Con el paso del tiempo

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Sembrada y cultivada por algunas élites, la idea de la monarquía naufragó en aguas de borrajas en las tierras americanas salvo tres excepciones: Brasil, México y Haití. Las luces de las revoluciones francesa y estadounidense, sumadas a los ímpetus liberales hijos de las guerras napoleónicas, convencieron a los independentistas de que la república era el sistema adecuado de gobierno para reemplazar a la colonia. Con retraso en relación con el resto del continente, también en la parte oriental de La Española prendió el republicanismo y alumbró lo que hoy tenemos: la República Dominicana.

Curioso el caso de Brasil. Su enorme territorio albergó a la corona portuguesa cuando la familia real huyó de Napoleón. Luego, Don Pedro, hijo del monarca, decretó la independencia y se proclamó emperador cuando el padre regresó a Lisboa en 1821. Años después también prendieron allí las ideas republicanas y nació la República Federativa de Brasil, al estilo de los Estados Unidos de América.

En México y Haití, la corona fue tanto comedia como tragedia. Agustín Iturbide y Maximiliano, este último ejecutado en Querétaro, ocupan capítulos centrales en la historia de la intrascendencia. Por su lado, el relato monárquico haitiano acusa las contradicciones inherentes a una rebelión violenta de esclavos, con déficit de sustentación ideológica. La esclavitud y su secuela de maltratos, abyección, crueldad y explotación bastaban en su momento para atizar la insurrección. Emancipados del yugo francés, los recién llegados a la libertad suplieron sus carencias con la imitación de las instituciones de los antiguos amos.

Jean Jacques Dessalines se inventó un imperio con claros tintes de autocracia africana. Henri Christophe se estableció en el norte como monarca al estilo europeo, y Pétion se quedó en el sur al frente de una república. Al sainete habría que añadir lo dicho por Boyer mientras señalaba a un humilde asistente militar, apellidado Soulouque: “Si la situación se deteriora más, hasta un insignificante como este podría llegar a ser presidente”. Acertó. El general Faustin-Élie Soulouque devino el emperador Faustin I, con una corte y títulos muy pintorescos. La corona que le colocó en la testa el vicario de Puerto Príncipe era de cartón pintado de dorado, y las charreteras en los uniformes de la guardia imperial, confeccionados en Europa, conservaban detalles que delataban el uso original del metal: sardines à l´huile (sardinas en aceite). El emperador y su corte eran analfabetos.

Otros son los tiempos y otras, las testas coronadas. El absolutismo ha mutado en monarquía constitucional. Nobles y plebeyos conviven en reinos europeos con toques marcadamente socialdemócratas. En el Nuevo Mundo y todo el globo terráqueo, sin embargo, el olor a realeza despierta entusiasmo; ya no el sistema de gobierno, sino la pompa y circunstancias del acompañamiento monárquico, los aspectos formales, la liturgia y, por supuesto, los escándalos que de tiempo en tiempo sacuden a las cortes, a las que han llegado por matrimonio mujeres latinoamericanas. La realeza ocupa un espacio dilatado en la atención mundial, mucho más en los países desarrollados. Explicable, pues, que el inglés príncipe Harry goce de precedencia en los medios más reputados luego de una exitosa serie televisiva, múltiples entrevistas y una autobiografía que de entrada fue publicada simultáneamente en dieciséis idiomas, el castellano incluido.

Los privilegios de la nobleza menguan, como se advierte claramente en el Reino de España, no así el interés por los pasos de unos bípedos de sangre azul solo de nombre y que, como sobresale en Spare (En la sombra, en español), acusan las pasiones, debilidades y virtudes comunes a cualquier humano. Como en la canción de Casablanca, As time goes by, “es la misma vieja historia”. El autoexilio de Juan Carlos I en los Emiratos Árabes Unidos; las revelaciones de su amante alemana, Corinne y el juicio y condena al yerno del rey emérito motivaron ríos de tinta y alimentaron las redes sociales ad infinitum.

Relegar Spare al cesto de la literatura insubstancial sería un error. Además de bien escrito, compendia atisbos sobre una institución que ha sobrevivido siglos y que aceptan conscientemente millones de personas en democracia. Sobre todo, es una condena sin apelación aun tipo de periodismo que ha cobrado nuevos aires con la explosión digital. Y sí, hay drama, intriga y toques shakespearianos a lo largo de los centenares de páginas que componen el volumen al que, por supuesto, he accedido en su versión digital.

Las noticias y críticas sobre Spare se han centrado en las maquinaciones y complots palaciegos. Echan a un lado el grito de socorro de un joven turbado aún por la muerte violenta de su madre cuando apenas tenía doce años. El libro detalla prolijamente un proceso de socialización que bien podría denominarse de institucionalización, vale decir, de incorporación por razón de cuna a un sistema familiar en el que priman la soledad, la incapacidad para tomar decisiones propias y el apego estricto a códigos de siglos en desacuerdo con una sociedad moderna. Es una literatura sobrecogedora, trágica y que, lamentablemente, nada tiene de ficción. Las grandes obras de los clásicos y autores modernos están compuestas del mismo material:  flaqueza humana, disolución del colectivo, amor, odio, sinrazones,heroísmo, traición, perdón, Redención, (otra vez la canción de Casablanca, “una lucha por el amor y la gloria, un caso de hacer o morir”) cuestiones todas monopolio del ámbito humano. ¿Que el príncipe Harry actúa movido por la venganza y por razones meramente mercuriales? ¿Es él la excepción a lo que casi es y ha sido una regla a lo largo de la historia? Basta con volver a Shakespeare, el autor favorito del padre de Harry.

Spare es una versión, la verdad del príncipe Harry. La moneda siempre tiene dos caras y probablemente nunca oiremos con toda sonoridad la campana de aquellos a quienes alude el número dos (el Repuesto, como lo calificaron) en la línea de sucesión británica. Hay omisiones, sin duda, e ignoro cuán serio es el deseo de Harry de una real (¿?) reconciliación después del órdago impreso.

De cuantos juicios he leído sobre el libro de Harry, el mejor proviene de la hija de Ronald Reagan, Patti Davis. También ella publicó una autobiografía en extremo crítica de su padre, a quien pidió y obtuvo perdón justo antes de que el expresidente norteamericano se hundiera en las nieblas del Alzheimer. En el artículo titulado Príncipe Harry y el valor del silencio, la escritora parte de la reacción del hoy rey Carlos en un momento en que los dos hijos se peleaban: “Por favor, chicos, no conviertan mis años finales en una miseria”.  A su entender, la frase revela a un hombre consciente de su mortalidad y que también quiere que sus hijos lo estén.

“Mi justificación en escribir un libro del que ahora me arrepiento (y, por favor, no lo compren ya…) fue muy similar a lo que entiendo es el razonamiento de Harry. También yo quería decir la verdad, quería enmendar el récord. Ingenuamente, pensé que, si exponía mis propios sentimientos y verdad al mundo, mi familia podría entenderme mejor. Por supuesto, la gente generalmente no responde bien a la exposición y vergüenza públicas. Con los años siguientes, he aprendido algo sobre la verdad: es más complicado que lo que parece cuando se es joven. No hay solo una verdad, la nuestra, sino que los otros personajes de nuestra historia también tienen su verdad…Harry parece que actuó bajo el dictado de que ‘el silencio no es una opción’. Yo, respetuosamente, le sugeriría que sí lo es”. Por: Anibal de Castro [Diario Libre]