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Occidente rompe las reglas, pero no logra imponer otras nuevas

Dos noticias de los últimos días —la intención de la Unión Europea de enterrar el actual régimen de seguridad en el mar Negro y el inicio de una nueva ronda de enfrentamientos entre Irán y Estados Unidos por el control del estrecho de Ormuz— constituyen una excelente ilustración de hasta qué punto se están debilitando hoy las reglas del juego en la escena internacional y, al mismo tiempo, de lo difícil que resulta sustituirlas exclusivamente mediante métodos de fuerza.

Hace un par de días, se supo que los Estados miembros de la UE pretenden crear en Bulgaria o Rumanía un supuesto «centro marítimo» en el ámbito de la seguridad. Según los observadores, esto significará la militarización de la región y la muerte ‘de facto’ del actual régimen de gestión de los estrechos del mar Negro, que limita la presencia de buques de guerra de potencias extrarregionales en el mar Negro (Convención de Montreux).

Al mismo tiempo, se reanudaron las hostilidades activas entre Irán y Estados Unidos, tras lo cual la parte iraní anunció el restablecimiento del régimen de control sobre el estrecho de Ormuz, instaurado por Teherán durante la ronda anterior de confrontación con los estadounidenses. Por su parte, Estados Unidos anunció un bloqueo naval contra el propio Irán. Las principales víctimas de esta intriga cada vez más enrevesada son la libertad de navegación internacional y el comercio mundial que se sustenta en ella.

Al intensificar los preparativos para una gran guerra con Rusia, los Estados europeos ya no tienen la menor intención de respetar las normas y reglas establecidas en el pasado.

La Convención de Montreux, firmada en 1936 y destinada a limitar la militarización del mar Negro, pronto se convertirá en una nueva víctima de la irresponsabilidad de Berlín, París y Londres.

Turquía, que de conformidad con la Convención posee derechos especiales en la administración de los estrechos, no podrá hacer nada para impedirlo, ni tampoco querrá hacerlo. En primer lugar, se trata de un país miembro de la OTAN que, pese a todos sus coqueteos geopolíticos, sigue estando obligado a someterse a la solidaridad del bloque. En segundo lugar, el fortalecimiento de la presencia militar de las grandes potencias de la Unión Europea en el mar Negro será considerado en Ankara un medio para contener a Rusia, lo que también responde a los intereses turcos.

Y, muy pronto, seremos testigos de cómo otro documento que simboliza el sistema de reglas del juego creado en el siglo XX pasará a formar parte de la historia.

A primera vista, nada resulta sorprendente: hoy en día, todo el mundo habla de la desaparición del derecho internacional y de sus instituciones, así como de la llegada en su lugar de la ‘ley del más fuerte’.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Un ejemplo de ello es la situación surgida en torno al estrecho de Ormuz después de que, a comienzos de la primavera de 2026, las acciones irresponsables de Estados Unidos e Israel hicieran saltar por los aires el delicadamente ajustado mecanismo de la vida regional, desestabilizando para mucho tiempo, si no para siempre, la zona del golfo Pérsico, que antes se consideraba uno de los bastiones de la estabilidad y la prosperidad.

Ahora, todo eso ha quedado atrás: la navegación por el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del comercio mundial de recursos energéticos, atraviesa una crisis permanente, mientras que las autoridades estadounidenses e iraníes compiten entre sí por imponer allí sus propios regímenes de circulación para los buques mercantes. Y no hay motivos para pensar que alguno de los participantes en la disputa pueda resolverla a su favor en un futuro previsible.

Hay pocas dudas de que Washington es capaz de reunir en Oriente Próximo fuerzas militares suficientes para garantizar el control de la navegación en ese desafortunado estrecho. Sin embargo, eso no cambiaría nada. Porque derrotar a Irán en una batalla y privarlo temporalmente de la capacidad de influir en la vida de una de las zonas marítimas más importantes para el comercio mundial es una cosa; asegurar el propio control sobre el estrecho a largo plazo es otra muy distinta.

Para influir de manera seria en la situación en torno al golfo Pérsico, los estadounidenses necesitan crear allí un orden internacional relativamente estable en el que ellos mismos desempeñen el papel principal. Y para ello se requieren, como confirma la experiencia histórica, al menos dos elementos fundamentales.

