Si desde que el planeta comenzó a existir y los primeros seres vivientes de origen humano primario comenzaron su andar hace 70 mil años, lo primero que marcó a los ancestros fue la necesidad de vivir de acuerdo con la naturaleza y manteniendo una relación equilibrada entre lo que se quiere y, lo que se puede desear o lo que se quisiera para sí y sin importar las consecuencias nefastas para el entorno natural.
Por eso cuando se salta hacia la era moderna y se entra en la etapa industrial, vemos que el empuje de las maquinas y ahora de las tecnologías, traía consigo el punto negativo del probable daño a la naturaleza y en la medida que el ser humano satisfacía sus necesidades básicas y unidas al cambio de vida desde la evolución primaria a la siguiente de primer paso en el desarrollo preindustrial.
Es así como, los seres humanos fuimos aprendiendo y evolucionando al mismo tiempo, de que no todo era blanco o negro, sino que cualquier paso provechoso para la evolución de la humanidad implicaba cierto riesgo de afectar la naturaleza y justo por ello, los seres humanos comenzamos a entender que el progreso debía de ser equilibrado con relación a la evolución de la misma naturaleza y por lo tanto, que la existencia se encontraba supeditada a ese débil equilibrio entre lo que se quiere y lo que se puede y sin dañar o afectar sensiblemente el medio ambiente.
Si recordamos que desde el siglo XVIII se procuró crear conciencia y teniendo en cuenta las devastaciones que las mismas personas hacían contra sí mismas y desde el momento que se comprendió que no todo era valido en aquello que los humanos entendemos como “progreso” y lo que de contrapartida y por descuido, pudiera afectar la naturaleza y su medio ambiente.
Para los años sesenta del pasado siglo, entonces apareció el activismo social con especialidad en el cuido del medio ambiente y desde entonces, es cierto que los humanos hemos tratado de hacer las cosas bien sin afectar el equilibrio natural e incluyendo la debida armonía, entre humanos y las demás formas de vida.
Hubo sí el peligro y desde el momento que la era industrial dio paso a las formas más descarnadas de capitalismo salvaje y suicida, que se entendió que había que crear controles y disposiciones que obligaran a los humanos a no transgredir las leyes elementales de la misma naturaleza.
De ahí nació la política del medioambiente, pero lamentablemente y en paralelo, creando una especie de tribu de intereses deformes, que dieron de resultado al terrorismo medioambientalista y su secuela de fanáticos, que asumen, que nada puede hacerse si ello implicara una afectación seria del orden natural.
De esta manera, ese activismo irracional no quiere que el progreso material se sostenga y para ello y como horda de fanáticos, tratan de impedir cualquier tipo de explotación de recursos minerales y olvidando que la tecnología ha logrado una evolución extraordinaria en materia del trato con la naturaleza, sabiendo extraer sus riquezas pero sin explotarla y dañarla definitivamente.
Otros de estos fanáticos en cambio, entienden, que con tal de no afectar la naturaleza, los seres humanos debemos ajustar nuestras necesidades hacia lo mínimo y en cambio otorgándole toda potestad evolutiva a formas de vida de índole natural y no esencialmente humana, pero que puedan existir en base a frenar la capacidad de cambio y evolución del ser humano y lo que como debe suponerse, es un asunto que atenta contra la propia evolución natural entre humanos y las restantes formas de vida.
Si nos quedamos en el caso dominicano, nos encontraremos, que si por los terroristas del medio ambiente fuera, aquí no deberían construirse carreteras, menos, vehículos de motor y para nada, aéreos o marítimos y los que de ese modo tan errado piensan, importándoles poco, que la evolución natural desde el punto de vista humano, fracase o colapse.
Recién ahora acabamos de ver y después que el pasado viernes, el presidente de la República, anunció un plan de desarrollo en terrenos yermos en el sur profundo, concretamente en la provincia de Pedernales, para la creación de una gran empresa de alta tecnología en materia aéreo espacial y ya ayer, una activista del medio ambiente, bióloga para más señas, puso el grito en el cielo, argumentando, que ello no podría hacerse, porque a su decir, “afectaría con toda seguridad el ecosistema” y para arremeter de inmediato y señalando, que la iniciativa desarrollista tiene implicaciones nefastas, pues “ las plataformas de cohetes generan un impacto ambiental significativo, incluyendo contaminación atmosférica por gases de efecto invernadero, vapor de agua y partículas de carbono negro que dañan la capa de ozono”. Y para agregar, que, “a nivel local, los aterrizajes y despegues provocan contaminación acústica, dispersión de residuos metálicos y plásticos, además de que representan riesgos para ecosistemas costeros cercanos”.
Es decir, para la especialista, Angela Guerrero, el proyecto mencionado no se puede ejecutar porque “afectaría sensiblemente la biodiversidad de la Laguna de Oviedo, cuya cercanía al mar Caribe es muy estrecha, además de ser playas de desove de las tortugas tinglar, que están en peligro crítico de extinción”.
Su defensa tan fanática del medio ambiente y en cierto punto, entendida como casi irracional, obliga a preguntarnos, si los humanos que vivimos en este país tendríamos solo pensar en nada que pudiera afectar otras formas de vidas y especies naturales y al costo, de frenar en seco la evolución de todos como humanos y con derecho natural a vivir acorde a la naturaleza que Dios nos dio, utilizándola, pero teniendo el cuidado de no romper el equilibrio natural.
El tener cuidado de no romper el equilibrio natural, no significa que los recursos naturales no pudieran ser explotados o que en terrenos, agrícolas, mineros o no, se pudieran desarrollar iniciativas industriales o de agroindustrias que beneficien a las comunidades y como sí lo será ese puerto espacial que ahora se anuncia y para una región virgen, que tiene más de doscientos años esperando que se la desarrollo adecuadamente y para beneficiar a los humanos que en ella viven o vivan.
Consecuentemente, entendemos que es obligatorio preguntarse: ¿Quiere decir, que un espacio de no más dos kilómetros cuadrados donde se encuentra una laguna y su particular biodiversidad, es más importante que los 50 mil kilómetros cuadrados del territorio nacional y por eso, bioterroristas se oponen al puerto espacial en Pedernales? Con Dios. (DAG) 02.03.2026





