23F: El Rey salva a España de una nueva dictadura militar

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En 1979 ETA asesinó a un centenar de personas, buena parte de ellas militares y guardias civiles. A mediados de 1980, se mantenían los crímenes y ardían indignados los cuartos de banderas porque Adolfo Suárez enterraba a los asesinados de tapadillo. El riesgo de que se produjera una intervención militar, encabezada por generales franquistas, era muy alto, casi inevitable.

El general Armada propuso una fórmula, a la que llamó operación De Gaulle, para evitar el golpe de Estado: la formación de un Gobierno de concentración nacional que sometiera su aprobación al Congreso de los Diputados, ateniéndose estrictamente a la Constitución. Era falso. El general Armada engañó a casi todos. Fue un traidor. Con aquella propuesta de Gobierno pretendía sosegar al Rey y a los principales políticos de la época para facilitar la intervención militar franquista, lamentándose en su momento de que su fórmula había sido rechazada y que era necesario aceptar los hechos consumados.

El Gobierno de Armada estaba vicepresidido por Felipe González y formado por Solé Tura y Tamames (comunistas); Enrique Múgica, Javier Solana, Peces-Barba (socialistas); Areilza, José Luis Álvarez, Garrigues y López de Letona (UCD); y dos indepen-dientes, el presidente de la CEOE, Carlos Ferrer Salat y el presidente de la Federación Española de Asociaciones de la Prensa, Luis María Anson.

En 1958, los generales Salan y Massu amenazaron con caer con sus paracaídas sobre París, ante el riesgo de que el Gobierno de Pierre Pflimlin y el presidente de la República francesa René Coty, aceptaran la independencia de Argelia. El socialista Guy Mollet acudió a Colombey-les-Deux-Églises para comprometer al general De Gaulle, al que, por cierto, despreciaba olímpicamente.

Con la plaza de la Concordia rodeada de sacos terreros y soldados con metralletas, el héroe de la Resistencia presentó su candidatura ante la Asamblea, siendo nombrado presidente del Gobierno para después elaborar una nueva Constitución, la de la V República, con una ley electoral a doble vuelta.

En España, el general Armada puso en marcha una operación parecida, pero muy zafia, en la que, como he explicado, no creía y que era un engaño. El teniente coronel Tejero entró por la fuerza en el Congreso de los Diputados. Para solucionar la situación crítica, apareció personalmente Armada, propuso al golpista su Gobierno de concentración que fue rechazado airadamente.

 Llamó entonces Armada a la Zarzuela para comunicar su fracaso y la conveniencia de que se aceptara el golpe de Estado, con el teniente general Milans del Bosch que paseaba sus tanques por las calles valencianas. Y que más adelante se arreglarían las cosas, aseguró Armada. Quien podía hacerlo se dio cuenta del engaño y de la maniobra, convocó a la televisión, vistió su uniforme de capitán general de los Ejércitos y ordenó a los militares sublevados que regresaran a sus cuarteles salvando así para España la democracia y la libertad.

A la mañana siguiente, Juan Carlos I recibió a los líderes políticos y cuando Adolfo Suárez le dijo algo sobre Armada le respondió: «Fuiste el único que te diste cuenta. Armada es un traidor».

Se negó el Rey a recibir al general quien, a lo largo de los años, incluso durante su condena, solicitó audiencia reiteradamente. Incluso escribió un libro tratando de justificar el engaño y la traición, pero Don Juan Carlos se mantuvo inaccesible y cuando el general falleció se limitó a poner un telegrama a su familia.

Se han escrito varias docenas de libros sobre el 23F y millares de artículos. Se ha especulado sin cesar y se seguirá especulando. Se ha acertado en muchas cosas, pero también se han difundido falacias absurdas.

Seguramente será difícil conocer el alcance de los muchos matices y veladuras que envuelven el gravísimo suceso, pero la realidad está clara. Ante el riesgo de un golpe de Estado por parte de los militares franquistas, el general Armada aseguró que quería evitarlo, lo cual era falso, así que arbitró una fórmula que engañó a casi todos.

Se trataba de un Gobierno de salvación nacional que sería rechazado con el fin de que se aceptaran los hechos consumados.

El Rey se dio cuenta aquel lunes por la tarde, 23 de febrero, de la traición del general y resolvió la situación con firmeza y autoridad. Se mantuvo siempre al lado de la Constitución, como le pedía su padre Don Juan. Su actitud, firme y ejemplar, le ganó el respeto y la admiración de todas las democracias del mundo y el aplauso de los partidos políticos y el pueblo de España. Por: Luis María Ansón [La Razón]