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De drones con explosivos a la amenaza de un ataque terrestre: Putin lleva su guerra híbrida contra Europa al siguiente nivel

Un dron cargado de explosivos listo para detonar en el aeropuerto alemán de Leipzig. Un cráter de diez metros de diámetro en Polonia provocado por el impacto de un misil ruso. Cazas en Rumanía derribando drones que han violado su espacio aéreo. Los servicios de inteligencia polacos deteniendo a un agente ruso preparado para asesinar a un ciudadano corriente en Varsovia.

Los cuatro incidentes han formado parte de la estampa veraniega de este año en Europa. Cuatro episodios, todos ellos derivados de la invasión a gran escala de Rusia en Ucrania, que parecen apuntar en una sola dirección: que Moscú ya está llevando su guerra híbrida a una nueva —y más peligrosa— fase.

Desde el inicio del conflicto en 2022, prácticamente todos los países europeos han sido víctimas de ataques híbridos. Sabotajes contra la maraña de gasoductos y cables de telecomunicaciones que se despliega bajo el mar Báltico, incendios provocados en almacenes, campañas de desinformación, interferencias en los GPS de los aviones o incluso intentos de asesinato a empresarios relacionados con la industria de defensa. Acciones que forman parte de una guerra gris que no se libra solo con tanques y artillería, y que se extiende más allá de la línea del frente.

Sin ir más lejos, según un informe de inteligencia publicado por el think tank Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), las operaciones de sabotaje rusas se cuadruplicaron en 2024 respecto a años anteriores. Y el número continuó creciendo en 2025 y en lo que llevamos de 2026. Solo este verano, se han registrado al menos ocho incursiones de drones en el espacio aéreo de la OTAN, en países como Letonia o Rumanía. A esto se suman la caída de un misil en Polonia y varios incidentes marítimos, como el tránsito ilegal en aguas británicas de petroleros de la «flota fantasma» rusa, como se se conoce a los buques sin bandera que el Kremlin utiliza para eludir las sanciones.

A pesar de que los países del flanco oriental de la Alianza Atlántica observan a diario sus cielos y mares atentos a cualquier incursión no deseada, el grueso de las miradas, en realidad, está puesto en Oriente Medio, donde el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, concentra su empeño y la mayor parte de su arsenal en la guerra contra Irán. De ahí que sean varios los expertos que advierten de que el Kremlin ha visto una oportunidad —pequeña, pero real al fin y al cabo— para volver más agresiva su campaña híbrida contra Europa. ¿El objetivo? Sondear los umbrales de defensa de los aliados, socavar su unidad y acabar debilitando el apoyo occidental a Kiev. Todo, sin arriesgarse a empezar una guerra directa con la OTAN.

«El territorio preferido de Rusia es la ambigüedad: sabotajes, interferencias de GPS, violaciones del espacio aéreo que generan miedo sin provocar automáticamente una respuesta militar de la Alianza Atlántica», explica a este periódico Linas Kojala, director del think tank lituano Geopolitics and Security Studies Center (GSSC). Y es ahí donde, por el momento, se está moviendo Moscú, aunque cada vez con mayor intensidad. Muestra de ello es lo ocurrido este mismo jueves, cuando Rumanía tuvo que destruir un dron naval ruso cargado de explosivos en las inmediaciones de una de sus plataformas de gas en el mar Negro.

La propia OTAN ha reconocido que los recientes incidentes aéreos evidenciaban una «creciente tolerancia de Rusia al riesgo». Así, la pregunta es: ¿hasta dónde está dispuesta a llegar?

Una agresión limitada contra los aliados

Varios informes de inteligencia estadounidense, recogidos y difundidos por The Wall Street Journal a principios de agosto, apuntaban a que el presidente ruso, Vladimir Putin, puede intentar poner a prueba la determinación de la OTAN con una agresión limitada contra uno de sus miembros en un horizonte que empieza tan pronto como este otoño y se extiende hasta 2029.

