InicioEntretenimientoJudíos y musulmanes: un recorrido histórico hasta llegar al odio

Judíos y musulmanes: un recorrido histórico hasta llegar al odio

En la Granada del siglo XI había muchos prejuicios, pero también entendimiento y convivencia entre religiones. Tal es así que un judío podía escribir poesía hebrea, ostentar un puesto influyente en política y dirigir tropas de un reino musulmán, como fue el caso de Samuel ibn Naghrela. Aunque a ojos de hoy parezca ciencia ficción a la hora de contemplar las relaciones entre judíos y musulmanes. Basta esperar una generación para que todo el cuadro cambie.

Su hijo Joseph, también visir, fue asesinado en 1066 en una masacre que arrasó la comunidad judía granadina, y entre ambos hechos circula buena parte del relato que el autor quiere dejarnos aclarado: entendimiento cultural, colaboración política y una protección que podía resquebrajarse.

Baer, profesor de Historia en la London School of Economics y autor de «Otomanos. Kanes, césares y califas», recorre en «Hijos de Abraham. Historia de la relación entre judíos y musulmanes» (Desperta Ferro Ediciones) catorce siglos con una ambición muy atractiva y altamente compleja, ya que extrae el pasado de las guerras del presente.

Si aquello era posible, ¿cuál es la pregunta que deberíamos hacernos hoy? Navega en dos relatos plagados de certezas: en uno imagina la buena convivencia y la falta de prejuicios derruidas por la modernidad…, y en el otro nos ilustra con una enemistad permanente en la que cualquier acercamiento parece impensable. Solo así nos ahorra el trabajo de poder entender algo. Un poco de paz que, aunque se gastara, siempre dejaría ese pozo de concordia.

La historia de los Naghrela no da lugar a reduccionismos. El ascenso del padre demuestra que las fronteras religiosas eran porosas, mientras que el asesinato del vástago revela que aquella armonía tenía condiciones. No obstante, hay que leer con pies de plomo la explicación de tal situación, pues, si la hostilidad hacia Joseph se nos muestra como respuesta a su arrogancia y a su acumulación de poder, el relato corre el riesgo de adoptar el punto de vista de los perseguidores. ¿Qué estructura hacía posible que el rechazo a un ministro se convirtiera en violencia contra toda una comunidad? ¿Acaso la precariedad era endémica en el sistema?

Baer insiste en que tolerancia e igualdad significan cosas diferentes. Bajo el régimen de la dhimma, judíos y cristianos –ambas religiones «del Libro»– podían recibir protección, conservar su fe y desarrollar actividades económicas, sujetos tanto a impuestos como a restricciones.

Ese régimen resultaba comparativamente favorable frente a determinadas persecuciones de la Europa cristiana, pero la protección no eliminaba la subordinación jurídica y social. El problema empieza cuando el concepto «tolerancia» nos invita a introducir derechos y expectativas que no correspondían al marco jurídico de aquella época.

La convivencia se hace más tangible cuando salimos de los palacios y escuchamos los poemas. En al-Ándalus, autores judíos como Yehuda Haleví y Salomón ibn Gabirol emplearon metros y géneros de la poesía árabe para escribir en hebreo. La cultura del vecino permeaba la propia lengua, la transformaba y engrandecía.

 Varios versos religiosos siguen formando parte de la tradición litúrgica hebrea. Ya no es una abstracción, es un baile de ritmos y herencia cultural. Las comunidades eran religiosamente distintas, pero compartían las mismas armas verbales y sinestésicas para expresar sus emociones.

De igual forma, los judíos se sirvieron del árabe para comentar textos sagrados y elaborar obras tanto filosóficas como teológicas. Eran simbióticos –como señalara S. D. Goitein–, y eso resultaba fecundo, pues les permitía mirar más lejos de la dicotomía entre persecución y hospitalidad. Si alguien adopta el ecosistema de una lengua participa del universo compartido de las discusiones y las posibilidades de entendimiento.

Un mundo compartido

Quien adopta una lengua participa en un universo de discusiones, referencias y posibilidades. Sin embargo, la interdependencia precisa concretarse. ¿Quiénes eran partícipes? ¿En qué lugares? ¿Bajo qué gobernantes? Esto daría datos sobre quiénes pudieron suavizar las desigualdades o las limitaron. Maimónides y otros representantes de aquella cultura medieval tienen poca cabida en estas páginas, mientras que el siglo XX acapara muchos capítulos. Demasiada urgencia en responder a la actualidad, que le corta el aliento al libro. Si la obra intenta liberar catorce siglos de conflicto, quizá hubiera sido más interesante continuar como arranca.

No contarlo todo y al mismo tiempo, sino adoptar una pausa para saber cómo pensaban, trabajaban, discutían y oraban en aquel mundo compartido. Reclamar la convivencia precisa más páginas que la ruptura; los protagonistas merecen ser algo más que los ancestros de la ruptura actual.

