Por años, la rabiosa oposición al desarrollista presidente Joaquín Balaguer y durante los fructíferos como controversiales doce años (1966-1978) mantenía el duro discurso de acusarle de tener un control absoluto del Poder Legislativo como del Poder Judicial y creando el concepto, entre errado y media verdad, de que efectivamente, aquel Ejecutivo disponía de un control casi autoritario de los tres poderes del Estado.
En realidad, y en la práctica, todo sucedía y como si fuese un hecho natural que nacía espontáneamente, a que las circunstancias geopolíticas imponían en todo el planeta y en particular en el área caribeña, que el mejor gobierno y administración positiva tenía que ser aquel hijo del cuadro de alianzas que la división política e ideológica de aquellos tiempos, de un mundo dividido entre EEUU y la URSS, tenía que generar en una zona tan crucial para Washington y como lo es la cuenca caribeña.
Si se recuerda, este país emergía como democracia, regado por la sangre y el fuego de una aparente revuelta militar y luego política, que para la instalación del gobierno provisional del presidente Héctor García Godoy (1965-1966) se había instalado gracias a un acuerdo de las facciones en pugna y con el patrocinio de la ONU, pero con el apoyo táctico “y pragmático” de EEUU vía su embajada.
A ese momento, no existían cámaras legislativas y la justicia apenas era un mecanismo de control disuasivo institucional que casi no se le respetaba. A nivel de pueblo y ciudadanos, las calles eran casi totalmente controladas por grupos facciosos de la izquierda radical y comunista y quienes prácticamente ejercían una influencia totalitaria que apenas era sometida a determinado control punitivo por la acción e influencia de un poder militar metido de lleno en lo más parecido a una guerrilla urbana de corte político radical.
Dentro de semejante escenario, hubo el desarrollo de unas elecciones efectuadas a la carrera, pero bajo control internacional y en un país, más bien un fideicomiso cuya empleomanía pública, civil y militar era pagada por la OEA. El proceso electoral fue realmente dramático y dos corrientes políticas lucían enfrentadas: Balaguer con su reformismo y Juan Bosch con su perredeísmo. El primero, pró EEUU y el segundo más cercano a la socialdemocracia europea y a las facciones del comunismo internacional de Rusia, China y Cuba.
Para acentuar más la división reinante, la República se encontraba bajo control de fuerzas militares internacionales desde el 28 de abril de 1965, cuando EEUU le invadiera por segunda vez en el mismo siglo, lo que significaba, una nación con poderes institucionales mediatizados y con un gobernante provisional, que de facto tenía el control directo de los tres poderes del Estado y que gobernaba por decretos-leyes y tal como sucedía desde los años de la instauración de los gobiernos del Triunvirato, estos últimos, la expresión única de la oligarquía como forma de poder político y gubernamental plutócrata directo.
El proceso electoral fue enormemente conflictivo y sangriento y mientras Balaguer recorría el país de un extremo a otro bajo constantes agresiones y fuego de sus oponentes ideológicos, Bosch se refugiaba en su casa y desde allí realizaba su campaña electoral en base a un micrófono y creando el más exitoso mecanismo de campaña electoral electrónica a distancia y que le permitió llegar a colocarse como el segundo candidato en la lucha electoral y detrás de un Balaguer que resultó victorioso.
Hablamos, de una nación que ni remotamente es la de ahora. Para empezar, con menos de tres millones de habitantes, de estructura rural y económicamente subdesarrollada y sin presupuesto propio.
A nivel de los núcleos políticos primarios de mayor agitación social y política y capitaneados por sectores beligerantes de la izquierda radical y comunistas, la ciudadanía estaba dividida y los odios entre todos los sectores eran tremendamente marcados y el radicalismo militar y para decirlo de alguna manera, era totalmente de terrorismo militar en su peor expresión.
Natural entonces, que cuando Balaguer se instalara en el poder y jurando ante un Congreso hijo de aquellas circunstancia y en las que los radicalismos se encontraban a flor de piel y encabezados e identificados por el partido Revolucionario Dominicano (PRD) y de contrapeso, el partido Reformista (PR) ocurriera lo previsible: Los llamados “revolucionarios” se apoyaron en el PRD y los “demócratas” con el PR y quedando los segundos con el control mayoritario de las cámaras legislativas y el estamento judicial.
De ahí, que ante una “oposición” incapaz de entender las reglas del debate político, esta prefiriera el accionar de pura montonera y lucha política sangrienta, utilizando los grupos facciosos de la izquierda radical y en particular de comunistas y castristas y a lo que el PR respondió, es decir, Balaguer, manejando arbitrariamente la maquinaria del poder desde el Congreso, imponiéndose en el Poder Judicial y aplastando toda oposición desde el Poder Ejecutivo y dando por resultado, que cuando las fuerzas militares de ocupación salieran del país en septiembre de 1966, Balaguer y de hecho, era el presidente de la República que concentraba en sus manos todo el poder político institucional de esta nación y del mismo modo, durante todos sus mandatos de doce años.
La experiencia balaguerista continuó, pero accidentada y con un PRD gobierno hasta el 1986 y bajo dos mandatos, que en cierto modo, resultaron un calco de los de Balaguer tratando de mantener la concentración de poder en el Ejecutivo e intentado imponer una de represión y acoso político contra sus adversarios políticos e igual de cacería sostenida con el sector mediático que entendía “balaguerista”, en tanto el PR como partido de oposición trataba de mantenerse en el fiel de la balanza mientras el PRD se metía de lleno en ese canibalismo que le provocó su humillante derrota y el retorno de Balaguer al poder en el 1986 y hasta el 1996.
