InicioEntretenimientoCine zombi: ¿una profecía sobre el mundo actual?

Cine zombi: ¿una profecía sobre el mundo actual?

En 1979, Lucio Fulci, uno de los grandes del cine de terror italiano, experto en explotar los éxitos del género en Hollywood con producciones baratas pero resultonas, generalmente más gráficas y violentas, estrenaba una falsa secuela del filme de George Romero «Zombi: El regreso de los muertos vivientes» («Dawn of the Dead», 1978). «Nueva York bajo el terror de los zombies» («Zombie 2»), es un delirio que mezcla folclore caribeño de fondo, científico loco, conspiración y apocalipsis vírico caníbal, con escenas hipersangrientas y alucinadas que la convirtieron en película de culto automáticamente, censurada o cortada en algunos países.

De inmediato, varios críticos hicieron notar que su historia de nativos de una isla en el Caribe utilizados como cobayas, convertidos en masas de muertos vivientes cuyo único objetivo es sobrevivir devorando lo que se ponga en su camino, sobre todo otros humanos, que además pueden contagiarse y engrosar sus filas, podía interpretarse como metáfora de los miedos generados por el pasado colonial de Italia en África, impresos en su ADN cultural, a la espera de volver en forma de vengativas hordas nativas invadiendo Occidente.

El cartel español de la cinta muestra, de hecho, el final de la película: una muchedumbre de incontables muertos vivientes de espaldas, que bien podrían ser lisa y llanamente inmigrantes africanos dirigiéndose implacablemente hacia la Gran Manzana como si caminaran sobre las aguas.

Una imagen icónica que ahora, bajo el impacto de los sucesos en Ceuta, produce escalofríos. Lejos de establecer un paralelismo literal entre los zombis del género de terror y los inmigrantes o migrantes actuales que han invadido (y creo que ese es el término apropiado) Ceuta en estas últimas semanas, o con los millones que llevan llegando a Occidente desde hace décadas, en busca de una vida mejor.

En el cine en general, y el de terror en particular, nos movemos siempre en el terreno resbaladizo pero rico de la metáfora, de lo fantasmático, del inconsciente individual y colectivo. Donde el sueño del espectador produce monstruos. Y uno de esos monstruos, uno de los más modernos y recurrentes, es el zombi, cuya asociación con fenómenos como la inmigración, el colonialismo, la explotación y la xenofobia encontramos en su origen:

Los trabajadores zombis de los campos de caña de azúcar de Haití, entrevistos por viajeros del siglo XX como William Seabrook o Wade Davis, entre otros, el segundo de los cuales, aunque bajo sospecha de mixtificación, recogió el documentado caso del haitiano Clarvius Narcisse, muerto y resucitado.

Saltando del mito y la realidad caribeñas al cine moderno y Hollywood, ya «La noche de los muertos vivientes» (1968) de George Romero, que pusiera en movimiento (lento) a los zombis de la modernidad y la posmodernidad, evidenciaba, de forma casi casual, las tensiones raciales de EE UU.

Su pesimista final iniciaba la escuela que interpreta el cine zombi como una advertencia, no contra los muertos vivientes, sino contra la respuesta violenta, irracional y amoral de los vivos en lucha por la supervivencia. Así, su remake, realizado en 1990 por Tom Savini, concluía con la frase: «Ellos son nosotros y nosotros somos ellos», dejando pocas dudas respecto a su filosofía.

La instrumentalización que muchos sectores sociales, culturales e incluso directamente políticos está haciendo del género zombi, tanto desde el cine y las series como desde los videojuegos, el cómic o la literatura, íntimamente relacionado con el pánico a las pandemias post-sida y post-Covid, así como al terrorismo internacional post-11S, tiene, al menos, dos caras.

La más obvia es aquella que tiende a identificar, dentro del contexto de exacerbar el miedo irracional hacia «el otro», al inmigrante como zombi devorador, destructivo y contagioso. Hambrientos, a veces violentos y portadores de enfermedades exóticas, los inmigrantes se convierten así en criaturas cosificadas, desprovistas de atributos humanos y transformadas en pura amenaza sin rasgos individuales o empáticos.

«Guerra Mundial Z» (2013), la película de Marc Foster, a diferencia de la más compleja e irónica novela original de Max Brooks, escenificaba en uno de sus momentos cumbre la pesadilla trumpiana: millones de zombis escalando el muro que Trump quiso construir, para impedir la entrada de inmigrantes latinoamericanos ilegales, hasta provocar su derrumbe, que es también el de los EE UU y Occidente.

Pesadillas del imaginario

Por otro lado, desde los filmes de Romero, miembro de la generación que vio y vivó Vietnam, el Watergate y el fin del sueño americano, gran parte del género zombi, en especial la larga y a menudo cargante serie «The Walking Dead» (2010-2022), con sus secuelas y spin-offs, basada en los cómics de Robert Kirkman, ha hecho hincapié no tanto en la monstruosidad del zombi, al fin y al cabo una víctima (como los inmigrantes son a su vez víctimas del colonialismo occidental, al menos, en buena medida y sin que ello justifique otras pretensiones), sino en la respuesta brutal, amoral cuando no inmoral, de los supervivientes humanos, enfrentados no solo a la amenaza zombi, sino entre ellos mismos y contra los más débiles de su propia especie.

Aquí no es difícil ver el reflejo de cómo ciertos sectores extremistas, autoridades descontroladas y ciudadanos quizá justa pero irracionalmente indignados, se convierten en un peligro a veces peor que los propios inmigrantes (que no zombis).

La realidad de lo que hoy ocurre en Ceuta, así como en cierta medida en diferentes puntos del planeta, nutre y se nutre de las pesadillas del imaginario colectivo. Pero este no da respuestas. Debemos recordar que el arte nunca es inocente, pero tampoco culpable. Los zombis no son inmigrantes: son un espejo turbio que nos refleja a todos, invasores e invadidos.

Cuidado con tomarlo demasiado en serio, pero más aún con censurar o prohibir. Al fin y al cabo, una imagen vale más que mil palabras: basta recordar el tiburón de «Nueva York bajo el terror de los zombies» y a los inmigrantes comiendo crías de delfín, o el citado cartel del filme de Fulci, para reconocer que algo nos estaba diciendo ya en 1979. Aunque sean avisos que, rara vez, si alguna, sirvan de algo.

Cuáles son los límites de la ficción

Los conflictos sociales, políticos e incluso bélicos se luchan tanto o más en la arena de la ficción, de la cultura del espectáculo y el entretenimiento que sobre el terreno. La administración Trump, por ejemplo, ha intentado utilizar series como «The Last of Us» (2023), basada en un videojuego, o la propia «The Walking Dead», como artefactos a favor de la construcción del muro.

Por su parte, los demócratas dan la vuelta a la tortilla zombi, como Danny Boyle en 2002, con el inicio de la saga de «28 días después», como una muestra de que el miedo al zombi (al inmigrante) propicia la creación de distopías totalitarias, racistas, militarizadas y fascistas. La Razon-jesús palacios

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