Según el diario norteamericano, estas nuevas amenazas incluirían desde un ciberataque contra un Estado —como el que paralizó Estonia en la primavera de 2007— o el envío de grupos armados no identificados para ocupar territorio o llevar a cabo operaciones subversivas — algo similar a lo que hicieron los «hombrecillos verdes» utilizados por Moscú en el este ucraniano antes de la anexión ilegal de Crimea en 2014— hasta una incursión terrestre limitada en el flanco oriental.

La probabilidad de este último escenario, el más extremo, es baja según las evaluaciones, pero podría aumentar con el paso del tiempo. «Me tomaría muy en serio este escenario aunque no lo considero el desarrollo más probable en el futuro inmediato», coincide Kojala. No obstante, la inteligencia occidental está ya estudiando todas las opciones sobre la mesa. Es el caso de Alemania, cuyo jefe del Ejército, el teniente general Christian Freuding, advirtió que el país «debe prepararse para un ataque ruso para 2029 o incluso antes» porque, dijo, Moscú cuenta con capacidad suficiente para lanzar un pequeño y localizado ataque. Y no es solo Berlín. Freuding aseguró que existe un amplio consenso entre los aliados sobre la posibilidad de un ataque contra el territorio de la OTAN.

Los países bálticos —Estonia, Letonia y Lituania — llevan ya tiempo advirtiendo sobre una posible escalada sin precedentes. La inteligencia letona, por ejemplo, sugería este verano que Rusia podría recurrir a nuevos ataques híbridos, como misiles, drones u otras acciones diseñadas para enviar una señal: «dejad de apoyar a Ucrania o tendréis vuestros propios problemas». Por su parte, el ministro de Defensa lituano, Robertas Kaunas, habló del posible uso por parte del Kremlin de drones de fabricación ucraniana capturados durante la guerra para llevar a cabo «ataques de falsa bandera» contra infraestructuras críticas de los bálticos.

«Putin nunca ataca al más fuerte. Por lo tanto, sus futuras transgresiones contra miembros de la OTAN dependerán de qué países considere que son los eslabones más débiles del orden de seguridad euroatlántico. Yo diría que los Estados bálticos son los más vulnerables en este sentido», señalaba a este periódico Andrey Makarychev, profesor de Estudios Políticos Regionales en la Universidad de Tartu (en Estonia) e investigador asociado del CIDOB.

La OTAN, a tiro de los drones rusos

Esta amenaza viene respaldada, además, por un aumento directo de las provocaciones militares. Rusia ha comprendido que los drones serán clave en el desenlace del conflicto y ha desplegado una potente infraestructura en sus fronteras más occidentales: nada menos que diez nuevas bases con capacidad para almacenar miles de drones cerca de Ucrania y Bielorrusia. Un desarrollo que coloca a varios países de la OTAN, entre ellos a Polonia y Turquía, dentro del radio de acción de sus aparatos no tripulados más avanzados.

Una investigación del diario The Telegraph, basada en documentos y en imágenes de satélite, ha localizado 59 nuevas rampas de lanzamiento. Se trata de una serie de plataformas que permiten poner en el aire drones suicidas de largo alcance (hasta 1.000 kilómetros) sin necesidad de utilizar una pista convencional. Algunas de estas bases ya se estarían empleando para intensificar los ataques contra Kiev, pero su despliegue plantea también un grave riesgo a largo plazo para los países aliados.

En teoría, una agresión armada contra un Estado miembro activaría de inmediato el Artículo 5 de la OTAN, que compromete a los aliados con la defensa colectiva. Sin embargo, el tratado no establece de forma automática cuál debe ser la respuesta ante maniobras cibernéticas o agresiones de carácter híbrido, y ahí está el principal problema. «La OTAN tiene que dejar una cosa clara: un ataque pequeño no recibirá una respuesta pequeña», advierte Kojala.

