Cuando el presidente Donald Trump atacó Irán el 28 de febrero, dijimos que su decisión fue imprudente. Fue a la guerra sin solicitar la aprobación del Congreso ni el apoyo de la mayoría de sus aliados. Ofreció justificaciones endebles y contradictorias al pueblo estadounidense. No explicó la razón por la que este cándido intento de cambio de régimen acabaría mejor que los intentos anteriores de Estados Unidos en Irak, Afganistán y otros lugares.
En las seis semanas que han pasado desde entonces, la imprudencia de su guerra ha quedado aún más en evidencia. Ha desdeñado la planificación militar diligente y ha actuado por instinto visceral e ilusiones. Después de que el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, hiciera un pronóstico a Trump de que los ataques inspirarían un levantamiento popular en Irán, el director de la CIA replicó que esos escenarios eran “ridículos”, reportó el Times. Y, sin embargo, Trump siguió adelante. Estaba tan seguro de sí mismo que no elaboró ningún plan para responder a una contramedida obvia que Irán tenía: provocar un aumento de los precios del petróleo al bloquear el estrecho de Ormuz. Tampoco elaboró una estrategia viable para asegurar el uranio enriquecido que Irán puede usar para reconstruir su programa nuclear.
La semana pasada pasó de hacer amenazas ilegales e inmorales sobre eliminar a la civilización iraní a acordar un alto al fuego de último momento que asegura pocos de los objetivos militares que anunció. Irán sigue desafiando una parte crucial del acuerdo y bloqueando la mayor parte del tráfico que cruza el estrecho de Ormuz. La irresponsabilidad de Trump ha dejado a Estados Unidos al borde de una derrota estratégica humillante.
Como hemos dicho, el régimen de Irán no merece consideración ni simpatía. Lleva décadas oprimiendo a su pueblo y respaldando el terrorismo en otros lugares. Y la guerra actual, combinada con los ataques de junio de Estados Unidos e Israel y con otras operaciones israelíes desde 2023, debilitó a Irán en aspectos críticos. Su armada, su fuerza aérea y sus defensas antiaéreas se han degradado y su programa nuclear ha retrocedido. Su red asesina de aliados regionales —como Hamás, Hizbulá y el gobierno derrocado de Siria— se ha erosionado.
Sin embargo, estos éxitos no pueden ocultar los modos en que la guerra ha debilitado a Estados Unidos. Encontramos cuatro retrocesos cruciales para los intereses nacionales de Estados Unidos que son el resultado directo del descuido de Trump. Asimismo, estos reveses debilitan la democracia mundial en un momento en el que los autoritarios en China, Rusia y otros países ya se sentían envalentonados.
El golpe más tangible para Estados Unidos y el mundo es el aumento de la influencia que Irán ha obtenido en la economía mundial al militarizar el estrecho de Ormuz. Alrededor del 20 por ciento del petróleo y del gas natural licuado del mundo se transporta a través del estrecho, que colinda con la costa sur de Irán.
Antes de la guerra, los dirigentes iraníes temían que un bloqueo del tráfico provocara nuevas sanciones económicas y un ataque militar. Una vez que el ataque se produjo de cualquier manera, Irán cerró el estrecho a casi todo el tráfico, excepto a sus propias embarcaciones. Esta medida es poco costosa porque implica sobre todo una amenaza, a saber, que un dron, un misil o una pequeña embarcación pueda hacer estallar un buque petrolero. La reapertura forzosa del estrecho, por el contrario, requeriría una enorme operación militar que podría incluir soldados en el terreno y una ocupación prolongada.
La falta de previsión de Trump respecto al estrecho revela una incompetencia flagrante. El alto al fuego de dos semanas no restablece el statu quo porque Irán sigue limitando el tráfico y ha amenazado con imponer cuotas como parte de un acuerdo de paz definitivo. La guerra ha demostrado a los dirigentes iraníes que controlar la vía navegable es una posibilidad real. Con el tiempo, es probable que otros países desarrollen alternativas, como oleoductos, pero esas soluciones no llegarán a corto plazo. Por ahora, Irán parece haber ganado una ventaja diplomática con la que solo podía soñar hace seis semanas. La única forma aparente de cambiar la situación sería que una coalición mundial exigiera la reapertura del estrecho, el tipo de coalición que Trump es claramente incapaz de liderar.
El segundo revés afecta a la posición militar de Estados Unidos en el mundo. Esta guerra, junto con la ayuda estadounidense reciente a Ucrania, Israel y otros aliados, ha agotado una parte sustancial del arsenal de algunas armas, como los misiles Tomahawk y los interceptores Patriot (que pueden derribar otros misiles). Los expertos creen que el Pentágono utilizó más de una cuarta parte de sus misiles Tomahawk únicamente en la guerra contra Irán. Recuperar la dimensión anterior del arsenal llevará años, y mientras tanto Estados Unidos tendrá que tomar decisiones difíciles sobre dónde mantener su fuerza militar. El Pentágono ya ha retirado las defensas antimisiles de Corea del Sur.
