lunes, mayo 11, 2026
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Cuando el efectivo desaparece, también lo hace la libertad

Bruselas planea la emisión del euro digital en 2029 para combatir el fraude y blanqueo. Pero, el efectivo es el último reducto de privacidad financiera real y sustituirlo por dinero programable abre la puerta a que un regulador pueda saber qué compras, a quién donas o cuándo ahorras.

El dinero no es solo un medio de pago; es también un instrumento clave para la toma de decisiones económicas en contextos de incertidumbre. Tradicionalmente, la economía identifica tres motivos principales para demandar dinero: el motivo transacción, que permite realizar pagos cotidianos; el motivo precaución, que responde a la necesidad de afrontar imprevistos; y el motivo especulación, quizá el más relevante en escenarios de inestabilidad.

El motivo especulación está muy presente en la actualidad. Berkshire Hathaway, el vehículo de Warren Buffett, ha cerrado el primer trimestre de 2026 con un récord histórico de 397.400 millones de dólares en caja y letras del Tesoro, tras ser de nuevo vendedor neto de acciones. El efectivo no es ausencia de inversión; es la munición que aguarda al objetivo correcto. Es lo que Keynes describió como «trampa de la liquidez»: cuando los tipos son tan bajos —o la incertidumbre tan alta— que el dinero se prefiere al activo, la política monetaria pierde tracción y la inversión se congela.

La acumulación de efectivo no es exclusiva de los inversores privados. También es fundamental para los Estados, los bancos comerciales y los bancos centrales, que necesitan liquidez para garantizar estabilidad, responder a crisis y sostener el sistema financiero. Sin embargo, en este contexto emerge el debate sobre el futuro del dinero físico frente al dinero digital. Bruselas planea la emisión del euro digital en 2029, complementada con un tope de 10.000 euros a los pagos en efectivo desde 2027. La excusa es siempre la misma: combatir fraude y blanqueo. Pero el efectivo es el último reducto de privacidad financiera real; sustituirlo por dinero programable y trazable abre la puerta a que un regulador pueda saber qué compras, a quién donas o cuándo ahorras. La privacidad deja de ser norma para convertirse en permiso revocable.

Defender el efectivo no es nostalgia, sin libertad para guardar y mover el propio dinero, no hay verdadera libertad económica. Bajo el ruido tecnológico se dirime, en realidad, quién manda sobre nuestro patrimonio. Cuando el Estado controla la autopista, también decide el destino. Por: Álvaro Hidalgo Vega. (La Razon)

 

 

 

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