viernes, diciembre 3, 2021
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Solo la presión de la opinión pública es fundamental para que las instituciones militares y policiales, empresariales y mediáticas se reencaucen

A propósito del súbito como radical cambio de mandos dentro de la Policía Nacional y con el que se pretende eliminar el aspecto nocivamente militarista que la acompaña, muchos han podido asomarse al escenario, por el cual, República Dominicana luce como un Estado fallido de instituciones y de civilidad y responsabilidad política y social por parte de sus nacionales.

Y es que en cierto modo, el desorden institucional policial, necesariamente hay que verlo como producto del abrumador retroceso y desgaste social que las instituciones han experimentado desde que el capitalismo más salvaje se le ha impuesto a la ciudadanía y como razón de vida y alto consumismo que ha afectado y sin lugar a dudas el criterio razonado de civilidad y civismo que todavía en los años setenta del siglo pasado, se vivía en un país de estructuras semi feudales de producción y de una densidad poblacional más rural que urbana.

Ese estallido de cambios renovados en el sistema económico de producción en cadena, iniciado en el primer gobierno de Joaquín Balaguer en el 1966 y continuado en todo el largo proceso de revitalización económica y financiera que se dio en sus doce años (1966-1978) trajo como consecuencia directa el cambio poblacional de campesino a urbano y con este, toda la secuela de un ánimo generacional decidido a salir del subdesarrollo hacia economía emergente y que se afianzó en los gobiernos subsiguientes. En tanto para el 1986 y con el retorno de Balaguer hasta el 1996 y el surgimiento de una nueva generación política, social y económica, fue evidente que la nación se encauzaba hacia un nuevo nivel de prosperidad, crecimiento económico y desarrollo en todos los órdenes y el que definitivamente catapultó a la República a la nación de economía emergente que es hoy.

En este plano, sin duda que la nueva mentalidad ciudadana y apuntalada por la inyección de sangre nueva proveniente de la inmigración atropellante hacia EEUU y Europa que se iniciara con vigor en el 1967 y que culminó treinta años luego con el retorno de inmigrantes convertidos en ciudadanos de EEUU España e Italia mayormente, dio paso a la variable de capitalismo populista que entronizó la subcultura del enriquecimiento fácil, la droga y el lavado de activos.

Nada más hay que recordar y para que se entienda el gran cambio de mentalidad que se diera, que en el 1961 a la caída de la Era de Trujillo el 19 de noviembre de 1961, la República apenas tenía 2.5 millones de habitantes y la mayoría del interior rural y en 1991 ya habían 8.5 millones de nuevos nacionales y lo que significó, que 6 millones de personas nacieron en ese lapso y de las cuales, los más viejos tienen en este año 50-60 años promedio y para que se entienda el tremendo cambio estructural acaecido.

Cambio del que ahora pueden distinguirse tres vías: El desorden amoral en las instituciones, las apetencias de enriquecimiento sin importar como de la arribista clase media y la ambición desmesurada de las clases populares por subir en la escala social y sin avergonzarse de la prostitución propia en todos los sentidos.

De ahí que la policía sea a la fecha el peor nicho aparente de corrupción y crimen desde el poder y siguiendo en el desenfreno de gran inmoralidad por parte de entidades como las Fuerzas Armadas y organismos colaterales y todas esas inconductas favorecidas por todos los gobiernos que hemos tenido desde el 1961 con el Consejo de Estado y los gobiernos de los tres grandes partidos de hasta hace poco: PRSC, PRD y PLD y este último con su agregado FP, que ha llegado a cuotas de poder arbitrario en base al transfuguismo que le permitió apoderarse del 40% de los legisladores, alcaldes y regidores del PLD.

Ahora y por primera vez, creemos en las políticas e iniciativas moralizantes que el presidente Luis Abinader está impulsando, toda vez que estamos observando que el mandatario realmente quiere cambiar el derrotero amoral que se vive y vislumbrándolo como el gran legado que su gobierno dejaría a la nación.

Desde luego, esto no quiere decir en modo alguno que el gobierno actual pudiera estar libre de las culpas y pecados de las otras banderías políticas que le antecedieron en el poder y mucho menos, cuando tiene la alta carga de mercaderes y vividores metidos de lleno dentro del primer gobierno plutocrático en toda la historia de la República, pero sí que al mismo presidente hay que darle el beneficio de la duda, pues por sus actuaciones, se evidencia que en materia de conducta moral está muy por encima de todo el aparato político, social y económico.

Y es precisamente esa saludable aptitud presidencial que despierta sensibilidades que muchos creíamos dormidas dentro del cuerpo de la nación, la que nos hace asumir, que, de continuar ese derrotero, Abinader habrá logrado que para el 2023 las instituciones de este país empiecen a dar muestras del cambio moral que esta República y su pueblo requieren.

Por lo pronto y en el plano civil, la transformación más importante que debe darse, es el cambio de mentalidad por parte de los pocos barones mediáticos, a su vez, empresarios e industriales todos, quienes como dueños del 90 % de los medios de comunicación y de información de masas nacionales e incluidos los electrónicos y en internet y generando de hecho el más terrible oligopolio mediático que conculca el libre albedrío de la mayoría de los dominicanos, están aprendiendo a ser tolerantes con las opiniones ajenas y en particular, con la disidencia abierta que ya muchos e inclusive periodistas y reporteros y hasta en los medios electrónicos les formulan y que de aumentar, de una u otra forma les obligará a dejar que sus medios tengan criterios y políticas editoriales e informativas independientes a sus propios intereses y solo salvaguardando a los de la nación. Y de lo que podemos dar fe, viendo el discurrir de POR EL OJO DE LA CERRADURA, desde 1972 a la fecha, que, de ser un medio proscrito por los barones mediáticos, ahora no pueden ignorar su existencia y menos nuestro ejercicio profesional independiente.

Así se llega, a que poco a poco han ido naciendo y desarrollándose nuevos medios y siempre más liberales e independientes y sin nunca dejar de entender y que es su gran paradigma, de que moralmente están obligados a ser independientes a todos los intereses públicos y privados y a modo de lograr una opinión pública firme y abierta que sepa protestar y enfrentar al poder, oficial, empresarial o eclesiástico o cualquier otro emergente y con el solo interés, de que en este país haya ciudadanos y no súbditos y por consiguiente, instituciones viables y vivas.

Con esa aspiración, es que hablamos y abogamos, porque solo la presión de la opinión pública es fundamental para que las instituciones militares y policiales, empresariales y mediáticas se reencaucen. De lo contrario, como nación no avanzaremos como debiéramos y siendo la policía el primer reto. (DAG)

 

 

 

 

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