Incidentalmente y respecto a la persecución mediática, debemos puntualizar que dentro del periodo 1978-1982 el gobierno del PRD encabezado por Antonio Guzmán y quien en su último año se suicidó debido a que no soportó las presiones y acorralamientos de su partido, su primera iniciativa fue perseguir a quien escribe y prohibiéndole el uso de la radio y la televisión y clausurándole sus medios y a mitad de mandato, dándole su casa por cárcel durante año y medio y contando con el apoyo tácito y pleno del resto de los medios de comunicación y periodistas, quienes de ese modo se quedaban sin la única competencia que les hacía contrapeso a nivel de liderazgo de opinión y el PRD, sin su mayor “opositor” mediático. Solo cuando llegó el nuevo gobierno perredeísta de Salvador Jorge Blanco (1982-1986), primo de Daniel Adriano Gómez, este pudo salir de su encierro y ejercer su profesión.
Al margen de la anécdota anterior, los gobiernos del PRD quisieron calcar la concentración de poderes balaguerista, pero no pudieron, aunque sí, sus dos presidentes lograron que, por el peso del poder y la imagen presidencial, mantener cierto espacio hegemónico que les facilitó ser presidentes autoritarios a ratos, pero no preponderantes.
El retorno de Balaguer y para lo que sería su periodo no sangriento y de no beligerancia ideológica (1986-1990 y 1990-1994-1996) y en razón, de que izquierdistas y comunistas no adoptaron su anterior esquema de guerrilla urbana, fue uno extraordinariamente fructífero que catapultó la economía, a una de reformas estructurales, que permitieron, que hoy este país tenga una economía emergente de proyección extraordinaria, pero con la grave contradicción, de ser una, favorable al gran capital pero no para la mejoría del nivel y calidad de vida de sus ciudadanos.
Concomitantemente, para este lapso y en particular el comprendido entre 1986 a 1990, quien escribe experimentó una fuerte como sutil presión del nuevo gobierno y por su “pecado”, de que en el periodo anterior del gobierno de Jorge Blanco, cuestionó ciertos manejos financieros y que hacían suponer, que Balaguer no era todo lo limpio de conducta anti corrupción y luego se verificó y al desaparecer “misteriosamente” las pruebas llevadas ante la Suprema Corte de Justicia, que la reputación de Balaguer persona continuaba intachable.
Con todo, fueron cuatro años de persecución ”cosmética” y hasta que llegó el tiempo de la reelección para el periodo 1990-1994 y 1994-1998 que quedó frustrado este último, por uno acortado por todas las fuerzas políticas y sociales de solo dos años y mediante un pacto nacional y lo que provocó, que Balaguer siguiera en la presidencia del país hasta agosto de 1996, cuando mediante elecciones, entregó el poder a las fuerzas sociales y políticas emergentes de estructura “progresista” y de un partido de La Liberación Dominicana (PLD) dirigido por Bosch y que cumpliendo con el acuerdo nacional se instalaba hasta el 2000.
Durante el primer gobierno del PLD (1996-2000) y el siguiente del PRD (2000-2004) el presidencialismo y la cuota del personalismo que le acompañaba se mantuvo incólume, pero bajo la influencia aplastante de un Balaguer “gran líder opositor”.
La carta de identidad y renovada de la concentración de poderes en manos del Ejecutivo, se materializó en los gobiernos peledeístas desde el 2004 al 2020 con los presidentes Leonel Fernández y Danilo Medina y caracterizándose por un presidencialismo autócrata, maquillado dentro de una estructura supuestamente democrática, pero con una base amoral de incentivo a la corrupción a gran escala.
Es de este modo que se llega al presente periodo gubernamental, de la vuelta del PRD de cuando la Guerra Fría, pero disfrazado de partido Revolucionario Moderno (PRM) y originario como Alianza Social Demócrata (ASD) el partido privado de la familia Abinader y para el presente periodo 2020-2024 y en el que, el presidencialismo es tremendamente fuerte y reforzado por un PRM, que empujó hacia el control de las cámaras legislativas y por derivación, a un ejercicio de influencia aplastante dentro del Poder Judicial, que se ha tornado en una combinación decisiva de concentración de poder personal en manos del presidente Luis Abinader y quien no esconde y como sucedió en acto público de ayer y al hacerse acompañar por los presidentes de las cámaras legislativas, que es quien en verdad ejerce el poder político absoluto.
Para el futuro inmediato, la probable reelección constitucional que tiene a su favor Abinader, le será disputada por los dos partidos que ejercen realmente la oposición política, el PLD y la Fuerza del Pueblo (FP) y quedando el otrora PR y como Reformista Social Cristiano (PRSC) dentro del grupo de 23 partidos minoritarios de alquiler, que se mueven en el péndulo de la compra y venta de votos de cuando la Guerra Fría.
Con razón que decimos, que, en silencio, Abinader ha conseguido fusionar el Poder Legislativo y el Poder Judicial con el Ejecutivo y al parecer, nadie se ha dado cuenta. Se tiene pues, un gobierno, cuyo presidente controla los tres poderes “interdependientes” del Estado. (DAG)





