En el intento de tranquilizar a la población, los economistas hemos repetido con frecuencia que el nivel actual de deuda pública de la República Dominicana no representa un problema inmediato. Esto es verdad en cuanto a ser inmediato, pero estamos incurriendo en una peligrosa complacencia.
No enfrentaremos una crisis de deuda en 2027, ni probablemente en 2028. Pero eso no significa que la deuda no sea un problema serio.
El costo de la deuda pública rara vez se manifiesta como una crisis dramática. Con frecuencia opera lentamente en la economía, erosionando el crecimiento económico, elevando las tasas de interés y reduciendo la capacidad del Estado para responder a necesidades de hoy y a futuras emergencias.
La deuda no es ni buena ni mala. Depende en que se gaste el dinero. Si se destina a activos que aceleran el desarrollo no es problemática al generar una tasa de retorno social mayor al costo de financiamiento. Cuando no esto no pasa, es simplemente una hipoteca sobre el crecimiento futuro.
La República Dominicana tiene 21 años teniendo déficits fiscales que han llevado a una deuda pública de uno US$ 80,400 millones, lo que equivale a 59.6% del PIB. Antes del COVID este porcentaje era considerado por los organismos internacionales y los economistas especializados como enorme y peligroso. Tras el COVID, dado el incremento radical de la deuda pública a lo largo y ancho del planeta ya la cifra no se percibe tan peligrosa, por el “ancla” o punto de referencia con quien nos comparamos: EE. UU., de 2000 a 2024 pasa de 53.2% del PIB a 120.8% PIB, China de 22.7% a 88.3%, México de 38.4% a 59.1%, Argentina de 40.8% a 84.6%, Brasil de 2001 a 2024 de 67.3% a 87.3%… y así país por país.
Hay que hacer algunas reflexiones:
- El mundo apunta hacia tasas de interés más altas
Durante más de una década, el mundo disfrutó de tasas de interés excepcionalmente bajas gracias a tasas de inflación muy bajas. Ese período parece haber terminado.
La inflación internacional ha demostrado ser más persistente de lo esperado tras el COVID pese a los esfuerzos de los bancos centrales. A esto se suman tensiones geopolíticas, reorganización de cadenas de suministro y un crecimiento acelerado de la deuda pública mundial, que ya supera el 100% del PIB planetario.
Todo apunta hacia un entorno de tasas relativamente altas durante muchos años. En junio de 2026 EE. UU. reporto una inflación de 3.5% que elevo el rendimiento de los bonos del tesoro a dos años a 4.1%. Estas son cifras inauditas para esa economía en condiciones normales, como la que vive hoy.
Para economías pequeñas y abiertas como la dominicana, esto tiene implicaciones directas. Cuando las tasas de interés en Estados Unidos aumentan, países como RD deben ofrecer tasas aún mayores para atraer capitales, pero sobre todo para evitar fugas de capitales.
En otras palabras, aun haciendo las cosas razonablemente bien, el país tendrá que convivir con un costo financiero más elevado.
- El pago de intereses reduce el espacio fiscal
El gráfico siguiente muestra una realidad preocupante: una proporción cada vez mayor de los ingresos públicos se destina al pago de intereses de la deuda. Intereses nada más. Nada de repago. Cada peso utilizado para este fin es un peso que deja de invertirse en educación, salud, infraestructura o seguridad. La deuda no solo compromete el futuro; también limita las acciones del presente.
Ese espacio fiscal solo puede recuperarse reduciendo gasto improductivo o aumentando ingresos.
En cuanto al gasto, existe un margen evidente para actuar. Parte importante del gasto público responde a prácticas clientelistas: déficit eléctrico, exceso de nómina, subsidios no focalizados y programas sociales no condicionados que benefician a personas que no viven en situación de pobreza. Programas concebidos originalmente como temporales se han convertido en permanentes, sin mecanismos efectivos para que sus beneficiarios superen la dependencia del subsidio, creando una situación socialmente indeseable y moralmente deshumanizante.
Este gasto clientelar también deteriora el proceso democrático al generar grupos cuya dependencia económica dificulta cualquier intento de reforma.
Reducir este tipo de gasto no destruye crecimiento. Al contrario, libera recursos para inversión pública productiva.
Por el lado de los ingresos, el problema dominicano no parece ser el nivel de las tasas tributarias. El país ya tiene tasas de ISR e ITBIS relativamente elevadas en comparación con el mundo desarrollado y buena parte de América Latina.
El verdadero problema radica en la evasión, la informalidad y la enorme cantidad de exenciones tributarias que exigen estudios de impacto pues hay razones para pensar que han dejado de ser viables, razonables o necesarias. Cualquier reforma fiscal concentrada en ampliar reducir la evasión, en vez de seguir aumentando la carga sobre quienes ya cumplen con sus obligaciones fiscales es deseable.
- La dinámica nacional de la economía y la deuda no van por la senda correcta.
Los economistas suelen señalar que cuando la economía crece más rápido que la tasa de interés de la deuda, el peso relativo de esta puede reducirse gradualmente, si la presión fiscal se mantiene estable. Domar (1944), Blanchard (2019).
