Todos escuchamos a los expertos demográficos llenarse sus bocas hablando doctoralmente sobre “lo beneficioso” de que esta nación tenga una abrumadora mayoría de juventudes y puntualizando, que de cada 100 dominicanos, 80 son jóvenes. Pero para nada advierten a las autoridades, que ante semejante fenómeno, se impone una política represora del delincuente y con métodos firmes para enfrentar la delincuencia juvenil.
Al no hacerse las advertencias pertinentes y las autoridades haber quedado estacionadas en las décadas de los años setenta, ha resultado, que por un lado, la policía se ha convertido en el peligroso nicho de delincuencial que funciona como el principal ente colaborador de la delincuencia juvenil, en tanto el aparato de justicia insiste en tratar al delincuente juvenil como joven y no como adulto de acuerdo al nivel de sus crímenes y los ciudadanos adultos y junto a los envejecientes, han preferido acobardarse y no exigir correcciones.
Pero al mismo tiempo y esto es lo más grave, no hay contrapesos en la sociedad misma para enfrentar el delito en sentido amplio y en los mass media se tiene la endemoniada tendencia de promocionar veladamente al delincuente juvenil y lo que se observa marcadamente en los lupanares mediáticos en las redes sociales.
Debido a todas estas fallas morales y formativas que hablan del fracaso de la familia como tal, las páginas amarillas de los matutinos reflejan la composición exacta de la criminalidad actual y a la que se agrega, lo nuevo, de expolicías y miembros de organismos de seguridad privados, actuando en paralelo como nicho de criminalidad parda y oculta, que le da fuerza militante a esta nueva ola de delincuencia social que arropa todas las instituciones y organizaciones de la sociedad civil.
Precisamente y porque una parte de los individuos e instituciones llamados a contrarrestar la delincuencia son las herramientas que facilitan el ámbito de delincuencia que se vive, estos no hacen absolutamente nada para reestablecer el espíritu de orden y civilidad y por lo que parecería, que la sociedad y las instituciones públicas han claudicado ante las diversas formas de criminalidad existente.
De esta manera se tienen tres brotes de antisociales: La población joven hija de dominicanos residentes en EEUU y de hijos de estos como estadounidenses de origen dominicano, que identificamos como miembros del estado fantasma: Dominicanyork Republic cuya capital es Nueva York; la población carcelaria que ahora se desenvuelve ordenando robos y crímenes por vía electrónica y en sociedad con excriminales libres después de “cumplir castigo frente a la sociedad”; la parte de la población castrense -militar y policial- reconvertida en delincuencia pura y firme y lo nuevo, del brote delincuencial dentro de la población haitiana flotante, la mayoría conformada por ilegales.
A lo anterior, está lo peor y más grave, que el Estado Dominicano es la peor muestra de estado delincuente que se vive y en el que los funcionarios y empleados públicos y en gran mayoría, utilizan las herramientas de las leyes para vulnerar los derechos de los ciudadanos, robarse propiedades privadas o lo más sofisticado, que el Poder Ejecutivo declara de “utilidad pública” miles de propiedades y en particular rurales y sin cumplir con el mandato legal, de antes de expropiar, pagar el justo precio por cada una de ellas.
¿Resultado? La delincuencia política y conformada como partidocracia, ha establecido una especie de estado paralelo desde el Congreso Nacional y también en colusión con el Poder Ejecutivo y hablamos de todos los gobiernos desde el 1966 a la fecha, que han utilizado sus prerrogativas para conculcar derechos y robar propiedades públicas y privadas, controlar los presupuestos públicos y sus áulicos convertirlos en suplidores del Estado e imponiendo una situación tan grave de ilícitos continuos, que al final, lo único que han logrado, ha sido que la impunidad cunda por doquier y que las personas desalmadas y tanto en cargos públicos como en posiciones privadas en el comercio, la industria, el turismo y la banca se han conformado como el sumun de la delincuencia organizada desde el poder.
De esta manera y a grandes rasgos, la población y la sociedad son reos de toda esta reconversión amoral del estado de derecho y reconvertido en estado delincuente y por eso las autoridades políticas gubernamentales, políticas partidarias y políticas empresariales y las políticas mediáticas han transformado a la nación y desde inicios de 1979, en una de ladrones, corsarios y piratas, donde parecería que no hay otra ley que aquella que todos esos delincuentes dictan.
¿Habría que extrañarse de que la mayoría de los menores de edad conformen el terrible ámbito de delincuencia juvenil organizada que ahora existe y que actúa incontrolablemente y con apoyo oficial? ¿O que la honestidad, la integridad moral y el respeto a sí mismo, ya no son las prendas morales de valer?
¿Cuántos son los partidos políticos que tienen políticas dirigidas a rescatar a la juventud y contribuir a la formación cívica y moral y ni siquiera de sus militantes?, ¿Cómo explicar las groseras políticas de asistencia social populista, sino como las muestras palpables de que el aparato político incentiva las asistencias sociales y para patrocinar la degradación social y como empuje para que la delincuencia aumente?, ¿Cómo justificar un poder judicial de jueces y fiscales, coludidos con el crimen y la corrupción?, ¿Qué decir de esa alta burocracia pública y en los organismos descentralizados, que solo con sus planes de incentivos y en líneas generales, son la muestra incalificable de ausencia de equidad, incentivo a los privilegios desorbitados y al fomento de una terrible delincuencia de cuello blanco que no repara en preparación técnica o intelectual y solo sí en saber medrar y ser sumiso ante el superior y corrompiéndose a más no poder?
Cuando de todo este escenario amoral se hace una radiografía social descriptiva, de inmediato se entiende, el por qué este país ha sido convertido y por su misma gente y parte de los extranjeros que en el viven, en el peor antro de robo, prostitución, drogadicción, saqueo, retroceso moral y teniendo ahora como muestra, a ese PRM y sus aliados, exponente de la compañía por acciones del dolo, robo y corrupción desde el poder.
A nuestro modo de ver, parecería pues, como si los dominicanos nos hubiésemos convertido como parte del cieno amoral que se vive, mientras desde la partidocracia se socava cada vez más el orden institucional y legal y el gobierno y no el que sea o haya sido, sino el actual, solo está en reelegirse y perpetuarse en el poder y como ya tiene la experiencia de estar en el poder en base a dos elecciones fraudulentas, es evidente, que poco le importaría hundir más a la República en el descalabro general y moral de las instituciones.
Con razón entonces, de que la delincuencia juvenil (10-17 años) ha acorralado a la sociedad y aterroriza a la población adulta envejeciente y la policía con los mismos métodos delincuenciales de 40 años atrás. ¿Nos hundimos definitivamente? Con Dios. (DAG) 14.03.2026
última actualización: 10:00 am.