En primer lugar, aliados suficientemente fiables y seguros de sí mismos, capaces de garantizar por sus propios medios el cumplimiento de las reglas establecidas conjuntamente. Precisamente reglas, porque todo poder se basa en reglas, tanto a nivel nacional como internacional; la cuestión es únicamente quién obtiene de ellas el mayor beneficio. Y para controlar el estrecho de Ormuz, Estados Unidos necesita unas reglas del juego que sitúen precisamente a Washington en la posición más ventajosa.

En segundo lugar, la disposición propia no solo a ser consumidor, sino también patrocinador de la estabilidad regional. Es decir, aportar de manera constante y con un alto grado de fiabilidad una contribución material al mantenimiento de unas reglas del juego favorables para sí mismo en la región, incluyendo la creación de incentivos para que Irán no socave ese régimen favorable a Estados Unidos en cuanto tenga la primera oportunidad, sino que contribuya a mantener su existencia.

En ambos aspectos, por decirlo suavemente, la situación de Estados Unidos dista mucho de ser brillante.

Los Estados árabes del golfo Pérsico se esfuerzan por aparentar fidelidad a sus compromisos con Washington: compran armamento estadounidense e incluso mantienen conflictos con Irán. Sin embargo, al mismo tiempo, todos ellos miran constantemente ‘hacia otro lado’, establecen contactos directos o indirectos con China y Rusia, y, si fuera necesario, podrían llegar a acuerdos por separado con Irán. Y no tienen intención de reorganizar por completo su modo de vida para garantizar los intereses de Estados Unidos en Oriente Próximo.

Especialmente, cuando los propios estadounidenses ya no parecen un aliado fiable. Durante el último año y medio, el Gobierno de Donald Trump no ha dejado de repetir que «Estados Unidos es lo primero», renuncia a cualquier compromiso a largo plazo, presiona constantemente a sus aliados europeos para que aumenten el gasto militar y, en general, desacredita públicamente toda clase de instituciones y reglas.

Washington no actúa así por gusto: la región de Asia-Pacífico exige cada vez más recursos y capacidades, mientras aumenta la presión —por ahora pacífica— por parte de China. Estados Unidos no podrá mantener de forma permanente en la zona del golfo Pérsico fuerzas suficientes para impedir que Irán reanude sus intentos de controlar por sí mismo el atribulado estrecho de Ormuz.

De hecho, precisamente por eso el objetivo inicialmente declarado del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero fue el derrocamiento del régimen político existente en ese país. Ninguna otra opción puede ofrecer a los estadounidenses un medio lo bastante fiable para conservar su influencia en Oriente Próximo. Sin embargo, no lo consiguieron. Y ahora la política regional se está transformando en un conflicto permanente: los estadounidenses parecen haber incrementado su influencia sobre las monarquías árabes del Golfo, pero no tienen la menor idea de qué hacer a continuación con Irán.

Teniendo en cuenta que Washington no puede comprometerse seriamente con la región, incluida una guerra terrestre contra Irán, la situación seguirá permaneciendo en un estado de incertidumbre. Esto demuestra hasta qué punto los intentos de resolver los problemas mediante un enfoque exclusivamente militar carecen de perspectivas en las condiciones actuales. El mundo contemporáneo no se parece en absoluto a aquella «edad de oro» del imperialismo, cuando cinco imperios europeos podían imponer un «orden» favorable a sus intereses en cualquier parte del mundo.

Por ahora vemos que, tanto en el mar Negro como en el golfo Pérsico, los regímenes y reglas internacionales existentes se están desmoronando a gran velocidad. Ante todo, por obra de los países occidentales, que intentan preservar su privilegiada posición en el mundo. En sustitución de esas reglas no surge nada convincente. La fuerza bruta tampoco funciona, porque detrás de ella debe existir la voluntad de establecer y sostener nuevas reglas del juego. Y en eso Estados Unidos tiene grandes problemas: no dispone ni de los recursos ni, en consecuencia, de la voluntad.

Todo ello no hace sino confirmar la validez del enfoque ruso, según el cual unas reglas imperfectas son preferibles a los intentos de vivir conforme a la «ley de la selva». (RT)

 

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