Ese ya no parece ser el caso dominicano, con tasas de interés reales cercanas al 9%, una deuda pública alrededor de 60% del PIB y un país que ha crecido en el periodo 2020-2025 a un 3.4% en términos reales. Demasiada diferencia entre tasas de interés y crecimiento. La deuda está creciendo más rápido que la economía. Y mientras más deuda hoy, mayor es el gasto en intereses y menor la disponibilidad para otras prioridades nacionales.
- La fiscalidad afecta a la democracia
La historia nos enseña que la fragilidad fiscal y el exceso de deuda aumentan las probabilidades de una crisis (desafortunadamente, en la economía como en la vida, las crisis son inevitables). En crisis, las prioridades se confunden y se da espacio suficiente para la entrada del político más dañino (el populista extremo, ya sea de derechas o de izquierdas). Además de destruir el imperio de la ley, estos políticos adoran perpetuarse en el poder independientemente de la constitución. Bukele lo ha hecho, Trump lo ha propuesto)
- La deuda desplaza al sector privado
El elevado volumen de deuda pública absorbe gran parte del ahorro disponible, interno y externo.
Una parte importante del ahorro disponible termina financiando al Estado, comprando deuda del gobierno central o instrumentos emitidos por el Banco Central.
En nuestro país, es paradigmática la consecuencia del salvamento bancario indiscriminado tras la crisis bancaria de 2003. Lo que inicialmente fue una medida de emergencia (apenas de RD$ 59,523 millones) se convirtió en uno de los principales instrumentos financieros del mercado dominicano. Al final de julio 2026 ya esta deuda anda alrededor de los RD$877,100 millones.
Cuando el Estado ofrece títulos relativamente seguros y con rendimientos atractivos (máxime cuando a esos ciudadanos de segunda clase que son los trabajadores que ahorran para su pensión que tienen menos derechos que Ud. y que yo, pues no les dejan ganar dinero en el mercado de valores internacional) bancos y administradoras de fondos de pensiones prefieren, racionalmente, prestar al sector público. Es más cómodo y evita asumir riesgos empresariales. En 2005 por cada RD$1.00 que tenía en préstamos el sistema financiero apenas tenía en inversiones por RD$0.33; en 2026 tiene RD$ 0.59. Prestar parece ser cada vez menos la misión del sistema financiero.
El resultado es menos crédito para empresas, viviendas y consumo y además tasas de interés más altas para toda la economía.
En ausencia de una deuda pública de esta magnitud, una parte importante de esos recursos financiaría el crecimiento económico.
La economía puede convivir durante años con esta situación, igual que una persona puede vivir mucho tiempo con hipertensión o con alto balance en la tarjeta de crédito antes de sufrir el colapso. Pero el deterioro ocurre, lenta e inevitablemente y se acaban pagando consecuencias.
- La deuda reduce la capacidad de enfrentar crisis
Las crisis económicas son inevitables. La República Dominicana lo aprendió dolorosamente en la crisis bancaria de 2003 y nuevamente durante la pandemia del COVID-19 del 2020.
En esos momentos, la capacidad del Estado para endeudarse resulta crucial. Un país que entra en una crisis con niveles de deuda ya elevados tiene mucho menos margen de maniobra cuando más lo necesita.
Y si la crisis es global, como todos los países están endeudados, las economías periféricas como la R.D. son las ultimas en recibir asistencia.
- Las presiones sociales seguirán aumentando
La sociedad dominicana enfrentará demandas sociales crecientes durante las próximas décadas (en adición a las que genera el populismo).
El envejecimiento de la población y las bajas o nulas pensiones aumentarán las presiones sobre el gasto de salud y de protección social. Al mismo tiempo, las expectativas de la población cambian aceleradamente.
Las redes sociales transforman la percepción de la realidad y multiplican las aspiraciones colectivas. Como consecuencia, las expectativas sociales crecen mucho más rápido que la capacidad fiscal del Estado para atenderlas.
Un resultado puede ser la perdida de paz social o la aparición de candidatos políticos “mesiánicos”. Por supuesto nadie lo quiere, pero no es descartable.
Conclusión
El problema de la deuda pública no es necesariamente la posibilidad de una crisis inmediata. El verdadero costo está actuando todos los días, es más profundo y se manifiesta de muchas formas.
La deuda encarece el crédito, limita el crecimiento, reduce el espacio fiscal y debilita la capacidad del Estado para enfrentar necesidades actuales y futuras crisis.
Reducir gradualmente su peso debería convertirse en un objetivo central de la política económica dominicana.
Lograrlo exige decisiones difíciles: mejorar la eficiencia del gasto público, desmontar estructuras clientelistas, combatir la evasión y fortalecer la capacidad recaudatoria sin destruir incentivos económicos a la inversión.
Ninguna de estas decisiones es políticamente sencilla. Pero posponerlas solo hace el problema más grande.
No lloremos mañana como niños lo que no supimos enfrentar hoy como adultos. Por: José Luis De Ramón (HOY)





