La reanudación de la guerra que iniciaran EE UU e Israel contra la República Islámica de Irán el pasado 28 de febrero sigue escalando con el paso de las horas. Durante la última semana, el conflicto entre Washington y Teherán pasó del intercambio de represalias sobre un fondo de tensión a una nueva guerra regional con epicentro en Ormuz de consecuencias impredecibles.
Tras nueve noches consecutivas de ataques, EE UU confirma la ampliación de sus objetivos más allá de los emplazamientos costeros iraníes que albergan instalaciones de radar y drones, para incluir carreteras, túneles, vías férreas e infraestructura portuaria, y según medios iraníes, hasta una planta desalinizadora. Irán, por su parte, amplió su lista de objetivos a siete países de la región, convirtiendo igualmente en blanco infraestructura civil. Y dio su bendición a un bloqueo naval contra Arabia Saudí, con efecto inmediato, que habrá de ejecutar una de sus principales fuerzas proxy en la región, los rebeldes chiíes del Yemen conocidos como hutíes.
El fin de semana trajo un salto cualitativo: murieron dos militares estadounidenses más en Jordania en un ataque iraní –sus restos fueron identificados este lunes lunes–, que también dejó a un uniformado desaparecido, además de otro soldado muerto en el norte de Irak. Son las primeras bajas estadounidenses desde que se rompió el alto el fuego, y en total ya son 16 los militares estadounidenses muertos en esta guerra.
Desde Teherán, el tono tampoco baja. La Guardia Revolucionaria iraní denunció que dos petroleros que intentaban transitar por una ruta que considera «insegura» al sur del estrecho de Ormuz explotaron y quedaron inmovilizados en la noche del domingo. El comunicado, difundido por la agencia Tasnim, acusa directamente a Washington: los buques habrían actuado «por instigación y coacción» de las fuerzas norteamericanas al usar esa ruta alternativa, pero no aporta detalles sobre la identidad de los buques, las causas exactas de las explosiones ni informa de posibles víctimas, y llega después de que Washington desmintiera el viernes un incidente similar anunciado previamente por Teherán.
El trasfondo de la cuestión es la disputa por el control de la navegación en la región: Irán dice buscar que los buques naveguen por rutas que considera autorizadas y con su aprobación, algo que Estados Unidos y otros países de la región rechazan. A principios de julio, Omán había habilitado una segunda ruta con apoyo estadounidense, y Washington reimpuso el bloqueo naval sobre buques y puertos iraníes en Ormuz como respuesta al cierre que Teherán había decretado días antes. La Guardia Revolucionaria remató advirtiendo que, mientras continúen las acciones estadounidenses en la zona, el paso por el estrecho de Ormuz –por donde, antes del conflicto, circulaba en torno al 25% del crudo y el gas natural mundiales– «no será seguro».
Por otra parte, el principal centro de mando militar de Irán advirtió a EE UU de que cualquier nueva «agresión, intimidación o barbarie» recibirá una respuesta «contundente y devastadora», en palabras del general Alí Abdolahi, quien acusó a Washington de comportarse como un «criminal y traicionero enemigo».
Cumpliendo una amenaza formulada por Teherán varios días atrás, los insurgentes chiíes y proiraníes de Yemen, los hutíes –que controlan amplias zonas del norte y el oeste del país, incluida Saná, desde finales de 2014–, decretaron un bloqueo naval contra Arabia Saudií con efecto inmediato, según anunció su portavoz militar, Yahya Saree, en un discurso televisado. El grupo habló de «un embargo marítimo contra el enemigo criminal saudí, basado en la ley del ojo por ojo».
La justificación hutí se remonta a la disputa con el gobierno yemení reconocido por la comunidad internacional: acusan a Riad de continuar «su injusto y opresivo asedio» contra la población yemení desde hace casi doce años, con bloqueo de puertos y aeropuertos por tierra, mar y aire. El detonante fue un ataque contra el aeropuerto de Saná, que los rebeldes atribuyen a Riad.
Pero en el fondo, el anuncio de la organización chií yemení no es más que el intento del régimen de los ayatolás de abrir una segunda palanca de presión más allá de Ormuz, usando a sus aliados en Yemen para amenazar Bab el-Mandeb y así encarecer el petróleo aún más si la escalada continúa. El objetivo es elevar el coste económico global de cualquier nueva ofensiva estadounidense, golpeando indirectamente a Arabia Saudí -que exporta buena parte de su crudo por el mar Rojo- sin enfrentarse directamente a EE UU o Israel.
Entretanto, en el otro gran frente bélico, Líbano, en una escena doméstica marcada por la incertidumbre en torno al futuro de Hizbulá, los mandos militares de EE UU confirmaron el inicio de las operaciones de las Fuerzas Armadas Libanesas a fin de tomar el control de varias localidades del sur del país de los cedros en el marco del acuerdo firmado hace poco más de un mes para que el Tsahal se retire de las conocidas como «zonas piloto». (la razón-antonio navarro amuedo)