La guerra también ha revelado que el ejército estadounidense es vulnerable ante las nuevas formas de guerra. Estados Unidos utilizó municiones de alta tecnología por un valor de miles de millones de dólares para destruir las fuerzas aéreas y navales tradicionales de Irán, mientras que Teherán utilizó drones baratos y desechables para interrumpir el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz y atacar objetivos en la región. El mundo vio cómo un país que gasta en su ejército una centésima parte de lo que gasta Estados Unidos puede intentar superarlo en un conflicto. Es un recordatorio de la necesidad urgente de reformar el ejército estadounidense.
El tercer gran costo de la guerra recae sobre las alianzas de Estados Unidos. Japón, Corea del Sur, Australia, Canadá y la mayor parte de Europa occidental se negaron a apoyar a Estados Unidos en esta guerra, algo que no es sorprendente, considerando el trato que Trump les ha concedido. Cuando exigió su ayuda para reabrir el estrecho de Ormuz, la mayoría de los aliados se negaron. Estos países seguirán siendo aliados en aspectos importantes, pero han dejado claro que ya no consideran a Estados Unidos un amigo fiable. Están trabajando para construir relaciones más sólidas entre ellos, de modo que puedan resistir mejor a Washington en el futuro. “Quizá el mayor daño a largo plazo para Estados Unidos de la guerra en Irán se produzca en sus relaciones con los aliados de todo el mundo”, escribió el miércoles Daniel Byman, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington.
La situación en Medio Oriente es más matizada. La decisión de Irán de atacar a sus vecinos árabes durante la guerra puede acercar a esos países a Estados Unidos. Pero eso es incierto. Arabia Saudita y otros países del golfo Pérsico han resultado perjudicados económicamente por la guerra y se sienten abandonados por el alto al fuego de Trump. Las últimas seis semanas les han dado motivos para cuestionar su juicio y su comprensión de sus intereses.
El cuarto revés afecta a la autoridad moral de Estados Unidos. A pesar de todos los defectos de este país, sigue siendo un faro para muchos en el mundo. Cuando los encuestadores preguntan a la gente adónde iría si pudiera, Estados Unidos es sistemáticamente la respuesta número 1. El atractivo de Estados Unidos se debe no solo a su prosperidad, sino también a su libertad y a sus valores democráticos. Trump ha erosionado esos valores durante toda su carrera política y quizá nunca tanto como la semana pasada, cuando profirió amenazas detestables sobre eliminar a toda una civilización en Irán. Su secretario de Defensa, Pete Hegseth, hizo una serie de comentarios sanguinarios, incluida la amenaza de no ofrecer “ni cuartel ni piedad a nuestros enemigos”.
Esos casos serían crímenes de guerra. Trump y Hegseth han adoptado un enfoque cruel del conflicto armado que el mundo, liderado por Estados Unidos, rechazó tras la Segunda Guerra Mundial. Al hacerlo, han minado los cimientos del liderazgo mundial de Estados Unidos, que busca situar la dignidad humana en el centro de la defensa de un mundo más libre y abierto.
Nuestro comité editorial se opone desde hace tiempo al enfoque de Trump en la política y el gobierno. Sin embargo, sus fracasos en las últimas seis semanas no nos complacen. Para empezar, ha habido personas muertas y heridas y destrucción en Irán, Israel, Arabia Saudita, Catar, Emiratos Árabes Unidos y otros lugares. Al menos 13 militares estadounidenses han muerto en la guerra.
También es un error que cualquier estadounidense —los críticos de Trump, entre ellos— desee que este país fracase. Todos tenemos un interés en el país que él dirige. También el resto del mundo libre. No hay otras democracias con la fuerza económica y militar para contrarrestar a China y Rusia. Cuando Estados Unidos es más débil y más pobre, como nos ha hecho esta guerra, el autoritarismo sale beneficiado.
La mejor esperanza ahora puede sonar ingenua, pero sigue siendo cierta. Trump debería reconocer por fin la ineptitud de su enfoque impulsivo y egoísta. Debería hacer partícipe al Congreso y buscar la ayuda de los aliados de Estados Unidos para minimizar los daños causados por su guerra. Por El Comité Editorial. NYT.
El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de opinión cuyos puntos de vista se basan en su experiencia, investigación, debates y unos valores muy arraigados. Es independiente de la sala de redacción.





