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La Europa resfriada

Cuando Francia estornuda, Europa se resfría. Este dicho veía en Francia la fragua europea de inquietudes intelectuales, de corrientes de pensamiento y culturales, de movimientos sociales. No niego que así haya sido porque, la verdad, no está del todo descarriado. Ahí tenemos a Francia y su Revolución, un giro brusco en la historia no ya europea, sino mundial y que, por cierto, tiene el dudoso honor de ser el primer gran genocidio en suelo europeo; o por acercarnos al presente, ahí está el mismísimo Mayo del 68.

Ahora ese dicho lo percibo en desuso. Porque si nos acercamos aún más al presente podemos recordar a los «Chalecos Amarillos», un movimiento que no era ni de izquierdas ni de derechas, representaba una clase media deprimida, víctima de la globalización y del abandono por las izquierdas de la cuestión social. Fue desde luego un buen estornudo capaz de contagiar un buen resfriado a Europa, Francia tosió, y mucho, pero no hubo contagio. Ahora esos «Chalecos» andan apagados, aunque Grand Continent últimamente ha advertido que en Google aumentan las búsquedas sobre ellos. Por algo será. Pero vivos o muertos, dormidos o despiertos, merecen una atención especial.

El último estornudo francés es el estudiantil. Sus revueltas violentas tampoco han contagiado resfriado alguno a Europa salvo que, al margen de sus motivos, lo más contagioso quizás sea la práctica de armar revueltas de distinta temática -la migratoria, la habitacional o el empobrecimiento- con las que los radicales y populistas buscan reactivarse electoralmente. Por cierto, ya que hablamos de estudiantes indignados, sorprende que aquí, en España, los resultados del último informe Pisa no hayan provocado un fuerte resfriado, quizás sólo una leve tos pasajera ante un sistema educativo que con los años no descarto que se desvele como una gran estafa intergeneracional.

Francia estornudará o no, pero no quita para que advirtamos que Europa sí padece un buen resfriado, con un sentido del olfato y del gusto tomados, con una capacidad de reflexión que parece bastante perjudicada, y tanto es así que el diagnóstico lo están haciendo otros. Uno lo hizo el vicepresidente Vance en Munich (2025), pero fue el de un arrogante galeno trumpista, un insolente nieto que abronca al abuelo achacoso. Más conciliador fue el diagnóstico del Secretario de Estado Marco Rubio, también en Munich (2026) y que reiteró hace pocos días en Atenas, partiendo de una obviedad, que europeos y americanos «pertenecemos a una misma civilización: la civilización occidental».

Trumpismo al margen y desligados esos discursos de sus intereses geopolíticos, reparo en que Rubio resaltase que europeos y americanos estamos unidos por la fe cristiana, lo que lleva a otros discursos de mayor fuste, ajenos a cualquier interés político. Desde aquel «Europa, vuelve a encontrarte, sé tú misma» de Juan Pablo II (1982), los diferentes Pontífices no han dejado de lanzar ese mismo mensaje a Europa y a los europeos. Rubio apeló a esas raíces que Europa debe redescubrir y no es accidental el escenario elegido, que su discurso lo pronunciase a los pies de la Acrópolis.

Hace poco León XIV también lo recordó en Metz, cerca de donde reposan los restos de Robert Shuman, declarado, por ahora, «venerable» por la Iglesia y uno de los padres de lo que hoy es la Unión Europea. Insistió en que Europa es algo más que una realidad geográfica: antes, es una realidad cultural e histórica de la que «no se puede hablar…sin mencionar el cristianismo» cuyos valores se advierten en los valores fundacionales de la Unión Europea y cuya afirmación es esencial para su supervivencia, lo que pasa por un redescubrimiento de las propias raíces, por la apertura al diálogo con el otro y por el respeto al derecho.

Y si seguimos con discursos memorables -y recientes- también de León XIV, tenemos el pronunciado en nuestro Congreso de los Diputados, donde resaltó la contribución de España a la identidad europea al contar con «una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad». Muy relevante fue la invocación a la Escuela de Salamanca y su aportación a los fundamentos del orden jurídico como signo de la civilización occidental, lo que le llevó a recordar que una ley alcanza su verdadera grandeza «cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse».

La resfriada Europa quizás padezca tantos dolores de cabeza por no indagar y olvidar unas raíces que le facilitarían afrontar problemas como la inmigración o amenazas a la paz; que no vea la quintaesencia del europeísmo en rearmarse o que tenga los dichosos tapones de las botellas como un hito equiparable al Partenón. Convendría que la vieja Europa repare en volver a ser ella misma. La Razón – José Luis Requero es magistrado del Tribunal Supremo.

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