Justo por ello es, que han ocurrido ciertos tropezones y algunos, inquietantemente no salvables y los que terminan dando la peligrosa imagen de que no haya alternativa posible de corrección.
Por ejemplo y por no tener de este tipo de asesor de mentalidad geoestratégica, lo de Venezuela se convirtió en un callejón sin salida y peor en lo relativo a Irán, donde por carecer de informaciones correctas y adecuadas, Trump luce ahora y por culpa de sus asesores-burócratas, penosamente entrampado y también y lo que hay que decirlo, que por su carácter tan impetuoso, se ha labrado la mala fama de ser un presidente estadounidense que no respeta a nada ni a nadie y que es la razón, de que ahora todos los gobernantes europeos no saben que hacer o que decir, frente a un Trump que cada día da muestras de despreciarles y hasta haciéndolos sentir indignos de su trato y atención.
Con tal política, el presidente que de ese modo actúe, se autoaisla automáticamente de todos los que gobierna o de los gobiernos extranjeros que desean escucharle y colaborar. En consecuencia, el resultado de este comportamiento se observa en el desastre del giro que ha tomado la alianza EEUU-Israel y lo peor, que el estado sionista ha logrado que el mundo entienda, que es Tel Aviv quien dirige la política estadounidense en sentido amplio y en lo particular, con la ya muestra de guerra de fracasos ocultos desde el lado judío.
Así ha ocurrido, que en esta materia se ha llegado a un punto, de que se impone un alto racional y para evitar que la sinrazón de histeria descontroladas se apodere de los actores principales y entonces se llegue a una guerra global que afecte a la humanidad entera y porque después de lanzada no tenga marcha atrás.
Si la situación se interpreta desde la noción positiva interna de que Trump ha estado haciendo una gran política de reorientación y reconstrucción institucional tan extraordinaria, que ya lleva ahorros logrados en reducción de personal e instituciones innecesarias y nada menos que teniendo un ahorro por el orden de los 600 mil millones de dólares y en lo que cuenta con apoyo cierto y extremadamente realista del extraterrestre Elon Musk, magnate tecnológico global por demás, debería de entenderse y desde el punto de vista estadounidense, que Trump es lo mejor que le ha ocurrido a la política estadounidense de los últimos 60 años.
Desafortunadamente, su recio carácter no ayuda a que todo el mundo le vea de manera tan positiva, mientras que en el exterior, lo que todos los demás gobernantes hacen es guardar distancias y no porque quisieran pelearse con él, sino porque sencillamente no lo entienden y que es el otro aspecto que pocos se han detenido a pensar. El lector sabe lo que es, ¿qué este hombre ha generado un grado de inquietud generalizado, que cuando los poderosos se despiertan, buscan con ansiedad los boletines noticiosos y para ver si a algunos de ellos la verborrea trumpiana les ha tocado?
Eso no puede ser. Pues cuando las personas y poderosas en sus respectivos ámbitos le tienen miedo a otra que se entiende superior a los demás, ocurrirá lo que siempre en este cierre de una sociedad democrática a otra totalitaria y represiva y donde la verdad huye con la imposición de la autocensura y que cuando sucede y que ya está ocurriendo y no solo en EEUU sino también en muchos países donde las grandes empresas tecnológicas estadounidense y creyendo que ayudan a su presidente, imponen la censura generalizada.
Generalmente por maquinaciones de los gobiernos de esos países y olvidando, que es ahí, que se presenta la tumba de lo que debería de ser una buena gobernanza, pues cuando no existe la opinión libre, el gobierno que sea, camina a tropiezos insalvables y al cubrirse con una cortina de silencios, lo único que hace, es que un presidente se convierta en un déspota, al que ciego, es manipulado por los suyos y por dinero y propaganda. Abinader es la muestra más patética.
Entonces y al razonar sobre este particular en lo referente a la conducta de Trump, los dominicanos tenemos un inmejorable ejemplo de conducta cierta y nada agresiva, aunque sí letal en sus resultados específicos, de una embajadora estadounidense, como Leah Francis Campos, con experiencia en inteligencia y política y cuya misión es buscar fortalecer la cooperación bilateral, la inversión y la seguridad entre ambos países y sin irritar, sin amenazar y tampoco imponerse.
Pero sí con un sentido tan agudo del factor oportunidad y las relaciones públicas, que tanto es bien vista por su calculado fervor católico como por su astuta manera de ganarse a la población presentándose como la chica buena que no le importa ir al público y compartir con la gente y como hiciera ayer, al visitar en el barrio capitaleño de San Carlos, a un gran colmadón y que fácil, entra a los medios de comunicación y sobre todo en las redes sociales y como la hija o hermana que todos quisieran tener. Trump debería aprender mucho de ella.
Pues parecería que detrás de la democracia totalitaria de Trump, se encuentra un hecho determinante: Quiere salvar a su país del desgaste institucional, que impide, que su clase gobernante vuelva a ser una de racionalidad y sentido común, pero al precio, de que el resto del mundo le tenga miedo. Con Dios. 28.03.2026
última actualización: 10:04 am.





