Europa hacia el abismo

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Para la mayoría de la humanidad, 2024 es un año electoral. Si el año pasado se cerraba con la avalancha de la extrema derecha en las elecciones de Países Bajos, el nuevo lo inauguraba Taiwán con unos resultados que apuntan al continuismo. La isla de Formosa era la primera de una larga lista de países en acudir a las urnas, más de 60 en total.

Las del Parlamento Europeo y Estados Unidos son sin duda las que más afectarán a nuestro día a día, pero los ciudadanos de Alemania, Reino Unido, Portugal, Rusia, India, Bangladesh, Pakistán, Sudáfrica o México, entre otros muchos, también están citados para elegir a sus representantes o presidentes. Se trata de más de la mitad de la población mundial.

En España comenzamos con los comicios gallegos la semana que viene, donde por primera vez en más de 15 años puede haber partido, y con unas vascas, en primavera, que con toda probabilidad ofrecerán un panorama de gobernabilidad muy parecido al actual. Y puesto que sólo dos campañas electorales al año sería bajar la media, en verano acudiremos a las urnas para elegir nuestros representantes en la Eurocámara.

Las europeas son consideradas normalmente unas elecciones de menor envergadura que las nacionales: en 2019, la participación en España apenas superó el 60%. Las de este año, sin embargo, son cruciales para todos los actores nacionales, con el Partido Popular buscando una victoria contundente frente a un PSOE que pretende repetir la sorpresa de las generales; Vox, el partido de Abascal, fuerte en el escenario internacional, pero en claro retroceso dentro de España, y Podemos apostándolo todo a la última carta con Irene Montero de candidata en un pulso con Sumar.

De la cita electoral veraniega saldrá la composición de la única institución de la Unión Europea que eligen los ciudadanos directamente, siempre obsesionada por seducir al voto joven. Aunque faltan seis meses, hay pocas dudas sobre el resultado. La ultraderecha y la derecha nacionalista podrían conseguir un cuarto de los escaños en Estrasburgo, empujando la actual coalición entre conservadores, socialdemócratas y liberales al límite de la mayoría absoluta. Ese brusco cambio en el equilibrio de fuerzas puede que no afecte a la composición de la Comisión, pero ya ha empezado a contaminar la agenda europea.

Ursula von der Leyen, su presidenta, ha anunciado esta semana que relajará las regulaciones en materia de pesticidas para apaciguar a los agricultores que protestan en toda Europa y, vende así parte del Pacto Verde Europeo para proteger su futuro político. Después de las elecciones vendrá el reparto de los top jobs al frente de las instituciones: las presidencias del Parlamento, el Consejo Europeo y la Comisión. Von der Leyen tiene todas las papeletas para continuar en su puesto, sin contrincantes conocidos y con el sistema de cabezas de lista parlamentarios (spitzenkandidaten) muerto antes de nacer tras su vergonzoso fracaso en 2019.

De revalidar su presidencia al frente de la Comisión la conservadora alemana (que ni siquiera ha anunciado su candidatura aún), los socialdemócratas quedarían en muy buena posición para asumir la otra dirección del Ejecutivo bicéfalo comunitario, la del Consejo Europeo. El foro de los 27 jefes de Estado y de Gobierno sólo puede ser liderado por uno de sus miembros, que asume sus funciones con exclusividad. El saliente Charles Michel deja un historial decepcionante, emborronado por la lucha de poder con von der Leyen y una incapacidad para mediar entre dirigentes y marcar agenda. Para reemplazarlo suenan los nombres del portugués Antonio Costa (si es exonerado del escándalo de corrupción que sacude su país) o la danesa Mette Frederiksen.

La de Frederiksen es una opción polémica por su posición respecto a la inmigración, otro de los temas que ahogan la política del continente: los alemanes inundaron de indignación las calles hace unas semanas, tras conocerse una reunión secreta donde se proyectó la expulsión masiva de migrantes, con la presencia de representantes del partido ultra Alternativa para Alemania y la CDU de Merkel y Von der Leyen. En Francia, la polémica reforma migratoria de Macron acababa con la carrera de la primera ministra Elizabeth Borne y daba paso a una derechización del nuevo Gobierno. Al otro lado del Atlántico, Estados Unidos se prepara para Trump vs. Biden, segundo asalto. Esta vez, con dos guerras abiertas pendientes del resultado.

Desde hace años y por todas partes, los perdedores de la globalización se resienten y alimentan las bases de la extrema derecha populista, que rara vez gobierna, pero impone sus temas en la agenda política. En 2024, esto puede cambiar. El abismo está más cerca que nunca. Por: Miguel Fernández Guerra [20minutos]