El recorrido otomano ofrece otra ocasión para desmontar recuerdos cómodos. El refugio que encontraron judíos expulsados de la España católica suele funcionar como prueba definitiva de una hospitalidad excepcional. Baer enfrenta esa memoria con crónicas otomanas que representaban a determinados judíos como figuras de corrupción o como subordinados que habían sobrepasado su posición.

La acogida y el prejuicio podían coexistir. Ese contraste es uno de los aciertos del proyecto: obliga a preguntar quién cuenta una historia de salvación y para qué. El Struma (barco que transportaba a cerca de 800 refugiados judíos que huían de la persecución en Rumanía con destino a Palestina en 1941) introduce un hecho más oscuro. Permaneció bloqueado en Estambul y fue remolcado de vuelta al mar hasta hundirse por culpa de un torpedo, con un único superviviente. Turquía no era tan «salvadora» de los hijos de Abraham.

Con la expansión colonial europea cambia el juego. En Argelia se alteró la convivencia entre las dos religiones, provocando un acceso desigual a la ciudadanía. Un retroceso en el que Europa mete las narices para jerarquizar. Este es uno de los puntos categóricos del volumen, pues nos hace comprender que las identidades se transmutan con leyes y oportunidades. Y todo deriva en emancipados y sometidos.

Reconocer el papel del colonialismo no debería convertir a judíos y musulmanes en personajes que se limitan a reaccionar ante decisiones del Viejo Continente. Ellos también fueron responsables de elegir, discrepar y perseguir sus propios intereses. Igual sucede con los nacionalismos, que ayudan a entender la ruptura del entendimiento anterior, pero no explican lo sucedido en cada país. Baer resulta convincente cuando las historias individuales complican su argumento; menos cuando intenta ilustrarlo.

En Basora, en 1941, encontramos uno de esos episodios que impiden ordenar el pasado en cajitas pequeñas. El autor cuenta cómo notables musulmanes frenaron la violencia contra los judíos apelando a la antigua obligación de protegerlos. La dhimma, una institución jerárquica, podía seguir ofreciendo un lenguaje moral contra la persecución incluso después de perder vigencia jurídica.

 El ejemplo incomoda. Las prácticas heredadas podían alimentar respuestas solidarias, y la modernización política no garantizaba seguridad. Una historia capaz de explicar una contradicción sin una moraleja balsámica que pretenda explicárnoslo todo.

El presente hace más complejo el entendimiento del desencuentro. Al llegar a los ataques del 7 de octubre y la guerra en Gaza, las páginas avanzan por un terreno pantanoso plagado de responsabilidades a diestro y siniestro. Habría que tener precaución al distinguir entre los hechos acreditados y las versiones de parte. El equilibrio no pasa por reproches y sufrimientos porque la simetría es imposible de lograr. La compasión hacia los muertos es compartida, pero las responsabilidades requieren algo de sosiego geopolítico y cultural. Es pronto para conclusiones.

Después de atravesar siglos, dinastías y sociedades muy distintas, el lector desemboca en una actualidad que amenaza con convertirse en explicación retrospectiva. El pasado corre el peligro de aparecer como el inevitable camino hacia Gaza. Es la trampa que el proyecto debe evitar. Las relaciones entre ambas comunidades desbordan el conflicto israelí-palestino.

El libro suma cuando conserva esa mira y muestra vidas que no caben en identidades políticas estancas…, y pierde músculo cuando la urgencia del presente nos pone orejeras después de haber conocido el cielo despejado de años anteriores.

Pasado armonioso

Los agentes de diálogo y las alianzas políticas interesan, pero el lector quiere saber qué capacidad tienen para modificar la situación del actual enfrentamiento. El optimismo histórico convence más cuando explica sus dispositivos. Para colmo, la abundancia de nombres y enclaves exige paciencia, por lo que el mismo capital que enriquece la obra entorpece su lectura.

El libro devuelve a judíos y musulmanes a un pasado más armonioso y rico que el actual sin culparles de un presunto ADN de violencia permanente. Los versos, los visires, los refugiados y los hombres y mujeres que se protegieron no nos muestran comunidades instaladas en el odio.

Baer recupera un proverbio sefardí y palestino que alterna días de cebolla y días de miel. La imagen sintetiza el recorrido siempre que no disuelva el dolor en una sabiduría servicial. Hubo convivencia y también violencia. Comprender cómo convivieron permite enunciar una pregunta: ¿qué decisiones hicieron posible la convivencia y cuáles hicieron saltar todo por los aires? La Razón. ángeles lópez.

imagen: foto de un judío y un palestino besándose en Jerusalén es furor en Instagram

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