Es la misma idea que James Stavridis, almirante retirado de la Marina de EE UU y excomandante supremo aliado de la OTAN, resumía en Bloomberg con una clara metáfora atribuida a Lenin: «Si los rusos tantean con la bayoneta y encuentran barro, seguirán avanzando. Si se topan con acero, se retirarán. La OTAN tiene suficiente músculo militar para resistir a un Kremlin aventurero y dispuesto a asumir riesgos». No obstante, advertía, debe encontrar la determinación para emplear ese músculo antes de que Putin concluya que lo que tiene delante es barro.

Hasta este año, los servicios de inteligencia estadounidenses y europeos (como la CIA o el BND alemán) descartaban que Rusia provocase deliberadamente a un miembro de la OTAN mientras sigue inmersa en la guerra de agresión en Ucrania. Ahora, sin embargo, lo dan por válido. El porqué puede encontrarse dentro de Rusia. Es bien sabido que Putin puede ser más peligroso cuando se siente acorralado. Y lo cierto es que existen motivos para pensar que afronta ahora una situación, cuando menos, incómoda.

En el campo de batalla, sus fuerzas continúan su lento y costoso avance en la región de Donetsk, perdiendo por el camino centenares de efectivos. De hecho, una investigación del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) publicada en julio estimaba que Rusia ha sufrido 1,4 millones de bajas, incluyendo soldados muertos, heridos y desaparecidos desde que empezó el conflicto. Una cifra que representa aproximadamente el 1% de la población del país y que hace temer una nueva (e impopular) movilización.

«Putin se enfrenta a dilemas muy difíciles en el ámbito interno, incluida una posible movilización, que está evitando desesperadamente por una buena razón», asegura Kojala. Y es que, aunque no haya protestas masivas en Rusia, el enorme número de bajas en el frente y la amenaza de un nuevo reclutamiento han contribuido al desplome de los índices de popularidad del mandatario ruso de cara a las elecciones de septiembre en las que, en realidad, no tendrá oposición. Pero hay más detrás de este descontento popular.

Los ataques ucranianos de largo alcance están golpeando donde más duele: en la economía. O, más concretamente, en gasolineras, refinerías y almacenes de Wildberries, la gigantesca plataforma de comercio electrónico que engloba a miles de empresas rusas que sufren pérdidas con cada bombardeo. Sólo en junio, la plataforma de monitoreo Energy Intelligence estimó que el refinado de petróleo ruso fue aproximadamente un 25% inferior al del año anterior, el nivel más bajo en más de dos décadas. Unos problemas en el suministro de combustible que los rusos ya notan en su día a día. De hecho, hay informaciones que apuntan a racionamientos y a que algunos conductores llevan su propio gasoil en latas en el maletero.

Pero no hay que perder de vista el panorama general: para los expertos el Kremlin está intensificando su guerra gris contra los aliados porque su agresión a Ucrania no está desarrollándose según lo previsto. «Rusia se ve obligada a asumir cada vez más riesgos porque el tiempo no juega necesariamente a su favor», señala Kojala, que sostiene que es en este escenario en el que Moscú busca intimidar a los partidarios de Ucrania y hacerles cuestionarse si la continuidad de la ayuda merece la pena.

Así, el interrogante es si Putin seguirá tensando la cuerda sin cruzar el umbral que obligaría a la OTAN a responder o si acabará por romper la ambigüedad sobre la que hasta ahora ha construido su estrategia. Pero más allá de las provocaciones de Moscú, la clave estará en la capacidad y la determinación de los aliados para sostener el pulso si ese momento llega. (La Razón-jara atienza)

 

Nota al margen de @porojocerradura:  Lástima que este análisis no pondera el factor creciente de la ayuda de aprovisionamiento bélico de los países de la Otan en la guerra en Ucrania y que es la variable que está haciendo cambiar la perspectiva rusa. #

 

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